Página anterior. Volver Portada gral. Staff Números anteriores Índice total 2005 ¿Qué es Arena y Cal? Suscripción Enlaces

Vivimos, pese a todas las restricciones y carencias que puedan salirnos al paso, en una época y una sociedad de consumo. Una sociedad insaciable movida por la propaganda. Y una propaganda (más bien debiera decir un pulpo enorme, opresivo y omnipotente) que nos bombardea incansablemente y sin ninguna piedad, a los ingenuos e indefensos consumidores, que nos vemos, día a día, devorados por ella.

Admitamos, y creo que ya es demasiado admitir, que tal proceso de absorción y deglución por la propaganda pueda ser conveniente (¡jamás necesario!) para promocionar negocios, hacer correr el dinero, promover empleo y todo cuanto queramos añadir... Pero... Y aquí surge el pero inexorable de siempre... Pero que esa propaganda sea VERDADERA, que se arrope, exclusivamente, con el manto de la honestidad y no con las desvergonzadas galas de la MENTIRA.

Vale que nos achicharren con veinte o treinta marcas de televisores, electrodomésticos de toda clase y de todas las series y colores y líneas, productos de limpieza, detergentes y mil anuncios más. Pero (vuelve el pero) que no nos coman el coco con flagrantes falsedades y con asertos que son tan inexactos e imposibles como un reloj de sol en los polos. Si de verdad, de verdad, ZYX, HIJK, o cualquier otro producto, lava tan milagrosamente que arranca todas las suciedades y borra toda huella de mancha, que lo prueben y demuestren ante un tribunal de justicia (incluido el testimonio de un jurado de casa) y, si no es así, que les impongan un multazo tal que les quite las ganas de seguir mintiendo.

Nos dicen, ¡pobres!, que nos lo venden perdiendo dinero, que se arruinan por complacemos, etc. Pero ni duros a cuatro pesetas (porque serán falsos) ni magia potagia ni embustes de tomo y lomo como los que se propalan, descaradamente, en los anuncios o (como pomposamente comunica el presentador de turno en alguno de esos programas televisivos que sufrimos) en los «consejos publicitarios» que generosamente se nos brindan.

Ya sé que el hombre, en cuanto pierde su individualidad de persona única e irrepetible (lo que le concede toda su altísima dignidad y su valor supremo) y se convierte en masa, peca de gregario y «facílón». Pero tampoco hemos de ser tan tontos, tan tontos, que siempre nos hallemos a punto de caemos del guindo, que el sentido común y el discernimiento nos ha sido concedido para algo. Y la cabeza ha de servir para algo más que para peinarse o quedarse calvo.

Como yo decía siempre a mis alumnos, cuando aún no me habían jubilado sin yo quererlo ni pedirlo, al contrario, «tontos, pero no tanto».





 

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