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Es de conocimiento general que la libertad de prensa o comunicación, cualquiera que sea su medio, es el signo más democrático que existe en una sociedad donde los gobernantes son elegidos por el pueblo en una correcta votación. El sustrato subconsciente de esa democracia se asienta sobre la confianza que esa sociedad tiene en sus instituciones. De no ser así, la democracia -el gobierno de los representantes del pueblo- no tendría sentido. Se supone que esos representantes son pueblo mismo y no hacen otra cosa que plantear y solucionar problemas que les atañen también a ellos y a sus familias. Es cierto que en el planteamiento y la defensa de esos problemas consustanciales a la comunidad hay puntos de vista divergentes, y entonces tenemos a los distintos partidos políticos, que los diseñan conforme a unos presupuestos ideológicos, que, a su vez, conllevan visiones de la vida.

Me perdonará el lector esta farragosa introducción, elemental y sin pretensiones de escribir sobre política.

Nuestra vida democrática no arranca de Grecia, sino de la Ilustración, concretamente del racionalismo continental y el empirismo inglés. Fue el francés Renato Descartes (1596-1650) quien dijo que el sentido común es la cosa mejor repartida entre los hombres. Hoy día, merced a la crisis de ciertas visiones de la vida, la conciencia de ese "sentido común" -es decir, que todo el mundo tiene derecho a trabajar, comer, opinar, votar...- se ha acrecentado y establecido en la sociedad como un logro que no tiene marcha atrás. Que antes del siglo XVIII, pongamos por ejemplo, los reyes y los obispos otorgaban encomiendas, privilegios y dispensas, era sintomático de que no había una clase social que opinara sobre la validez de ese derecho. Fue la burguesía, como sabemos, la que, por medio de sus pensadores y poetas, la que, ladrillo a ladrillo, desmontó ese edificio inveterado hasta dejar raso el campo y construir el que ha determinado otro edificio más racional y convincente, como es la modernidad, a pesar de sus defectos. Si antes se valoraba a una persona por su clase social, su sangre, su apellido o su red de influencias, en la democracia -se supone que es ley- los individuos valen por su utilidad para los intereses del engranaje capitalista, base, al fin y la cabo, de la subsistencia de todos. Esto puede parecer grosero y materialista, pero es real: se valora la inteligencia y las aptitudes; lo demás, a los ojos de un empresario, sea un particular, sea el Estado, carece de interés.

¿Por qué quería llegar a estas conclusiones? En vez de empezar el artículo por el principio, lo he hecho por el final. Ha sido "la libertad de prensa", entendiéndola por lo que salía de la imprenta, lo que, desde la Enciclopedia y sus antecedentes anglosajones décadas anteriores, despertó el espíritu postrado del barroco y le dio un nuevo impulso. Esta vez, impulso definitivo hacia los tiempos modernos. En toda Europa hubo un forcejeo entre lo nuevo y lo tradicional, más radical en unos países que en otros.

Pero no fue solamente la inquietud de quienes querían progresar la que sirvió de motor principal, sino que fue también la cultura, el acopio de saberes y el afán de mejorar las condiciones de vida los que empujaron a esa difícil travesía por el futuro.

Hoy, que nos sirven cultura y democracia por televisión, cine y prensa (además de los libros, claro), no podemos imaginar que los primitivos periódicos europeos, en esa alborada del pensamiento libre entre el dieciocho y el diecinueve, hicieron de tamborrada cultural y social en la conciencia de un continente que bizqueaba entre la nostalgia de "la feliz ignorancia" y "la picazón por lo nuevo". 






 

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