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El mundo es inocente. Lo juzgué esta mañana, después de hallar en mi mente un banquillo de dimensión inabarcable. Cuánto empeño ponemos en juicios finales, aún después de saber que el propio juez es la ignorancia.

Decía, que el mundo es inocente. Una inocente plantilla multifacética y multicolor sobre la que elaboramos nuestra historia. La plantilla soporta, inmóvil y resignada, la pátina gris con la que ocultamos la Vida. Soporta las creencias y emociones que le restan dimensión a sus hermosos troquelados. Sobre el fondo de la vida, Dios coloca la plantilla del mundo. Ambos inocentes escenarios sobre los que perfilamos nuestra historia, nuestra propia historia, la de cada uno.

La vida y el mundo son inocentes; nos parecen culpables porque lo que está integrado en esencia con el Todo, pierde realidad cuando la visión limitada del individuo se la apropia, y así es como se forma lo que vemos -y juzgamos- cada uno. El puzle total nos muestra el gran montaje, la pantomima versionada por millones, y por millones juzgada, como si fuese sólo una, sin entender la humanidad que ninguna escena es coincidente a los ojos de otro, aun en el caso de dos guiones que fuesen exactos.

Los críticos del arte de la vida -que a fin de cuentas somos todos- evaluamos la obra como una pretendida unidad, una falsa unidad sin mayúscula, obviando que nuestra visión individual la multiplica y fracciona en un caos indiscernible.

El gran montaje es un bazar atiborrado de conceptos en desorden. En el bazar está todo, pero cada comerciante coloca y descoloca el género propio -y el ajeno colindante- según el umbral por el que entre y lo que sea capaz de distinguir según la luz proyectada desde ese umbral. Este bazar se monta y desmonta cada día; esta es una circunstancia esperanzadora.

La más simple solución sería eliminar la división entre lo propio y lo ajeno, no por hacer propio lo ajeno ni por hacer ajeno lo propio, sino por eliminar la división del tuyo-mío con la que distorsionamos la Unidad. Sólo renunciando a la idea de la división comenzaremos a ver las cosas parecidas a lo que Son; y digo sólo parecidas porque creo que el error de base está en nuestra creencia de que eso que buscamos todos, incesantemente, está en algún lugar del exterior.

La búsqueda nos une, aunque unos no sepamos qué buscamos y otros aceptemos al paso afincarnos en pobres soluciones intermedias. Creo que todos, ingenuamente, esperamos que un día el propio encuentro nos sorprenda a nosotros, nos encuentre en nuestra búsqueda. En definitiva, ensayamos la vida con la idea de que un día se estrenará la obra…

Mi propio gran montaje almacena los recuerdos desde el rincón de mis sentidos, y desde ahí los clasifica y les otorga un grado de importancia que afecta en suma mi percepción del todo. Los recuerdos, la impresión de la experiencia, configura todo en lo que creo, aquello que rechazo, la realidad de lo que veo, la felicidad que imagino, el amor tal como lo añoro, y el temor según he ido aprendiendo de mis miedos… Aprender. Qué riesgo tan grande sin un buen Maestro que nos muestre el entrelíneas, entre los garabatos y tachones de lo que parece escribirse ante nuestros ojos: Nuestra historia. En esas blancas entrelíneas cabe todo. Otra inocente plantilla más que Dios nos da para que aprendamos a escribir limpiamente sobre lo que ya está escrito, sin desfigurar la imagen ni el sentido. ¡Y cómo nos gusta garabatear a nuestro antojo y quejarnos de la triste visión del resultado! Tan sólo de nosotros dependería someter a la plantilla a sus propios trasluces, hasta ver la realidad sin garabatos. Por eso, cuando sufrimos y juzgamos nuestra vida, me sorprende que asumamos a un Dios tan chapucero. Queremos competir con El en nuestra afición de creadores -a semejanza suya-, y le hacemos luego responsable -a El o a cualquier otro- del pésimo resultado del lienzo, después de ser maltratado y tachonado de descuido e ignorancia.

El lienzo es lo que hay, y en él está grabada la versión neutral del gran bazar al que cada día acercamos nuestras manos para dar y recibir de él.

Responsabilidad nuestra, de cada uno, son los añadidos que vemos. Del bazar podemos, por ejemplo, borrar las penas, el apego, las frustrantes expectativas. Intensificar el verde de la vida, subirle el volumen al mensaje del ocaso, y a las lecciones aprendidas tras las pruebas, para que no se nos olviden. Podemos quemar nuestras facturas de cariño y asumir que el verdadero amor es de recibo. Aprender a recoger todo el amor que nos revierte de parte del que damos, y que siempre nos acaba devolviendo mucho más del que pusimos.

El mundo es inocente. Lo recordaré mientras camino por la vida, a ver si en una pisada certera descubro, de una vez y para siempre, que mi paso es igual a la tierra en que se posa, y que así es el paso de todos visto desde la Unión, cuyo fruto expone su inapelable inocencia. 





 

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