Página anterior. Volver Portada gral. Staff Números anteriores Índice total 2003 ¿Qué es Arena y Cal? Suscripción Enlaces
Hola Kedir: ya sé que tus ánimos no son muchos, que llevas meses viviendo en la angustia de una tierra que te duele, que, a pesar de tu profesión de físico (o quizás por eso mismo), andas intentando mantener del estraperlo de armas (¡tú, que siempre fuiste un pacifista convencido y militante!) a tu familia, que siguen sin cicatrizar las sangres arrasadas de dos de tus hijos -Raad y Rijad-, que desaparecieron en el asalto a Faluya, tu ciudad natal, que aún recuerdo de los tiempos en los que, con tu mujer Leila, la recorríamos en las noches de calor después de las cenas en tu casa, ahora semidestruida y convertida -según me han dicho- en un refugio de perplejidad y dolor.

Me ha costado, querido Kedir, decidirme a escribirte esta carta, porque me siguen faltando razones y palabras para animarte, porque me siento sucio y culpable, a pesar de que mi voz intentó mantenerse abierta y combatiente ante la hipocresía de los "amos del mundo" con los que mi gobierno (aunque ya sabes que NO mi país y mi pueblo) hizo causa común en la vergüenza y en la mentira.

Pero hoy, Kedir, cuando he oído las noticias de la Conferencia de Donantes para la Reconstrucción de Irak, que se celebra en Madrid, esta ciudad que tan bien conoces porque viviste en ella más de tres años y en la que compartimos también largas horas de sobrecenas intercambiando conceptos sobre el devenir del Medio Oriente y de la filosofía del Islam (todo un lujo para mí, Kedir, dado tu agnosticismo religioso y tu profundo conocimiento del chiísmo y del baasismo, al que no tuviste más remedio que afiliarte a tu regreso a Irak para que los jerifaltes de la Universidad de Bagdad te permitieran ejercer de Profesor Agregado de Física Molecular), he sentido la obligación de escribirte y recordar, entre la perplejidad y el cariño, que somos parte de un mismo mundo en el que los valores esenciales son masacrados desde la más profunda ignominia y falta de respeto a una inteligencia elemental.

Primero, amigo, so pretexto de terrorismo de Estado (en un país como el tuyo, rodeado de decenas de tiranos gobernantes), los dueños del mundo, y sus adláteres babeantes, decidieron aniquilar a un pueblo, derramar sangres inocentes, arrasar sentimientos históricos, y ahora, después de haberse apoderado de vuestro petróleo, de no haber encontrado las armas de destrucción masiva que nunca existieron (como bien sabían), de ni siquiera haber sido capaces de atrapar al dictador, han decidido reconstruir tu tierra, eso sí, involucrando en la falacia, de rebote, a millones de ciudadanos inermes que nos opusimos de corazón a la destrucción masiva, y que aberramos de que con nuestro trabajo se intente paliar ahora algo que nunca tuvo que existir; o, lo que es aún más grave, que trescientas empresas multinacionales y nacionales saquen partido del sufrimiento de un pueblo, y de su sangre, haciendo negocios con el dolor y la dignidad de unos hombres y mujeres que fueron, y son, raíz de culturas milenarias, y gentes hospitalarias y básicamente pacíficas.

Es tanta la vergüenza que siento, amigo Kedir, con mi participación involuntaria en los negocios de los bárbaros del Norte, que no sé cómo pedirte perdón desde lo más íntimo de mi sentimiento de hombre libre y comprometido con la verdad.

Quiero que sepas, amigo, que somos muchos aún, en este Occidente que se devalúa cada día entre hipocresías y chantajes, los que aborrecemos de la filosofía del pragmatismo comercial y de las mentiras consensuadas, a los que nos duelen intensamente los dolores de las gentes que, como tú, Kedir, siempre pensaron que la solidaridad entre mundos y filosofías diferentes era imprescindible para la convivencia y el progreso pacífico y armónico del planeta.

Algún día la Historia pasará factura a los dictadores disfrazados de demócratas, y a los agregados necesarios en el negocio de las sangres, y entonces, entonces, mi viejo amigo, volverá a florecer la dignidad perdida en las transacciones miserables de las guerras injustas y las hipócritas ayudas humanitarias.
Mientras tanto, Kedir, acepta en esta carta las disculpas de mis gentes y de mi familia para tu familia y tus gentes, y vamos a luchar juntos, como podamos, para que las prepotencias salvajes y las mentiras asesinas sean desterradas para siempre de los gobiernos de los pueblos y de los hombres.

Soñar no cuesta mucho, ¿verdad Kedir?

Salam oli kum, y sukram, amigo, por permitirme sentirme algo menos sucio e imbécil al juntar mis sentimientos con los tuyos...




 

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