Página anterior. Volver Portada gral. Staff Números anteriores Índice total 2004 ¿Qué es Arena y Cal? Suscripción Enlaces
Una mujer de este mundo, Wilhelm Uhde, descubrió un buen día incontenible que su criada Seraphine Louis (1864-1942), pintaba cuadros admirables sin haber tenido maestros o estudios previos. El hecho es mucho menos importante que lo que Uhde dejó escrito para el porvenir: "(...) Una obra grandiosa que ignora sus sublimes predecesores y por lo tanto no puede citarlos como testigos: los rosetones de las catedrales medievales y las tapicerías góticas."

Seraphine entraba, al pintar, en prolongados éxtasis. Sus dibujos suelen mostrarnos junglas exaltadas en que ninguna piedad es posible, cielos como pozos y elevados infiernos. Acaso como cuadra a toda criatura que atraviesa el relámpago -ut pictura poesis-, entró en la demencia doce años antes de su muerte.



Voy a escribir una hoja inclinándose al árbol final que la rechaza,
a estas hordas de luto que el enigma no puede medir.
Escribiré en su corteza como quien canta
un ensalmo abandonado a la pavura de la sangre.
Estás aquí con tu frío y no hay luz para partir,
no habrá luz de despedidas.
Es en la orilla de las grandes ciudades
donde se enreda, de bruces, la áspera mujer,
cuando entras a la casa de la transformación.
¿Y adónde aquellos dones para volver
en oro todo cuanto rozan esos dedos?
¿Dónde la que cavó el vacío llena de tristeza
graznando como un pato en bordes de laguna? 
¿Y adónde la engreída con el fruto madurado antes de tiempo?
Nadie me reconciliaba con su estirpe de viejos.
El árbol subía polvoriento desde el fondo del agua
a hablar el idioma de las ruinas,
la palidez de una dádiva.
¿Quién dirá que llueve contra estos postigos?
Pero el agua no comunica, el agua arrastra.
Entonces, se aliaban los colores
en el subsuelo ardido que apenas conoces 
como una telaraña extraída de la pesadilla
temblando aún entre los dedos.
Todos estaban presentes.
Las lenguas con ojos saltaron de sus bocas a la vista de todos,
como pequeños cofres inútiles
que no será preciso entonces abrir
porque el día ha llegado.
Son pocos los que corren al furioso ayer
donde los siglos cantan la ceniza, no el prodigio.
Desangrado castillo y sanguinaria luz
disputándose los rostros
que jamás se encontrarán bajo la forma del cielo.
¿De dónde este racimo de presentimientos
engendrando nuevamente al árbol primero
plasmado siempre en el fuego de la pesadilla?
Cada dios en su palacio,
cada leproso en el coliseo de su desesperación,
cada maniática puerta sin abrir,
cada bestia heráldica perdida en la memoria del alba de los muertos,
vienen a mí con su fábula.
¿Y nadie nos arrebató el enigma,
nadie encontró el centro del azar, la fatua carne del triunfo?
Para que existas,
debió desvanecerse el viento hasta donde
no alcanza el barro y su historia
con torpes caravanas
la repartición de la herencia.
De ti se nutre el ignoto pájaro desmembrado
prolongando el trino
con los fulgores del desquicio adverso.
Hay horror en los ojos mientras nazco,
sucesión de padres de ignominia,
cadáveres del estigma de las llagas
abandonándose para siempre a la soledad de las aldeas.
Dicen que Elohim los bendijo, señalándoles:
"Que sirvan de signos para las épocas
y para los días y los años."
De la tierra firme surgían los rampantes.
Las lluvias se abrían al vuelo de langostas.
Hágase la tiniebla
y fue hecha la tiniebla en todo su esplendor.
Porque acaso, ¿no hubo un tiempo
en que el mundo entero no era sino tinieblas 
y agua hasta donde el principio?
Que haga luz y hubo luz.
(La cuna de escarchas reluce todavía en la mirada.)
Porque acaso, ¿no manó la luz exuberante
entre las brumas espesas del infierno?
He construido mi casa con brotes de murciélago.
El pudridero crecía, se abismaba
mostrando que no es cierto nada aquí:
alma de hombre comida por el hombre.
¡La dicha del hogar!
¡Las farsas del hormiguero de hijos
inflamando las camas con su hedor espantoso!
Tan baldío el almizcle, sin fin el estuche
como una fosa labrada de vestigios.
¿Quién era Dios? ¿Quién me suicida?
El niño monstruo corre por mi raza.
La claridad hace cruces en el aire.
Entonces, llega y sucumbe al designio de subir
en espirales sobre los antiguos reinos. 
¿Se abrirían las plegarias?
¿Las llagas saltarían sobre la miseria 
y la complicidad de los reos?
Jamás el mundo será tan indecible.
(El gesto del que arroja las migas,
de una vieja arañando en el agua de la fuente,
de otra vieja limpiando el nicho de sus padres:
todas traiciones en los huesos sucios de la memoria.)
La desposada con el delirio
vuela suntuosa sobre el túnel del engaño.
Salpica a cada instante, remontando sus alas
como un modo de advertir a los vivos y a los muertos
el dibujo aprisionado,
el secreto esplendor de la mano que dibuja
manando sangre en las paredes.
Ahora las raíces sojuzgan el templo.
¿Qué fábula desgasta el paso de estas migraciones?
Los instrumentos del caos no pueden descifrarse.
Anterior al porvenir,
siempre habrá una condenada lavando el patio de su sombra.
Pero en el caleidoscopio medirían sus huellas
con el vino sagrado de las pequeñas magias
hasta el fin implacable que no llega.
Caeré adormecida.
Sin fe ni salvación, las moscas rondarán la carne.
¿Y quién dijo que el fin estaba cerca,
la locura estremecida por el rayo,
una estrella fugaz entre las vías de un ferrocarril?
Agotada,
erguida,
posible.
Cuando me exorcizan,
nadie es presa de amor en esta guerra.
Por las grietas del ataúd
salen las puntas de tu cabellera nutricia, nidos
en la música feroz de todo ruego.
De noche y de día
hemos amontonado las raíces de la fiesta.
Las tablillas como los rostros son equívocos
a la hora en que los cuerpos ruedan al vacío 
y te aprietan el criminal y su mártir.
Las emanaciones disolventes hierven 
en la corteza tristísima de los establos.
Quise llegar a esa orilla,
desclavarme en la cruz de mi pecho vigoroso,
transfigurarme de los pies a cabeza.
A la entrada del palacio,
¿qué duplicación no me rehúye, no me abruma?
¿Y qué esfinge pregunta a la quimera por su clave?
Todavía queda el brindis,
imitación de cenizas cuando vuelves 
del muro hasta los ojos, diciéndome:
-Amémonos.




(Este texto pertenece al libro "Bizancio bajo las aguas", de Manuel Lozano, habiendo sido seleccionado e incluido en el libro de arte "La Mujer: Soledad y Violencia", editado e ilustrado por el pintor Juan Fernando Cobo A., de Colombia (Edit. "Gente con Talento", agosto de 2004. Al mismo tiempo, fue presentado en las lecturas que hiciera Lozano en Edimburgo y París, durante agosto y septiembre.)





 

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