Página anterior. Volver Portada gral. Staff Números anteriores Índice total 2003 ¿Qué es Arena y Cal? Suscripción Enlaces

La Isla ha sido, y es, pródiga en hombres que, por su forma de ser sencilla y asequible a todos, se han hecho populares en todos los ambientes. 

Uno de ellos fue Don Julián, de grata memoria, que derrochaba simpatías por todos sus poros y cuya característica más acusada era lo que él llamaba un "pequeño defecto" que le tenía atenazado desde sus mejores años: la adoración de Baco.

Al fin y al cabo, señores míos, ¿quién no tiene defectos en este mundo de imperfecciones, de fatigas y de tristeza? Unos, de una índole, otros, de mayor calibre. Porque al hombre perfecto, en toda la extensión de la palabra, no lo encontraremos ni con la lámpara de Aladino. 

Don Julián era contemporáneo y buen amigo de este pobre articulista. Juntos estuvimos en la Guerra de Marruecos a bordo de uno de nuestros cañoneros; y formando parte de la dotación del mismo buque hicimos una campaña en Fernando Poo. 

Mi amigo era burócrata, o covachuelista, de primer orden, y manejaba los expedientes con una habilidad extraordinaria, utilizando (naturalmente) sus ensalivados dedos bronceados de nicotina. Y en la confección de Expedientes de San Hermenegildo -premio a la constancia militar- era un verdadero artista. 

Un día don Julián me contó, por centésima vez, una de las famosas anécdotas de su vida. Estaba a la sazón destinado en una oficina cuyo jefe era abstemio por prescripción médica, debido a tener su estómago ulcerado. Como los despachos del jefe y del subalterno eran independientes, nuestro héroe ideó llenar de vino, todos los días, el botijo del agua, valiéndose de la ayuda de su ordenanza a quien también gustaba el "pirriaque"

Pero llegó el momento en que fatalmente habría de descubrirse tan original truco. Y un día de sofocante calor en que el cascarrabias del jefe entró en el despacho de don Julián para encomendarle un trabajo, aquél cogió el botijo que habría de refrescar sus úlceras, y decididamente, con energía, se lo tiró a pecho. 

Imagínense, mis queridos y pacientes lectores, la reacción brutal, inmediata, del energúmeno... El botijo salió disparado, como bala de cañón, estrellándose en uno de los armarios repletos de legajos. Don Julián se quedó lívido, mirando a todas partes buscando un boquete que se lo tragase. 

Han pasado los años, y ya, desgraciadamente, no viven los protagonistas. Pero me han asegurado que pueden verse aún los legajos del sufrido armario con las inequívocas señales de aquella escena pintoresca, ocasionada por un isleño de "solera"...





 

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