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Resulta que los actos más obligatorios o consustanciales al individuo, con el tiempo, se hacen rutinarios, mecánicos y pierden para nosotros expectación, curiosidad, interés y algunos, a la larga, significado.

Los jóvenes saben que van al colegio o al instituto para aprender. El hombre sabe que tiene que trabajar para su sostenimiento cotidiano.

Hombres y mujeres saben que, llegados a cierta edad, se casan, crían y educan hijos, pasan día tras día; sufren y gozan toda clase de avatares y después se mueren.

Nos sabemos muy de memoria esta lección de la existencia humana. Por eso no la estudiamos muy bien y siempre nos equivocamos en algo.

La semana pasada hablé de septiembre como referencia a la cultura oficial que los jóvenes tienen que asimilar para justificarse como entes humanos sírvales o no Para fines laborales esos estudios. Si concretamos el fenómeno dentro del marco histórico que nos ha tocado vivir, el aburrimiento se incremento y pone borrosa esa única razón por lo que continuarnos en las historia: sobrevivir.

Si hoy día los mayores tenemos expresiones de cansancio, melancolía, indiferencia, agnosticismo e incredulidades, ¿cómo exhortar a los jóvenes a que aprendan? Que aprendan, ¿qué? ¿Los testimonios de vulgaridad y adocenamiento de los mayores? ¿La pasividad ante la injusticia, la sangre Inocente o no, la aceptación de las estupideces en los medios de comunicación social y un largo etcétera lamentable?

Sin embargo, les instamos a que aprendan, una y otra vez, porque esa es nuestra obligación y era también la obligación de nuestros antepasados y será, desde luego, la obligación de nuestros hijos con respecto a los suyos.

Vista detenidamente, la vida es un encadenamiento de rutinas que tiene en algunos momentos eslabones dorados. Pero esto no basta. Aprender debe ser para nuestros jóvenes buscar, por medio de la cultura y de la experiencia diaria, la auténtica libertad: la libertad de ser uno mismo, llegar a ser el que se es, como dijo Píndaro. Mas para esto se necesita no aceptar la rutina como pauta de vida, rebelarse contra ella y hacer de nuestro vivir continuos paréntesis de asombros, de descubrimientos.

Esa debería ser la contraseña de la enseñanza. Que los alumnos descubran sus propias posibilidades Y las exploten como medios de llegar a la verdad, porque -como dijo San Pablo-"sólo la verdad os hará libres".    






 

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