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Llega a mis manos "El guardián de los espejos", lo leo y quedo inmediatamente atrapado por un torrente de imágenes verbales. Creo que cualquiera que se adentre en los versos de este libro quedará atrapado en un laberinto de espejos celosamente guardado por su autor. A lo largo de sus páginas nos encontraremos con la recurrencia de motivos e imágenes que envuelven los dos temas fundamentales en el poemario: el paso del tiempo, el descubrimiento de la propia madurez; y la importancia vital de la labor poética y su ficcionalidad.

Desde un tono elegíaco que tiende la mirada hacia el pasado, el poeta se sitúa en su presente y reflexiona sobre su situación actual. El primer poema, "La muerte en mis ojos", marca el eje central de la temática y la tonalidad de todo el libro. Ante el espejo el sujeto poético descubre las consecuencias del paso del tiempo y adquiere conciencia de ellas: "De repente / nos supe si mi vida -hasta ahora- podía ser llamada vida / o si ese tiempo de rosas y cerezas era una tregua / que la muerte concedía como último deseo."

Desde este punto de partida se despliega una colección de poemas con un marcado carácter unitario. Divididos en seis partes cada una de ellas se identifica con el tema central de una manera diferente y a la vez se intertextualiza con las demás.

La primera parte "Un rostro en el espejo" enuncia, como arriba se dice, el tema del paso del tiempo, que indefectiblemente conducirá a la muerte. Es la conciencia de ello lo que hace reaccionar al sujeto poético y buscar en el recuerdo, en la melancolía y en la poesía alguna solución a sus preocupaciones: "Retomaré la senda de un nuevo verso y negaré / mi dolor a la experiencia de los años, / perdiéndome entre palabras escarlatas". Aunque no olvida que la escritura en una forma de ficción "temo que llegue ese instante donde yo sea yo / y descubráis cuánto disfraz guardan mis ojos (...) / (...) / cuando llegue ese día, espero haberme ido": una posición irónica ante la sensación de que la muerte acecha, y, de forma paralela, ante la creación de su sujeto poético.

El resto de las secciones del libro desarrollan el intenso arranque de la primera. En "Ceniza entre lágrimas", "la memoria renace de todas las cenizas". El uso poético de la palabra se descubre como una liberación, como un forcejeo contra el devenir temporal. Así aparece en "El ángel sin idioma". Conseguir expresar la interioridad del ser a través de la imagen verbal es equivalente al efecto que produce la imagen de alguien que se mira en el espejo: "arrojas contra el suelo / los espejos que muestran ceniza entre tus lágrimas / (...) / Sin embargo, necesitas visitar al guardián de los espejos, / reencontrar tu identidad después de cada noche, / poseer la certeza de que los demás verán en ti / el rostro que te acompaña a través de los años".

El último verso de esta parte enlaza con la siguiente: "te conduce hasta el mar dormido de la muerte". En la tercera parte, "Los espejos marinos", el mar es otro "espejo" de profundidad insondable, donde se esconde el poder de la palabra poética, la identidad personal y el paso del tiempo.

En "Fragmentos de escarcha", el recuerdo es una herramienta para fijar el tiempo, para conseguir que no escape del todo: "la huida hacia uno mismo, hacia la memoria de hiedra, / es un regreso hacia el manantial de los orígenes, / hacia esa voz interior que nos ayuda a perseverar (...)"

La quinta parte, se puede considerar como una recapitulación en la que se compendian todos los elementos significativos que han aparecido en las anteriores y parece concebida como una conclusión: "la vida es un verso al final de la tarde fría, / en el umbral de la noche, más allá del olvido."

¿Qué ocurre con la última parte? La que parece más ajena al resto del libro, pues el tema central es la guerra y las consecuencias que ésta tiene en la identidad humana. Creo que, dentro del sentido unitario del poemario, debemos entenderla como una coda que el poeta utiliza para contextualizar sus poemas anteriores en una época y una situación socio-histórica llena de violencia y tensión.

Si no cuento mal, este es el séptimo libro de García Herrera. Varios de ellos premiados; tal vez no haga falta decir que con todo merecimiento. En todos ellos se muestra como un poeta solvente. Su cuenta de procedimientos poéticos está bien saneada y surtida. Pero me gustaría terminar resaltando, sobre todos, un rasgo, común a toda su obra: el uso de la imagen de corte surrealista:

"Pétalos de rosa machacados en el mortero negro de la melancolía", "El eco que repite la sinfonía de la mentira", "La lluvia gesticula como un caballo loco", "Costuras avinagradas de la soledad", "Ceniza entre tus lágrimas", "la lluvia es el poema de los que se fueron"...

Unas imágenes heredadas de los poetas del 27 (algunas de ellas parecen auténticas greguerías, como las que incluían los poetas de la edad de plata en sus obras). Sin embargo, además de la sorpresa que supone siempre la gran capacidad de creación verbal que tiene García Herrera, lo que no podemos dejar de apreciar es que sus imágenes están enmarcadas en poemas que muy poco tienen de surrealista. Esta síntesis de lo real objetivo y lo surreal afectivo es uno de los logros más acertados y mejor conseguidos de este libro.


Víctor J. Ronda
Badalona, 26-11-2004








 

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