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De la guía de Tierra Santa

El peregrino que llega a la Patria de Jesús no debe partir de ella sin descender la colina de Efrata, por lo menos hasta Beth-Sahur, la "Aldea dc los pastores", sin haber atravesado el campo que conserva el recuerdo de Booz, que tan cordialmente se portó con la hermosa moabita, que venía a recoger las espigas de grano que adrede dejaban caer los segadores, y sin haber visitado las ruinas de un antiguo santuario erigido en memoria del "Glora in Excelsis". Aquí, según la tradición, se mostró a las miradas atónitas de los pastores que estaban velando y haciendo centinela de noche sobre su grey, un ángel envuelto en una luz sobrenatural; aquí en torno al primer Ángel, se reunió una multitud de celestes espíritus, suavemente cantando: "Gloria a Dios en los cielos y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad".

Un poco más lejos de Belén en dirección sur y a lo largo del camino de Hebrón, hay un pequeño valle fertilísimo circundando alrededor de áridas colinas; éste es el "Hortus conclusus", celebrado por Salomón en sus cánticos de los cánticos, donde se dice: "'¡Oh hermana mía! ¡oh esposa mía! tú eres un jardín cerrado y una fuente sellada. Tus renuevos forman un vergel delicioso de granados, con frutos dulces como de manzanos; son cipros con nardos, nardos y azafrán, caña aromática y cinamono, con todos los árboles odoríferos del Líbano, la mirra y el áloe con todos los aromas más exquisitos".

También la fuente sellada "Fons signatus" se muestra aquí vecina, junto a los vastos depósitos de agua llamados "Balsas de Salomón", atribuidas y con razón al gran Rey, el cual escribía en su libro del Eclesiastes: "Yo mandé hacer magníficas obras. Construí estanques de agua, para regar el plantío de los árboles".

Las aguas de estas balsas, servían para las necesidades de la población de Jerusalén, pero sobre todo, para las exigencias del culto en los sacrificios cruentos, que se practicaban en el nuevo templo de Salomón que edificó sobre el Moria.

Hoy, en medio de la aldea de "Hordas" y entre el verde valle delicioso, donde sonríe una eterna primavera de flores, se eleva elegante y ligera la cúspide de una Iglesia, la de las religiosas del "Hortus Conclusus", que emigraron de la lejana América para hacerse una patria aquí, en la Patria de Jesús.

A las seis de la tarde abandonamos el pueblo de Belén y nos dirigimos a San Juan, a visitar la Basílica de su nombre. Este pueblo se encuentra recostado en una pendiente que da acceso a un espacioso valle. Sus casitas blancas y la espesura de sus cipreses, forman un contraste suave y acariciador. La Basílica es propiedad de Padres españoles. En su interior nos obsequiaron con un lunch en honor de nuestra visita y a las siete de la tarde regresamos a Jerusalén.

De vuelta a esta ciudad, fuimos al Consulado Español a cumplimentar una invitación y en este Centro nos obsequiaron con unas copas de champán. Brindamos por España y, después de apurar su contenido, nos despedimos del Cónsul, Sr. Balenchana, que, con extremada gentileza, nos hizo una breve descripción de la Historia de la Palestina.

Por la noche, después de cenar, fui en compañía de un amigo a dar un paseo por la ciudad y en una terraza céntrica, confundidos entre gente de diferentes razas y costumbres, que fumaban con ademán de gravedad en el famoso "narghilé" de que hablé anteriormente, tomamos café, y para no ser menos que ellos en aquel momento, mejor dicho experimentando cierta curiosidad, pedimos un "narghilé" como cigarrillo. El camarero extrañado ante tal actitud nos miraba con cierto asombro como diciendo: "Estos españoles han perdido el uso de razón!"; pero no obstante fue portador de ellos, no sin antes hacernos comprender por medio de un lenguaje mímico, que lo íbamos a pasar mal. Los otros personajes, algunos con largas barbas y alfanjes, que se encontraban en la terraza, reían de nuestra ocurrencia. Confieso, que al llevar la goma a mis labios y aspirar fuertemente por ella como esperando una agradable sensación, sentí un repentino mareo acompañado de náuseas, que me hizo abandonarla precipitadamente. Fue este uno de los peores ratos que he pasado en mi vida; aquello no era tabaco ni aun las apariencias; era veneno de lo peor. Mi compañero hizo lo propio, no pudo resistir tampoco aquel humo mortífero.

¡Cuántas cosas pintorescas se admiran y contemplan en estos países de oriente y qué contraste ofrecen sus costumbres con las nuestras! Todo es para nosotros una vida nueva, como el desarrollo de un film cinematográfico.

Las calles de Jerusalén se ven alumbradas con los escasos quinqués que irradian una luz débil y amarillenta a través de cuyo mortecino o sucio resplandor, se ven multitud de personas durmiendo en inverosímiles posturas y con una indumentaria tan estrafalaria, que nos hace sentir a primera vista cierto respeto. Talmente parece que nos encontramos ante la visión de neurastenia de ciertos espeluznantes relatos truculentamente tenebrosos.

A las once de la noche nos retiramos a descansar y a las cinco de la mañana, nos llaman de idéntica forma que el día anterior para desayunar y reanudar nuevas visitas.


(Continúa en el próximo número)




 

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