Página anterior. Volver Portada gral. Staff Números anteriores Índice total 2004 ¿Qué es Arena y Cal? Suscripción Enlaces
Déjenme hacerles partícipes, pues apenas faltan unos días para que se cumpla el primer aniversario. Un año entero de retiro voluntario, de prejubilación ansiada, de una nueva vida y en un lugar diferente.

Llegué a tierras sorianas con los fríos de su invierno, y el primer día, al abrir la ventana, extasiado, pretendí escuchar el silencio de una copiosa nevada que todo lo cubría. Las cajas de la mudanza, aún sin vaciar, hacían más angosto el pasillo de mi casa y mucho más pequeñas las habitaciones, pero conseguí llegar al armario y descolgar la ropa que más podía abrigarme.

Paseé por las calles, entré en las tiendas, y con un viejo amigo tomé un vino que me supo a gloria. Hablé con unos y con otros, saludé de lejos, alzando la mano, a conocidos de muchos años y descubrí que la gente es feliz. Eso llamó mi atención. Ahora, cuando regreso a la gran ciudad, me sorprende la acidez de las personas, viven inmersos en una profunda amargura, mostrando una -espero que sólo aparente- antipatía. No dan los buenos días, no ceden el paso en las puertas, no saludan al entrar en una tienda... Es un estado permanente de infelicidad. ¿Saben? Ante un paso cebra no se detiene ningún coche y cuando yo lo hago, para que puedan cruzar los peatones que esperan al borde de la acera, a mi espalda suenan las bocinas.

En las capitales pequeñas y, más aún, en los pueblos de mediano tamaño, se vive de otra forma; todo el mundo tiene un minuto que perder, o un cuarto de hora si se trata de charlar con un amigo. Las cosas se solucionan en dos patadas, las gestiones apenas duran minutos y el día es largo, como ancho es el campo que nos rodea.

En apenas un año me noto cambiado y lo sabía. Sabía que iba a ser así, me conozco. No me preocupa casi nada, y ya me indignan pocas cosas, me he reciclado.

Una vez, en algún sitio, leí ésta rogativa: "Haznos felices y nos harás buenos". 

Pues, ¿saben otra cosa? Creo que buenos son los que me rodean, porque son felices, y yo mismo me siento feliz, más que bueno, que aún no lo soy del todo.

¡Ah! Pero que pocos saben lo fácil que es disfrutar de este estado. No hacen falta fortunas materiales, ni mansiones envidiables, ni fiestas de gala los sábados de todo el año. Que va, nada de eso se necesita y, para demostrarlo en unas líneas, les voy a dar a conocer el inventario de pertrechos con los que estoy logrando la felicidad. Atentos:

-Una pequeña casa y un pequeño escritorio, junto a la ventana -desde la que veo la torre con el nido de la cigüeña, hoy abandonado-, el lejano castillo en el que dicen durmió el Cid, y un horizonte amplio, que es Castilla.

-Unos centenares de libros que se amontonan en desorden.

-Una dehesa próxima que "llama a paseo" al son de las musicales campanas de la catedral.

-Unos hijos que todas las semanas vienen a vernos, y un nieto que está en la maravillosa edad de romperlo todo arrancándonos, con ello, risas incontenibles.

-Unos ahorrillos, siempre necesarios, y muchos amigos que, aún lejanos en el mapa, lo serán para siempre.

No, no crean que me he olvidado. Lo más importante, con gran diferencia sobre lo demás, está conmigo desde hace treinta y cinco años. ¿A qué lo han adivinado? Pues, sí, seguramente sí acertaron, hablo de mi mujer.

Ya ven que sencillo. Y todo lo demás -lo diré permitiéndome una licencia- al carajo.




 

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