Página anterior. Volver Portada gral. Staff Números anteriores Índice total 2004 ¿Qué es Arena y Cal? Suscripción Enlaces
Era una mesa larga que parecía no tener fin. Era una línea blanca de manteles en un claro de la selva lacandona. Hasta donde yo podía oír, ése era el tema de conversación, la novedad: manteles para comer no se veían desde quién sabe cuándo. Yo, sentado a la mesa como los demás, esperaba, como los demás, la comida y la presencia del sub.

¡Qué emoción, iba a ver al sub!

Pero mi tocayo no se deja llevar por las prisas. Y las prisas mismas se hacen de otro mundo en cuanto el hombre de la ciudad se interna en la selva. ¿Carecen de sentido? Más: no existen, como evaporadas. Pero el hilo de mi pensamiento se cortó. La persona sentada a la mesa justo al frente mío se levantaba para ceder el asiento a otra, una mujer. No me pregunten por qué, verla y asociarla a Juana de Arco, fue todo uno. Ella lo comprendió pues dijo: no eres el único que se asombra de mi parecido con Juanita... siempre me maravilló su historia: una mujer que se transforma en líder... y naturalmente, termina en la hoguera, su popularidad no la salva sino la condena. Pero tú ¿qué haces aquí? -fue la rápida pregunta de ella.

Vine a conocer al sub, contesté. En realidad, era algo más que eso, una pregunta picaba mi curiosidad. La había planteado a Blanche, una vez que estuvo por Puebla. Ella es persona indicada, una periodista que domina el tema del zapatismo y lo ha vivido desde los primeros cocolazos hace diez años. Y bien, se trataba de conocer el origen del nombre adoptado por el sub, por qué motivos había elegido llamarse Marcos. Buena pregunta, me contestó Blanche, el sub no lo ha precisado. Así que nada. ¿El sub era reticente? Esa curiosidad me había traído a la selva lacandona. Pero no era cuestión a tratar con esta mujer que tenía al frente, que ni siquiera se había presentado. Así, no pasé de enterarla de una generalidad obvia, que yo había venido a conocer al sub.

Y cambié de tema. Por dos horas, ella y yo hablamos de la selva, del tiempo, de la vida familiar. Quienes estaban sentados junto a nosotros, y hasta donde se escuchaban nuestras voces, callaban, atentos a nuestra conversación. Luego, se despidió. Y con ella, se fue marchando la gente, al tiempo que se retiraban los manteles, las sillas, las mesas. ¿La comida...? Quién sabe. Iba a preguntárselo a mi guía zapatista que precisamente venía a buscarme, cuando él se adelantó. Dos horas con el sub, dijo, le habrás preguntado todo lo que querías. ¿Cómo, con el sub? Hablé todo el tiempo con una mujer, mientras esperábamos al sub. Ja, ja, ella es el sub, y se presentó sin pasamontañas, ja, ja. Me había dicho, continuó el guía, a ver si nuestro visitante lo adivina. Pero ¿cómo iba yo a saber... que estaba esperando a quien ya había llegado? Así dicen que pasa con Jesucristo, apuntó el guía. ¡Es trampa, el sub es un hombre, eso está comprobado y retecomprobado! Una mujer, si eso es cierto, pensé luego, genial maniobra de camuflaje. Pero ese aire tan varonil del sub... no, me estaban cotorreando. 

El guía continuaba hablándome mientras me conducía de salida. Casi no recuerdo lo que dijo, me dio finalmente un papel doblado en cuatro. De parte de Juana de Arco, agregó. El papel decía: "Compañero Marcos, así pasa. Te supongo ya repuesto de la sorpresa, quiero agradecerte las dos horas de conversación amena y relajamiento. En retribución, te voy a decir un secreto: mi nombre de guerra lo adopté por ti, luego de leer tu libro sobre la Revolución Cubana. Naturalmente, no lo puedo divulgar públicamente por dos razones: primero, que nadie encuentre pretextos para identificarnos con quienes no lo estamos y nunca lo estuvimos; segundo, tu libro, magnífico, no goza del favor en Cuba pues no se ajusta a la Historia oficial y, si bien estamos totalmente desvinculados de los cubanos, tampoco queremos pelearnos con ellos. Sabrás entender, eso espero. Vuelve cuando puedas. Y recuerda, es un secreto, a nadie se lo cuentas. Un saludo zapatista del sub."

Me habían estado tomando el pelo. Y por supuesto, a nadie lo conté, no por guardar dizque un secreto, sino porque me da vergüenza. 





 

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