Página anterior. Volver Portada gral. Staff Números anteriores Índice total 2004 ¿Qué es Arena y Cal? Suscripción Enlaces
Regresaba de la ciudad. Era media tarde y algo llamó mi atención cuando, conduciendo despacio, cruzaba el monte sombrío. Aminoré, aún más, la marcha y fijándome, vi a dos viejitas en el bosque, muy cerca de la carretera. Daban los pasos medidos. Cabizbajas, miraban al suelo, se agachaban y, con sus manos, parecía que acariciasen la tierra junto a sus pies. Vestían de oscuro, falda larga y un pañuelo envolvía sus cabezas. Cerca de ellas, un enorme cubo descansaba perdido entre los pinos.

Yo nunca había recogida setas y, aunque sí es cierto que me gusta salir al campo, suelo hacerlo solo para pasear, pero, en aquella ocasión, sentí curiosidad y busqué un badén para sortear la cuneta y detener el coche fuera de la carretera.

-Buenas tardes -dije haciéndome el simpático y queriendo evitar que me tomasen por un intruso en lo que supuse era su bosque.

-Buenas tardes -contestó la más cercana.

No es que yo pretendiese iniciar una larga conversación, lo que quería era observar, sin molestar ni interferir en su cosecha, el modo de coger las setas, el cómo las descubrían, el cómo las recolectaban... En una pequeña cesta de mimbre que colgaba de sus brazos, iban depositando, siempre boca abajo, los níscalos que le robaban al suelo. Luego, cuando la cesta estaba llena, se acercaban al cubo y en él los volcaban para, con la cesta otra vez vacía, proseguir la búsqueda.

La segunda viejita continuaba con su labor a pasos cortos y de agachada en agachada pero la más cercana a mí, aquella a la que dirigí mis buenas tardes, atendía a mis preguntas y me informaba cordialmente del mejor modo para encontrar las setas, incluso, cuando le dije que iba a probar, subiendo un poco por la ladera para no pisar su terreno, me respondió:

-No te preocupes, muchacho, el bosque no es nuestro, es de todos, si quieres te puedes quedar por aquí. 

-No, gracias -respondí yo-, prefiero no molestar.

Me retiré unos metros pero seguía observando su método, su andar lento y cabizbajo, su acariciar la pinaza, su cortar con mimo las setas destapadas y me atreví a probar.

Después de separarme de ellas, y cuando ya me encontraba lejos, me di cuenta de que el bosque hace más largas las distancias; andas sin esfuerzo y, aún recorriendo un corto trecho parece, tras la pantalla de árboles, que los espacios se han multiplicado. No sabía cuánto, pero me había alejado.

Verdaderamente fue para mí una sorpresa. Copié el rito de las viejitas y, en unos minutos, encontraba los níscalos como si en toda la vida no hubiese hecho otra cosa. Llevaba puesto un jersey, de esos que parecen plastificados, creo que los llaman cortavientos y, a falta de otra cosa, me lo quité y lo anudé a mi cintura para empaquetar en él les setas que recogía.

-Eh! chaval...

Al oír el grito me giré. Miraba a un lado y a otro, pero no veía a nadie.

-Ya te estás marchando de aquí, como sigas robándome los níscalos te pego un garrotazo que te dejo tieso.

Seguí buscando al hombre que tan violentamente me gritaba y le vi aparecer entre la malla de troncos. Aún estaba lejos pero venía hacia mí, rápido, embravecido y alzando el brazo para mantener el bastón alto y amenazante. Por un momento me asusté pero, enseguida, recordando las palabras de la viejecita cuando me dijo que el bosque era de todos, supe que yo no estaba robando nada a nadie, que era muy libre de pasear por el bosque y recoger tantas setas como quisiese y que ese energúmeno no podía intimidarme como pretendía hacerlo. 

Le esperé, le dejé acercarse y, mientras llegaba a mí, pensaba en cómo convencerle de que no hacía daño a nadie, que sólo quería un puñado de setas para llevarlas a casa y darle una sorpresa a mi madre. Iba a decirle que no le molestaba, que ni tan siquiera me había acercado a la zona por la que él rebuscaba, que desde luego, si él estaba en el bosque yo también podía estar. De todo eso apenas pude decirle nada, ya estaba cerca y vi que, además del bastón enarbolado en su mano derecha, llevaba en la izquierda una navaja. Las mujeres me habían dicho, hacía un rato, que era bueno cortar el pie de las setas con una navaja, así no se estropean, y él la llevaba. No era muy grande pero sí suficiente para propinarme un buen tajo y al pensarlo me entró un poco de miedo, ¿por qué negarlo?

Llegó a mí, me empujó y yo me separé unos pasos, me acuso y yo me defendí, me insultó y yo le rebatí, pero, cuando de nuevo se abalanzó sobre mí y rodamos por el suelo, no fui capaz de entender nada, claro que tampoco tuve mucho tiempo; en el forcejeo había perdido su bastón pero no soltaba la navaja y yo no hacía mas que mirar a sus ojos y a su mano, a su puño, con el que no dejaba de golpearme, y a la afilada hoja de la pequeña arma que, en la penumbra de un bosque de sombras, no brillaba.

Después de unos cuantos puñetazos y revolcones ya no podía pensar y cuando me vi libre de la brutalidad de ese hombre quedé sentado en el suelo con las piernas dobladas, los brazos sobre las rodillas y la cara escondida entre las manos, como buscando algo de calor para mis mejillas que compensara el desagradable frío que se había instalado en mis entrañas.

No podía retirar mi vista de aquella herida; seguía sangrando y las piernas de aquel hombre, como en pequeñas convulsiones, se agitaban incontroladas. El corte era largo y seguro que profundo; recorría la garganta arrancando muy cerca de la nuez y de tan limpio y preciso como era me recordó la maña de los matarifes para acabar con los animales.

Acerqué el coche, nadie me vio, cargué el cadáver en el maletero y junto a él dejé el jersey que, aún anudado a mi cintura, guardaba un par de docenas de setas.

Me alejé de allí y fui directo a un lugar lejano que conocía bien. Subí a lo alto del risco, miré, como para convencerme, al fondo del barranco y deje caer el cuerpo de aquel desgraciado.

Yo no fumo pero en ese momento me hubiera gustado tener un pitillo a mano. Quedé tumbado mucho tiempo esperando que cesase el temblor que no me dejaba caminar y miraba al cielo; tenía una luz especial y aunque no podía ver la luna veía su claridad en el horizonte, por detrás de las montañas. Pronto asomará, pensé.

Sentados a la mesa observaba, sin apetito, como mi madre daba buena cuenta de las setas que había salteado con un molido de ajo y perejil al que añadió, en el último momento, unas virutas de jamón y, sin pensarlo, le dije: 

-Madre, ¿sabe que hay gente que muere por culpa de las setas?




 

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