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Con la puesta en Televisión del programa Futuro, a uno se le antoja pensar muchas cosas acerca de la opinión que podría sustentar el hombre de la calle cuando escucha la última palabra sobre Física y Biología, aunque sea a nivel de divulgación.

Desde Aristóteles, al que se puede considerar creador del maridaje de Filosofía y Ciencia, el mundo occidental ha gozado de una visión conciliadora de esas dos disciplinas al margen incluso de la religión oficial, que, a regañadientes, fue admitiendo al lado del Humanismo una Ciencia con cuenta-gotas. Recuérdese cómo lo pasó Galileo Galilei. Antes que él, Copérnico burló con mucha diplomacia la censura eclesiástica e hizo triunfar, como sabemos, el heliocentrismo sobre el geocentrismo medieval.

En el mundo científico ha habido hombres que no se desvincularon de "las cosas del espíritu", de tal manera que escribieron libros en los que se trataba de unir la materia con un aliento procedente del Dios creador. El último gran ejemplo lo tenemos en el jesuita francés Teilhard de Chardin (1881-1955), "desterrado" de Europa por su propia Orden, debido a los avances de sus investigaciones en paleontología. 

Sin embargo, la Ciencia, en manos de evolucionistas y mecanicistas, tiende a un lento y disimulado divorcio argumentando interrogantes como estos: ¿Cómo un Dios pudo crear millones de estrellas y meteoritos (en algunos casos como los que impactaron en la tierra en la era de los dinosaurios), volcanes cuya lava se traga a pueblos enteros y terremotos que destruyen ciudades, seres deformados que nacen para dolor y desesperación de sus padres, por poner cuestiones de ciudadano de a pie? Además, la idea de la evolución está cada vez más arraigada, no ya en el ámbito científico, que no es sorprendente, sino en los textos escolares de editoriales más conservadoras. Parece que no casan las dos ideas: Creación de la nada, como una programación a priori, y evolución sujeta a los azares intrínsecos de la misma materia en su inevitable e impredecible devenir. 

Incluso aceptando el Bing-Bang y la edad que puede cumplir el universo actual, parece que la Ciencia no quiere saber nada de un destino prefijado a las especies. El concepto de ecosistema, es decir, que existe una estructura cuyos componentes se modifican en razón de causas y efectos interrelacionados sin que haya planes previos. desconcierta más todavía a los filósofos de corte tradicional, que ven en "la inteligencia y el orden de las cosas" la huella de un presupuesto casi divino o, cuanto menos, la posibilidad de que un Nous, como decía Anaxágoras, gobierne y conjunte los elementos de lo que existe, de lo que hay. 

Pues bien, si unimos esta expectación ante la naturaleza con el principio de incertidumbre de Heisenberg en Física, por el que se considera que no podemos conocer el estado actual de ningún corpúsculo, además de la existencia de los "agujeros negros", tenemos una visión inquietante del cosmos. ¿Repercute ello en el orden de la ética, de la lógica y del planteamiento de los objetivos culturales? No sé. Lo cierto es que estamos ante una crisis decisiva, con una irremediable tendencia secularizadora y de signo masificador, y si las instituciones que regulan la vida del hombre no se aclaran y se ponen al día, estaremos como en la famosa noche en que todos los gatos son pardos.






 

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