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Manuel Lozano
Argentina

 

 

VOZ QUE DECÍA



Para Abel de Elizalde

Voz que decía: Da voces. Y yo respondí:
¿Qué tengo que decir a voces? Que toda carne es
hierba, y toda su gloria como flor de campo.
Isaías 40, 6

 

Un túnel de escarchas te señala el despojo,
la luz de los suburbios.
¿Ahora te acuestas sobre la sangre que flota en cada Paraíso?
Pon en tu boca la leche del dolor.
Vístete. Ahógate.

 

Estás solo y se derrumba la casa:
¡Maravillosa la memoria que maldice con su hierro!
En la batalla está tu enigma,
los cascotes de perplejidad escarbando desde el sol,
las crueles incursiones del peregrino tenaz
en la cabeza de tus padres.
Así la mansedumbre se corona 
en los límites de la ortiga y del cuervo.
La súplica muestra la sed.
Los higos del abismo alimentan otras bocas.
De un golpe seco te despeñarías, río abajo,
hacia el país del nombrador de prodigios,
pero las semillas guardan en celo
las señales de amargura entre las llagas.

 

Arcano.
Por la continuación secreta de los mismos combates,
habría yo de erigir un Reino
sobre un bosque clavado en la memoria.
Voz que decía hasta el destierro:
hasta el relámpago.
¡Entonces llega el insomnio!
La plegaria está en el mundo y te dibuja.

 

Mirante de musgo en los palacios,
en casa de vecino,
en zaguanes borrados por las telarañas
de un Cristo desnudo,
en tristezas que paralizan como el féretro de un mono, 
en antiguas tapicerías.
Esta prisión vuela por la tempestad. 
Hay una fiesta adentro.

 

Los que regresan, se arrodillan.
Las supliciantes buscan pequeños utensilios 
hundiendo ya sus cabezas en el espejo ajado
que nos trae el futuro.
-¿Acaso hablas de la lluvia
con la lluvia tatuada en las espaldas?
Dirás las dinastías
y las antorchas subiendo por la música
y también los niños que fuiste y serás.

 

Yo oigo el cálido temblor.
Hubiera sido el filamento alevoso
para contemplar ayeres desde una cerradura
acaso sin nacer, sin ser alguien aún.
Pero encontré en este fuego
la palabra que mata.

 

¿Adónde iban las comadres del corazón?
¿Por qué otra conseja hilándose en el mármol?
Cipresales arrojan el sueño prometido
(un sueño fastuoso en que embalsaman tu hambre)
porque ya resplandeces.
¿Estaba en mí como agua de sol
acribillando la lujuria de la tierra más sola?
El manantial se quiebra en su remanso.

 

Resplandor de anémonas bienaventuradas 
en la sublevación del pantano.
¿A qué llorar y jugar y despertarse?
Llorar.
Jugar.
Despertarse envuelto en trapos nocturnos
hasta crujir en cacería.

 

¿Por qué no extingues el dolor
con tu piedad delirante, con ese barro inhabitado
huyendo junto al néctar del grito?
Porque eres Barro, aunque Blanca te llamen.

 


(de su libro "La Rueca Dorada" - Derechos registrados)






 

Dep- Legal: CA - 731-95
ISSN 1135 - 7541

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