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Leí, hace unos días, una frase que le viene como anillo al dedo a nuestros actuales dirigentes y, ¿Por qué no? También a los que lo fueron. 

Alberto Vázquez Figueroa dice en su última novela: "Nada existe que haya causado tanto daño a los seres humanos, que la impunidad de quienes les gobiernan."

Y yo me pongo de su lado y defiendo la veracidad de sus palabras.

La impunidad -o falta de castigo- acrecienta la injusticia, abona el abuso de autoridad y eleva, a la enésima potencia, el egoísmo, la maldad y la soberbia, que no es otra cosa que el desprecio a los demás y, por tanto, conlleva en sí misma el abuso.

Y defiendo -como decía- la verdad de la frase, porque, ¿cómo, si no, puede entenderse mucho de lo que nos está sucediendo?

Antes, los republicanos se conformaban con echar al Rey y abolir la monarquía; ahora no, ahora miran más allá y quieren cargarse a todo un País yéndose, pero sin irse.

Antes, un ilegal, daba con sus huesos en el calabozo y ahora preside un Parlamento.

Antes, los asesinos morían en la cárcel tras años de encierro y ahora forman partidos políticos y se quieren hacer oír, y se erigen en representantes del pueblo, de un pueblo oprimido y asfixiado por el terror que ellos implantan.

Antes, con mejor o peor fortuna, nuestros Presidentes de Gobierno defendían a ultranza la unidad territorial e incluso la de nuestros territorios allende las fronteras. Ahora nos pondrán fronteras en el Ebro, junto al Gállego, al filo de Despeñaperros y quizá hasta el pueblecito más recóndito dispondrá de un puesto aduanero en la plaza mayor.

Antes, un político, fuera de la región que fuere, si accedía al Gobierno, trabajaba para toda la Nación, perseguía el bien común y se desvelaba por toda la población. Ahora un político actúa según le dicte su egoísmo, es decir, sus intereses. Y no quiere acceder al Gobierno Nacional, pero sí pactar con él, sustentarle con tres o cuatro votos y sangrarle hasta desangrarle, que es lo mismo que sangrar, hasta desangrar, al País.

Y digo más:

Un político se ampara siempre en sus compañeros para que sean ellos quienes le cubran las espaldas y así, uno cubierto por el otro, se apoyan, se alían y se reparten el pastel. "Tú di esto, que yo diré aquello…" "Tú pide lo de acá, que yo reivindicaré lo de allá…"

"Tú habla de la democracia, que yo pediré la legalización de los nuestros…" y poco a poco, quizá por agotamiento, o por la blandura del oponente, van consiguiéndolo todo.

Una de las dos Españas ha de helarte el corazón -dijo Machado-, y a mí me lo están helando las muchas Españas que se proponen pero, sobre todo, los españoles que no quieren serlo y que, en lugar de irse lejos, nos quieren reducir a peleles sometidos a sus minorías.

Dentro de unos días quizá ustedes acudan a votar la llamada Constitución Europea y al coger la papeleta tendrán las mismas dudas que tendrán otros y no sabrán muy bien por qué votan sí, o votan no, y tal vez piensen lo mismo que yo. ¿Qué pienso yo? -Se preguntarán- Yo pienso que, en el mejor de los casos, (hipotético caso) la Constitución Europea es como Soria: "LA BELLA DESCONOCIDA".  



 

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