Página anterior. Volver Portada gral. Staff Números anteriores Índice total 2005 ¿Qué es Arena y Cal? Suscripción Enlaces
En la pluralidad de opiniones que caracteriza actualmente a nuestra sociedad, esta pregunta puede tener más de una respuesta. Más de dos o más respuestas habría que decir. En conjunto, la sociedad española se inclina por la creencia de que nuestros difuntos están en uno de los tres estados -que no sitios- que la religión católica ha definido dogmáticamente y que el presbítero Enrique Pardo Fuster expone en un libro, relativamente reciente, titulado La vida en el más allá.

Los tres estados-infierno, purgatorio y gloria-, que el protestantismo reduce a dos eliminando el purgatorio (sin tener en cuenta aquellas palabras dichas por Jesús en Mateo, 5, 26: "De allí no saldrás hasta que no hayas pagado el último céntimo", metáfora elocuentísima que da esperanza para concebir el segundo estado), son perfectamente correlativos y están en consonancia con la lógica de la vida en la escala de maldades y bondades. Otro ejemplo (Mateo, 18,30), que también puede servir para conjeturar la existencia del purgatorio (contra la negación protestante): "Y le hizo encerrar en la prisión hasta que pagara la deuda".

En el mundo clásico, que es como decir en las religiones de las culturas mediterráneas, existía el Amenti egipcio, el Hades griego y el sheol hebreo. Era un estado en que las almas vagaban por valles tristes o siniestros, dependiendo de la experiencia acumulada por ella en la tierra. Incluso se admitía un estado de alma deambulando sin norte por las tinieblas de la inconsciencia. Para las más elevadas estaban los Campos Elíseos, en los que una mayor lucidez y una pureza de costumbres adquiridas en la existencia terrena, le propiciaban una proximidad a la vida de los dioses (¿ podríamos en el cristianismo traducir por escalas angélicas?). En algunos casos, para tocar estas alturas gloriosas se necesitaba la llamada iniciación, llevada a cabo a través de diversos rituales que facilitaban a los aspirantes el paso a un nivel mayor de espiritualidad.

Por supuesto que la reencarnación era una creencia común en todos esos pueblos en el Mundo Antiguo. En Mateo, 16, 13-14 y en Marcos, 8, 27-28 Pregunta Jesús: "¿Quién dice la gente que es el Hijo del Hombre?". Ellos contestaron: "Unos dicen que eres Juan el bautista, otros que Elías, otros que Jeremías o algunos de los profetas". Esto, independientemente de que Jesús estuviera o no de acuerdo con esa especulación de sus interpelados, reproduce a las claras cómo este tema estaba candente en la sociedad de entonces.

La Teosofía ha tratado este tema con máxima escrupulosidad y en las obras de Arthur Powell el mencionado asunto está expuesto con lujo de detalles; ahora bien, la estratificación del peregrinaje del alma hacia otras regiones coincide con la mostrada por la Iglesia, con la diferencia de la terminología.

Sea como fuere, todas las iglesias y doctrinas pitagóricas dan una esperanza frente al atomismo. El atomismo de Leucipo, Demócrito, Epicuro y Lucrecio argumentaba que estamos compuestos de átomos y que éstos perecen todos después de la muerte. Modernamente el biólogo francés Jacques Monod renovaba esta teoría apoyándose en el evolucionismo. Pero, ¿hemos de perder la esperanza en la inmortalidad de nuestros difuntos?

Escribía el poeta mexicano Amado Nervo: "No todos los muertos contemplan a Dios./ ¿Tú piensas que basta morir para ver/ese gran misterio del que vas en pos?" Incluso una lógica de para andar por casa nos asegura que quien en vida no tiene interés por los niveles superiores e intuitivos del espíritu, después de muerto tendrá conciencia solamente de lo que se ha llevado de su existencia temporal. Quien haya vivido de frivolidades, ambiciones, gulas, avaricia, lujuria, envidia, crímenes y otras pasiones vinculadoras a la tierra, en el despertar de su conciencia postmortem sentirá como en un umbral de intenciones esa apetencia que las religiones han insertado en infierno (etimológicamente `lugares bajos`) y purgatorio para quienes han experimentado en vida periódicas o definitivas ansias de cambio de conducta. La Doctrina Secreta habla de siete planos. Hay un libro escalofriante de Arthur Powell titulado El plano astral, en se que da una descripción detallada de estas postrimerías.

La mentalidad popular tiende a apelar a la misericordia divina para quienes ni siquiera creían en una vida trascendente o para quienes cifraban todos sus intereses en este mundo. Pues bien, ni incluso las personas de buena conducta que sienten desvelos por los suyos, como los casos dramáticos de madres y padres que se angustian por el porvenir de los hijos que dejan en el mundo, encuentran "la paz del Señor", a menos que las vibraciones espirituales vayan aflojando hasta quedar desvinculadas de la memoria de lo terreno.

Si echamos mano a un libro titulado Los muertos nos hablan del sacerdote francés François Brune (podríamos consultar muchos libros más, por ejemplo los que cita Brune al final de su obra), nos percataremos de cómo los muertos, en una primera etapa después de su defunción, no abandonan nuestro entorno y, merced a unos poderes espirituales que se manifiestan en la otra dimensión, tienen capacidad de revelar síntomas de supervivencia desde su nuevo estado, y que el cura y teólogo galo testimonia honestamente, según él, con grabación de voces de difuntos en cinta magnética, filmación de vídeo del más allá, así como otros fenómenos que la parapsicología usual ya ha tipificado como si fueran "temas clásicos" del asunto.

Este libro, como otros que tratan de esta delicada y fascinante materia, tiene una visión positiva de nuestro viaje a la otra orilla. Brune no cree en la reencarnación y cifra toda su esperanza en la presencia de un Ser luminoso tras el adentramiento de una zona en la que lo que había en nuestra vida temporal de profundo, limpio y noble se desarrolla debido a un clima propicio que pone a prueba, por otra parte, lo que de espiritual hemos sido capaces de acumular aquí. En suma, nos llevamos al más allá lo que hemos acumulado en nuestro haber de experiencias decisivas.

¿Dónde están nuestros difuntos, a tenor de esta teoría nada descabellada, sino por lo contrario, sensata y plausible si aceptamos que en nuestra insondable intimidad hay potencialidades de las que no somos conscientes y de las que la llamada "ciencia extrasensorial" nos pone en sobreaviso?

Si, como decía el poeta, no todos los muertos han llegado a contemplar a Dios ( o sea, participar de la amplitud del conocimiento en pos de la Verdad, del amor universal y la sed de Vida eterna), ¿qué podemos hacer por ellos para que se acerquen a esa órbita privilegiada? La Iglesia católica aconseja el rezo por sus almas, como si la concentración de nuestra mente y la invocación a Dios y a sus fuerzas intermediarias pudieran ayudar a quienes lo esperan en el reino invisible. Después de todo, ¿no es una esperanza? 






 

volver  arriba

Pulse la tecla F11 para ver a pantalla completa

contador

BIOGRAFÍAS | CULTURALIA | CITAS CÉLEBRES | plumas selectas

sep