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A compás de la grandeza de Roma surgió la verdadera mitología latina, al frente de la cual, poderoso y lleno de majestad, se halla Júpiter, el dios indoeuropeo del cielo brillante, invocado bajo los nombres de Zeus, Fulgur, Lucetius, Summanus, como dios del rayo y de la luz.

Cuando el Estado comenzó a favorecer con su protección el culto de Júpiter, éste tendió a convertirse en el dios de las relaciones oficiales, a servir de lazo de unión entre las tribus. De aquí las "Ferias latinas", en el mes de abril, fiestas que reunían alrededor del dios a todos los diputados del Lacio. Cuando Roma dominó sobre todos los pueblos latinos, surgió Júpiter del Capitolio, Optimus Maximus, que recibía títulos guerreros: Stator, el que detiene la derrota, Victor, el que da la victoria, etc.

La piedra sagrada sobre la cual primitivamente se inmolaba la víctima al celebrarse un tratado tuvo tan estrecha relación con el culto de Júpiter que la frase per Jovem lapidem fue la más solemne fórmula de juramento.

Al principio Júpiter no tenia estatuas. Más tarde, su templo personificó la majestad de Roma. En el Capitolio tenía lugar la ceremonia del paso de la infancia a la virilidad, los magistrados tomaban posesión del cargo y se conservaban los boletines de victoria y tributos de los pueblos vencidos.

Juno, compañera de Júpiter, fue la protectora del matrimonio y del nacimiento.

Marte fue el dios favorito de los romanos. Sus sacerdotes, los salios, habían sido creados para guardar los escudos-talismanes, símbolos del rayo. Del 1 al 23 de marzo paseaban por la ciudad, cantando, danzando y golpeando sus escudos, uno de los cuales se decía caído del cielo.

Marte, convertido en dios guerrero en la época histórica, tenía también sus fiestas de carácter militar. Le estaban consagradas las carreras de caballos de guerra, que se celebraban en los días 17 de febrero, 14 de marzo y 15 de octubre. En esta última, el caballo vencedor era sacrificado al dios Marte por el Fiamen Martialis. Los ciudadanos romanos se reunían cada 5 años en el campo de Marte (Campus Martius), en hábito de guerra, para una purificación solemne y censo general. Se ofrecía al dios el sacrificio de un cerdo, de un carnero y de un toro y se le dirigían plegarias para obtener la victoria en las guerras venideras.

Quirino era uno de los dioses importantes en su origen, aunque más tarde pasó a segundo término. Primitivamente formó, con Júpiter y Marte, una triada divina a cuyos sacerdotes cedían el paso todos los demás, hasta que fue eclipsada por la triada capitolina: Júpiter, Juno y Minerva.

Jano y Vesta eran dos divinidades que se presentaban con frecuencia asociadas. Para los antiguos habitantes del Lacio, la puerta de la casa (lanua) y el hogar eran cosas sagradas. De aquí nació el culto de Jano y de Vesta. El numen de la puerta llegó a ser con el tiempo el que protege la entrada y la salida, la partida y el regreso. Por esto miraba hacia adelante y hacia atrás y se le representaba con dos caras; dios de todos los comienzos, de la mañana, del año y del primer mes (lanuarius), se le ofrecía el primer sacrificio del año y era el primero a quien se invocaba en las fórmulas deprecatorias.

El culto de Vesta puso de relieve la tendencia de los romanos a marcar con un sello religioso los incidentes más vulgares de la vida. En las sociedades primitivas, el fuego era un elemento precioso, difícil de obtener y conservar. Para que no se extinguiera jamás el fuego de una casa, se confiaba a las hijas el cuidado de avivar la llama. He ahí, en germen, el colegio de las vestales, compuesto de muchachas que hacían voto de castidad bajo la amenaza de ser enterradas vivas si lo quebrantaban, y de velar el fuego inmortal que ardía en el hogar central de Roma.

Minerva fue la diosa de los artesanos, confundida más tarde con la Atenea de los griegos; Venus, diosa de los jardines, debía convertirse en una igual de Afrodita, y Hércules idéntico al Heracles helénico, del cual tomó la forma y el indomable valor.





 

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