Página anterior. Volver Portada gral. Staff Números anteriores Índice total 2005 ¿Qué es Arena y Cal? Suscripción Enlaces
La garza andaba perdida.

La vi dando saltos nerviosos por el cemento que separaba los rizos blancos de las olas, del verde violento de los arrozales en su camino impasible hacia los granos.

No me miró, pero supe enseguida que se quebrarían sus patas de alambre en el territorio frío y desolado que las golondrinas sobrevolaban en negro.

Olía a mar y a agua de tierra, a gorriones buscando cobijos inciertos en los muros bañados de salitre y a gusanos recolectando las raíces de la sábana húmeda, moteada de blancas incrustaciones de algodón moviente. El sol hacía guiños entre nubes desconfiadas, en un tránsito inmaduro hacia un verano precoz que amenazaba sed de silencios y sangres.

Quise orientarla: le señalé el camino de los gusanos al otro lado del asfalto, del agua anegada en verde y de la tierra preparada para el hambre, pero una granada en tiempos de odio hizo añicos mi voz suave, que naufragó ante el ruido de máquinas solemnes engrasadas para la guerra.

Guerras de sombreros y ponchos contra corbatas y prebendas, de hambres que se rebelan desde el metal de los fondos de las sierras y desde el vacío de la concepción tribal de la mina y la revancha de la Historia. Miedos que se hacen rojos y violetas, coros y cifras para el disfrute -compungido o expectante- de los mercaderes de tesoros y de los prestidigitadores del pueblo afligido.

Luchas de poderes desde la palabra, que quiere ser sueño y alternativa, belleza y camino; o desde la libertad camuflada de agravios, que no quiere, jamás, desmenuzar los sentimientos heridos, ni desorientar el grito, que se hizo dardo en un silencio pastoso y cómplice para ocultar mansedumbres y caricias que sólo eran meandros de paja y cieno, revanchas, también, disfrazadas de letras y abandonos.

La garza estaba perdida.

Me miraba ahora con la desconfianza de las mareas ocultas y de los bancos de anchoas agazapadas intermitentemente, a impulsos eléctricos, a ras de los arenales del fondo de las corrientes del océano.

Intenté atraer a los delfines risueños para que acariciaran sus alas partidas: pero sólo tuvo tiempo de mover su cuello flexible antes de que se rompieran del todo sus patas de alambre en el asfalto que separaba el verde agotado del mar, del verde contenido y prometeico de los arrozales.





 

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