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Escribía nuestro director, en columna anterior, acerca de los amigos conocidos a través de la red de redes de Internet. Entre estas ocupaciones y lo escaso de tiempo e ideas que ahora me encuentro, su escrito me ha dado cuerda para enfrentar un tema relacionado, pero basado en la naturaleza y forma de ser de las personas que en la red encontramos, debido a las ventajas que nos ofrece la tecnología en este mundo cada vez más pequeño y más ajeno. 

Que lejos estamos de los tiempos en que una carta interoceánica demoraba meses en llegar o no llegaba, pues ahora nos mantenemos a buen resguardo de las largas esperas para que el destinatario envíe su respuesta, si éste quiere respondernos, por supuesto. La desventaja está en desconocer datos de domicilio y no poder enterarnos por la prensa local de los sucesos o decesos en que eventualmente se pueda ver involucrado. Lo que es la paradoja, vivimos ahora algo similar a lo que en otros tiempos sentían los que arrojaban botellas al mar con manuscritos en su interior. ¿A dónde irán a parar en estas mareas virtuales? ¿chocarán contra los arrecifes de un servidor en mal estado?, ¿se romperán viajando en el sobrecupo de los SPAM? ¿será descorchada en el trayecto y su contenido llegará a ojos no gratos? Ni el mismísimo Bill Gates podría dar respuesta a las humanas preguntas que surgen esta tarde.

Cambiando al tema de las personas conocidas por ese medio, el llamado "virtual", encuentro que éstas no se distancian mucho de los personajes que a diario nos topamos en el trayecto o estancia de casa a trabajo. Son una especie de muestrario de los distintos/similares individuos que pueblan este pañuelo en el que habitamos (mi abuelo dijo: "el mundo es un pañuelo" y mi padre replicó: "con razón todos se quieren sonar en él"). Aparecen aquí y allá, los que presumen de saber mucho y los que saben mucho; los que se interesan en un solo tema y las fanáticas; los ardientes y lujuriosos que inundan los buzones con sus invitaciones y las ardientes y lujuriosas que aún no conocen (o no usan) mi dirección de correo para invitarme a alguna de sus travesuras (¡ánimo!); las obsesionadas con los temas de salud y los obsesionados con figura y cuerpo; los que no pierden oportunidad para soltarte una broma y los que repiten los mismos chistes en eterna monotonía; los que se preocupan por saber las últimas noticias de la farándula y las que se ocupan de enterarse acerca de los adelantos tecnológicos de su carrera. Los que se mantienen atentos a las ofertas laborales y los que revisan a diario si han ganado la lotería. Los estudiosos y los laboriosos, los huraños y las sensitivas, los envidiosos y los necios, los que murmuran y los que reprochan, los que juzgan y los que evalúan, los que opinan, los que callan…

No enuncio más, aunque faltaba poco, para dejarle tarea al paciente lector que aún me acompaña a esta altura de la columna de opinión que en esta revista me prestan. Esta muestra recogería, con pelos y señales, con direcciones y rostros, las escasas obsesiones y temores de un animal triste y solitario que quiere aprender a ser feliz en compañía. Una selección de los que discurren su brevedad, entre los millones de años luz que tienen las estrellas, jugando a ser eternos. Un pequeño, pero suficiente fragmento, en el que se vislumbraría a un ser errante entre los efímeros y frágiles caminos que le tocan, tratando de beberse todo de un sorbo. Un hombre que codicia la comida del otro sin terminar de alimentarse de la suya, o que, como en mi caso, tantas veces habla o escribe… sin tener nada que decir. 








 

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