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Integrar a personas, pueblos y naciones en un destino común, unirlos en un amplio abrazo donde todos tengan entidad propia, derechos individuales y comunes y auténticas garantías, congregarlos bajo una misma filosofía y con unos objetivos afines a todos y positivos -si no para la totalidad, sí para la inmensa mayoría-, aún en esta extraordinaria época que nos ha tocado vivir, podríamos aducir que es casi, casi, una utopía.

Sin embargo, eso es lo que, desde aquellos lejanos comienzos del inicio de la creación de la CECA (Comunidad Europea del Carbón y el Acero), en 1950 (aprobada en 1951), y las posteriores conversaciones, acuerdos y tratados (Roma, 1957, Maastricht, 1992, Ámsterdam, 1997, Niza, 2001, etc.), están consiguiendo los pueblos de esta Europa nuestra.

¿Por qué esta unión es buena para los españoles y demás componentes de la comunidad? Sin duda, hay muchas razones, pero -sin pretender chafarle los argumentos a esas lúcidas mentes que propugnan el no- bastaría echar la mirada atrás y recordar -para los de más edad- o releer un poco la Historia para los que nacieron mucho después de que las últimas bombas, los últimos tiros y los últimos cañonazos segaran la vida de tantos millones de personas, tanto aquí en España como en casi todas las naciones de Europa, para tener un magnífico e irrebatible argumento.

Las fronteras, las diferencias étnicas, sociales y culturales, las miserias y las ambiciones de individuos de cualquier ralea y vecindaje, la falta de cualquier protección efectiva para bienes y personas, la codicia de reyes, reyezuelos, gente de armas, nobles, villanos y demás personajes de la variada chusma que siempre ha existido, hacían imposible la convivencia, no sólo entre las naciones, sino entre los pueblos de un mismo territorio e incluso entre los propios vecinos. Arrasar fronteras y degollar gente para quedarse con sus propiedades y el afán de conquista de otros territorios más débiles para acrecentar el propio ha sido -fue- la tónica general hasta hace bien pocos años.

Consejos de vecinos, acuerdos -y uniones- entre ellos y los de pueblos limítrofes fueron, en un principio -y más tarde la reunificación de pueblos y territorios en una sola nación, con derechos y leyes más justas-, los que fueron erradicando y cambiando aquellas terribles situaciones. Con el tiempo el clamor del pueblo -y mucha sangre derramada- fue consiguiendo unos dirigentes más justos y eficaces, unas leyes y unos derechos para los ciudadanos y un país -en dependencia a sus capacidades- reconocido y honrado por los demás países.

La Unión Europea -aquella antigua utopía- nos ofrece ahora integrarnos en un País con mayúsculas, en un país con 480 millones de ciudadanos con plenos derechos y libertades, en un país con una filosofía única y un destino común a la búsqueda del bienestar para todos.

¿Qué duda cabe que habrá cosas que mejorar? Naturalmente que sí, señores propugnadores del no. Pero eso es lo que venimos haciendo desde aquel lejano día en que miramos alrededor, nos pusimos un taparrabos y comenzamos a comprender que había que convivir con los demás. La Unión Europea -continuidad de la dinámica emprendida por el hombre hace ya muchos miles de años- no es otra cosa que otro avance más del hombre en sus aspiraciones por la consecución de otra utopía: una mayor igualdad y fraternidad entre todos los seres de la naturaleza.

Ojalá este SÍ con mayúsculas que daremos los españoles el próximo día 20 de febrero sea la primera piedra para construir la necesaria unión de todas las naciones del mundo...





 

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