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Este año no estoy yo para Navidades. 

Me faltan mis padres: secundarios principales en los episodios navideños de nuestros recuerdos. Y la infancia. Me falta la infancia que otorgó carisma a las figuritas del Belén y coloreó las capas de los Reyes Magos. Creo que, más o menos, a todos nos pasa. El verlo ahora desde otro prisma es recordar aquello tan valioso que perdimos. Es como si en algún punto del camino nos hubieran cambiado los ojos por otros. Por eso a pocos adultos les gusta la Navidad y aún son menos los que realmente disfrutan de ella. La mayoría la sufrimos recogiendo el nudo de la garganta que aparece al son de algún villancico. Nos trae recuerdos, y la mayoría de las veces son recuerdos de lo que ya no tenemos. Navidad es también sinónimo de nostalgia y melancolía.

El propio Espíritu de la Navidad es un símbolo que recuerda la unión de los seres humanos. Cómo no iba a evocar melancolía el espíritu de una unión que solemos percibir tan lejana e imposible. 

Aparte de todo esto, y como comencé exponiendo, este año no estoy yo para Navidades. Especialmente este año.

La primavera me sacudió con una terrible enfermedad que me ha acompañado hasta ahora. Aún experimento los efectos de la quimioterapia, tan disonantes con la alegría, la ilusión y la fiesta que se atribuyen a esta estación. Las pequeñas y grandes soledades se agudizan con la enfermedad; no digamos ya si estas se suman a las soledades y añoranzas propias de nuestra Navidad de adultos.

Valiente Navidad la que me ha tocado vivir este año… Por eso este 25 de Diciembre me desperté con la determinación de no celebrar la Navidad. Ya tuve anoche mi ración de Nochebuena y aguanté bien el tirón, así que no creo que haya de exigirme hoy más esfuerzo. 

De manera que esta mañana decidí dedicarle el día al Coaching. Tengo lectura pendiente, páginas web por visitar, investigación que he dejado a medias y reflexiones propias para incluir en el libro que quiero escribir sobre el tema.

Hoy, que es un día internacional y teóricamente importante, decidí dedicarle sus horas a mi vocación.

Mi determinación no me parece chocante. A fin de cuentas, convertirse en coach personal es casi como convertirse en Papa Noel. Un Papa Noel que te conecta con la ilusión de lo que realmente deseas, que te ayuda a dar sentido a tu vida, que te acompaña hasta la meta que te hayas propuesto, que te conecta con lo mejor de ti, que fomenta tu unión y tu entendimiento con los otros, y que te inspira el apoyo y la confianza que necesitas para creer en ti mismo. 

La verdad es que muchos estarían satisfechos si les dijesen que esos son sus regalos de Navidad de este año, y ser el Coach-Papa-Noel de otros es aún mejor que ser el receptor de los regalos del Coaching. Dar, está visto y demostrado, que a la corta y a la larga es mucho más gratificante que recibir.

De manera que me senté hoy ante el ordenador para eludir la Navidad y cambiar su espíritu por el del Coaching, y ahora me voy dando cuenta de que el Coaching, la maravillosa vocación que me ayuda a levantarme de la cama cada día, es muy parecido a la Navidad. Es lo que entendemos por el espíritu navideño trasladado a nuestra vida de todos los días y en cualquier momento del año.

El Coaching es la posibilidad diaria de la Navidad sin nostalgia. Si a la Navidad le quitásemos el muérdago, el árbol, los recuerdos, las luces, los belenes, las compras y las lentejuelas, nos quedaría lo que se supone más importante: La paz en el corazón, la ilusión del niño que llevamos dentro, la alegría de disfrutar de los que están a nuestro lado, la capacidad de sonreír, de comprender, de perdonar y de amar.

Todo eso es parte de lo que se puede alcanzar a través de un proceso personal de Coaching. El espíritu navideño no es más que conectar con lo mejor de nosotros y compartirlo con otros. Esto nos haría muy felices si pudiéramos mantenerlo todo el año, y mantenerlo todo el año es posible mediante un proceso de Coaching.

Valiente Navidad me ha tocado vivir este año, sí. Valiente y afortunada, en el fondo, que me muestra alguna de las razones por las que merece la pena celebrar la llegada de un nuevo año, y seguir compartiendo con otros que la vida puede ser lo que nos propongamos que sea, y que si es posible llegar a cambiar nuestra visión, no ha de ser tan imposible que llegue a cambiar nuestro mundo.





 

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