Página anterior. Volver Portada gral. Staff Números anteriores Índice total 2005 ¿Qué es Arena y Cal? Suscripción Enlaces
Parece que nuestra negativa a perder a nuestros difuntos nos impeliese imperiosamente a rezar por ellos; incluso, como en el caso de los distintos esoterismos, a creer que están en planos de la mente muy superiores a los de la tierra, interferida nuestra mente en tal caso por las necesidades inexorables del cuerpo.

Estamos acostumbrados a una visión simplista del más allá y nos imaginamos a las almas de los desencarnados como ascendiendo entre nimbos soleados de cuadros del Barroco. Sin embargo, la percepción de los videntes nos proporcionan con más sensatez un proceso complejo que reseñaremos brevemente, por lo que tiene de curioso y, para algunos, tal vez de pintoresco. Dice la Enciclopedia iniciática mínima de M. Saurina Mateu que la muerte aparece como un progresivo abandono de los principios que lo animan: cuerpos etérico y astral. Los sentidos se van perdiendo lentamente desde el de la vista, que es el primero hasta el oído, que es el último. La energía vital se retira de los nervios psíquicos hasta desaparecer por la coronilla, la respiración cesa y la vida se extingue.

Aunque el organismo físico esté clínicamente muerto (y aun enterrado), la conciencia y el cuerpo vital siguen unidos a él mediante el llamado "cordón plateado". Por su parte, Javier Parra Alvarez, en su obra "La reencarnación" dice que, según la tradición iniciática, durante tres días el espíritu del fallecido puede visitar todos los puntos de la tierra que desee visitar. Puede acompañar incluso a su propio cortejo fúnebre, como acontece con frecuencia. Puede aparecerse asimismo, sea en sueños, sea en estado de vigilia, a algunos de sus familiares.

Es entonces cuando, tras la pérdida del cuerpo físico, nuestro cuerpo mental funciona exclusivamente con los deseos, que vinculan al difunto con los referentes del mundo que ha dejado. Tiene que acostumbrarse -en algunos casos con grandes dificultades y sufrimientos, debido al arraigo que haya tenido con los objetos de sus pasiones terrenales- al plano llamado astral, constituido por una materia mucha más fluida que la física, en la que se ha de desenvolver la voluntad en una ardua tarea de adaptación. (Se advierte que esta exposición a grandes líneas se autolimita y prescinde de rasgos minuciosos, que son importantísimos.) Nuestra estancia en el mundo astral -el purgatorio del catolicismo, el Amenti egipcio, el Hades griego, el Sheol hebreo- depende de las vibraciones con las que hayamos sobrecargado a nuestra mente en la vida temporal. Por eso la Iglesia, que sabía mucho de esto por las visiones de sus místicos, aconsejaba la vida ascética. Con ello el creyente se libraba de este plano astral y pasaba, después de su óbito, a un plano que la tradición iniciática llama el plano mental, compuesto de siete subplanos, en razón de la vocación en la tierra del alma, ya purificada.

Las grandes ideas desinteresadas que mueven la evolución -el amor a la familia, la religión, el afán de ayudar a la humanidad y la cultura en todas sus manifestaciones- constituyen cuatro de los siete subplanos, los inferiores. En parte, es lo que las religiones llaman la vida celestial. Los otros tres, superiores, son para los místicos profundos, que han superado sus deudas psicológicas con los planos físicos, astrales y mentales inferiores. Son los subplanos que el Budismo llama Nirvana y la Iglesia describe como la Gloria, la máxima aproximación a lo divino.

No podemos pormenorizar aquí esos detalles que los videntes y místicos han revelado acerca del más allá. Por supuesto que yo no reaccionaría como un escéptico. ¡Hay tantas cosas que ignoramos! De cualquier modo, es una visión moderadamente racional, legitimada por un común denominador: no podemos en "la otra dimensión" aspirar a un estado de paz y deleite en intuiciones elevadas si no las hemos deseado y esbozado en nuestras intenciones terrenales. Dios se convertiría entonces en un ser justo que nos da a cada uno lo que merecemos por una ley ínsita de causa y efecto. Los siete subplanos de los deseos vinculadores al mundo -el plano astral, infierno en su parte ínfima y purgatorio en la más alta- deben de estar "superpoblados" ya que toda la Humanidad iría destinada a esos "lugares inmateriales", o sea, estados de conciencia. Tan sólo la gente de pureza de corazón y nobles ideales desinteresados optarían a los siete subplanos del plano mental o celestial, en el que la jerarquía angélica deja traslucir -de más a menos en la escala- la magnificencia de un Dios inaccesible.

Se preguntará el lector: ¿Para siempre ese estado de ida y venida como un ciclo de reencarnación-muerte-reencarnación en un peregrinaje por tantísimas vidas hasta no tener necesidad de renacer en la tierra por haber alcanzado la iluminación como el Buda? La tradición iniciática está de acuerdo con ella. No se olvide que hasta el Concilio de Constantinopla del año 553 la Iglesia no la anatematizó. Hettie-Henriette Vedrine en su obra "La Reencarnación y la vida eterna" trae a colación citas de las sagradas escrituras y, de una manera especial, expone que Orígenes, padre de la Iglesia naciente, deja entrever su adhesión. Sin embargo, los cristianos gnósticos -creyentes ilustrados de educación griega- hicieron la siguiente consideración ya en los siglos II-III: "Pues bien, desde la venida del Salvador Jesús, la reencarnación ha cesado y se predica la fe en la remisión de los pecados..." Hipólito de Roma, Refutación de las herejías, VIII, 10.

La Iglesia, como se ve, no acepta que esos estados de conciencia sean transitorios, sino definitivos, a no ser su carácter de estado purgativo en quienes lo necesiten para la posterior visión beatífica, que no sería igual en todos los afortunados, sino que este privilegio tendría gradaciones en razón del nivel de santidad alcanzado en vida. Las palabras del cristiano gnóstico citadas por el obispo Hipólito darían apoyo a la Iglesia en su lucha contra los reencarnacionistas posteriormente, a pesar de que el episcopo las registró como denuncia a los que se habían desviado.

Lo cierto es que -para mi parecer- lo que no cabe, si aceptamos la inmortalidad del alma o como se llame, es pensar que Dios tenga predeterminado quién se salvará o condenará, como decía Calvino. La doctrina reencarnacionista nos lo pone duro, pues en esta vida estamos laborando nuestro después y nuestra futura reencarnación con todas sus consecuencias negativas o positivas, según nuestra conducta. La Iglesia confiará, en última instancia, en la misericordia divina.

Que el lector medite. ¿No merece la pena? 






 

volver  arriba

Pulse la tecla F11 para ver a pantalla completa

contador

BIOGRAFÍAS | CULTURALIA | CITAS CÉLEBRES | plumas selectas

sep