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Paso por entre las islas Gando y Gando Pulo.
Ejercicios de "incendio" y "Abandono de buque"

El día 4 de Septiembre está obscuro, amenazante; e1 cielo, nuboso desde las primeras horas de la mañana, dejaba entrever una tormenta. El 1º abandonamos la Valetta y hoy, a las cuatro de la tarde, pasamos por entre las islas Gaudo y Gaudo Pulo pertenecientes a Grecia. A su paso, se iniciaron ejercicios de maniobra pero se hizo imposible realizarlos, por haberse hecho fresco el viento del NW, habiéndose rilado los foques y faltado el gobierno, por lo cual hubo necesidad de cargar la cangreja ante la amenaza de lanzarnos contra la costa rocosa de las islas.


Juan Sebastián de Elcano


Día 7- LA orden del 2º Comandante anuncia que habrá simulacros de "incendio" y "abandono de buque". Desde muy temprano estamos pendientes del toque de corneta, para procurar llevarlos a cabo con la mayor soltura y serenidad, lo mismo que si en realidad acaeciesen.

A las diez de la mañana se oye un toque prolongado de campana seguido de dos puntos; esto anuncia que hay fuego en la segunda sección. Abandonamos rápidamente nuestro trabajo y con los instrumentos que tenemos designados para la extinci6n del fuego, formamos en el lugar indicado esperando órdenes. Las mangueras, sostenidas por algunos fogoneros empezaron a funcionar, esparciendo por la cubierta gran cantidad de agua salada, cuya bomba se había puesto previamente; los extinguidores no llegaron a utilizarse, si bien, preparados en su sitio, esperaban la menor indicación. Este ejercicio fue el primero que se llevó a cabo durante el viaje, y aún así, salió perfectamente. El Segundo Comandante, hombre enérgico dentro de los límites que una disciplina militar requiere, antes de efectuarse el ejercicio nos habló sobre la manera de comportarnos en estos casos: la serenidad, la soltura, nada de nerviosismo ni pánico que desdicen mucho en un hombre y más aún siendo militar.

El corneta toca retirada y el Contramaestre le secunda con el ruido estridente y familiar de su corvo pito. La dotación retorna a su trabajo y así, con los mayores vestigios de familiaridad, vamos navegando por un mar muy azul, sin oleaje, bajo un cielo despejado.

A las tres de la tarde se tocó llamada general y una vez formados a lo largo de la cubierta, se oyó una voz enérgica dada por el Comandante que decía: "¡abandono de buque!"... Nos lanzamos a la carrera con la mayor soltura para incautamos de un chaleco salvavidas. Como la situación no era crítica y sabíamos ciertamente que era un mero ejercicio, el hacerlo era para nosotros una diversión; pero, ¡cómo habría cambiado de ser realidad! Entonces, aunque serenos, porque nuestro deber así nos lo exige y como todo hombre debe demostrar en circunstancias apremiantes, lo haríamos muy tristes. En primer lugar, al dejar abandonado nuestro buque, este pedazo de España que constituye en alta mar una casa familiar, y en segundo, el pensar que quizá no volviésemos a la Patria, donde los nuestros nos esperan anhelantes y esperanzados, experimentando ese doloroso sentimiento de las cosas queridas que se pierden.

(Continúa en el próximo número)




 

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