Página anterior. Volver Portada gral. Staff Números anteriores Índice total 2004 ¿Qué es Arena y Cal? Suscripción Enlaces
El tercer ángel vació su copa sobre los ríos y 
y manantiales, y se volvieron sangre.
Apocalipsis, 16:4

Tras una invocación hirviente como roca sumergida en los encajes del delirio -de un delirio convertido en llagas hasta donde se disuelve el error-, sube el séquito entre las ilusiones de Birnam.

A este albergue me trae el resplandor con su cabeza inclinada hacia los hombres. De estrangulado y ardiente nácar, habré de gemir por ausentes y presentes.

¿Qué maná soltaste de los dedos, qué otra adivinación se quedó en la sombra dorada que despoja de velos y es torbellino y saber en las praderas?

Ramificado exterminio hasta el árbol de Adán, fosfórico, feraz cuando escarba entre las grietas nunca el alba de las pesadillas. 

Son manantiales reposando en mi boca sin duelo. Son los visitadores aleonados sucumbiendo al vértigo de mi escalofrío.

Puedo tocar el rayo que se expande, que se arrastra.

Ni en las márgenes de luz de este desierto, ni en el ciego carbón aguijoneando los pies de una mendiga, dejabas de entrar.

Y hendir en este ascenso los racimos abiertos, la muerte ambarina de la infancia.

La mitad de mi rostro es la pureza arrojada al letargo de un mundo siempre ajeno, semiofrecido a los pozos del tiempo. Antorcha inclinándose por el fósil errante de la duración.

¿Qué follaje liba el deseo de quien cuida en secreto su cueva?

El temerario conjuro y sus gérmenes arrancan a esta noche los designios del mundo terrenal. El dolor arde en las bocas. He de amar la espuma de ese cielo.

Ruego por mis abandonados al borde de los precipicios, por los solitarios, por el balbuceo de mi lengua en enigma, por mi hermosa crueldad, fogón de todos los deslumbramientos.

Inféstense arpías y bosques, alabarderos y esclavos, pócimas y calderas emponzoñadas, nieve lloviendo sobre las tumbas, consejas del escarabajo a la hierba que muere. Los guardianes portan coronas de gloria y estás, sin embargo, en el infierno.

Deseo de precipitarme en las rebeldías del juego, de balancearme en la casa del dios desconocido.

¿Qué se despoja del prisionero apenas cierra los ojos para donar a la sombra su lastimadura?

Perseveran revelaciones -como ecos- en las grutas que nombran tus ojos. Con solo mirar, fundas un mundo hecho para el sol y las serpientes. Por eso bailabas frenéticamente el disfraz de una magnolia, las máscaras que eluden el sudario donde nacen.

Fraudes arrodillados a un espejo sin piedad, obsequios del desvelo, zaguanes de la impostura: tu retrato de este mundo. De arena es la fragancia del recinto en que me desfiguro.

El escanciador del vino saborea su cara frutal y da alaridos. ¿Es del mundo esta región de alta selva, trastornada, cautelosa? 

Me llevan a las vastas carnicerías del hombre. ¿Debo entonces ser el hombre, ese tormento?

Otra imposible Eurídice, con luto de su escándalo, reparte las vísceras. Cae el beatífico aceite sobre un linaje de almendras: hecho para veneno de las lamentaciones.

Un graal de alambres y de escamas se hará juguete entre los dedos perversos de la música.

¿Son ciegos y ausentes los vacíos? Si se borran los rostros, ¿por qué bajas a esas charcas de nostalgia? ¿Qué regreso te convoca, agonista? ¿En despertar está el eclipse?

Por fin se demora la música en el cedro. Mediodía en la abdicación de unas alas ofrendadas al incendio verde. Estos codicilos de amor se iluminarán a tu paso.

El juglar vagabundo -como una araña desentierra el hilo meridiano. ¿Has de regresar a la fortaleza, trazar en el tapiz bermejo la divina entrada?

Límites, zambullidas en lo visible.

Una jauría de perros de sal rondan el verde espacio donde arrojas piedras al crucificado que fuiste y dice ¡adiós! sin compasión alguna.

Lavo las mordazas desprendidas de mi carne de cielo en las alcobas. Quedan las duras aletas, como si no fuesen ya mías.

Acobardado diluvio en los huecos del cerebro. ¡Qué arrobamiento donde cantar mortuorios himnos para el arcoiris! Dejémoslo acercarse.

Insidiosas dádivas del lujo.

Filogénesis de un arder hacia arriba: de excavar en el cielo el Memorable Rostro de Una Ausencia.

La sangre estuvo en ti desde el principio. Ultimaste las pérdidas con el asombro. Noche ciega, instinto ciego, ciego de nadar en los volcanes de la melancolía, en su madera, en su mármol, en su frío.

Purifiqué mi memoria. Desde el principio fui la esfinge.
 

Manuel Lozano
Villa Santa Lucía de Syracusa, 30-XII-2003/18-I-2004




* Este texto pertenece al libro "La Noche Desnuda de Rostro Ciego". 
Derechos registrados.





 

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