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Se puede escribir una lista de veinte razones para tener hijos y otras veinte para no tenerlos; las cuarenta suficientemente válidas, pero noto con pesar cómo hace más carrera una que otra y quiero compensar la balanza aportando la mirada de estos ojos que tiñen al mirar.

Espero no andar con rodeos, pues el tema no es un charco. Me refiero al tema de la paternidad, tan de moda ahora en los meses elegidos por el comercio para asignar fechas especiales al calendario de compras. Lo que es la publicidad: "el día de la madre", "el día del padre"; reduciendo solamente a 365 los temas por los cuales celebrar.

El asunto ese de asumir la paternidad preocupa a padres y a hijos, aunque afecta más a éstos últimos, sobre todo si a la madre se le prometió tanto y al hijo no se le dará ni el apellido. Mi abuelo, tan sabio, decía: "a quien Dios no le dio hijos, el diablo le da sobrinos" y hacía la salvedad de lo sucedido con el cura Ambrosio, de Sopetrán, a quienes sus sobrinos le llamaban "padre" y sus hijos le llamaban tío. Cada uno es dueño de su miedo pero el dilema de las parejas de ahora está coartado por la información sesgada de los medios que ostentan el poder y la comunicación. Yo también (tan bien) pensé y medité la idea. Desde la adolescencia, cuando me quedaba mirando a las parejas paseándose con el retoño y a mí me preocupaba el futuro. En vez de preocuparme en ese momento por el presente, que ahora es pasado. Me imaginaba con mi pareja, nuestro hijo revoloteando como un colibrí en el abrevadero. Cebadero le llaman hoy, el abuelo me decía que cebadas son las fieras más temibles, las que probaron carne humana; como los antiguos caníbales africanos y los actuales polítiqueros americanos. Ya nada las sacia.

Decía que el tema lo reflexioné mirando a las parejas y a la felicidad que surgía cuando tomaban a sus hijos entre los brazos para alzarlos y entonces mis deseos también levantaban vuelo hacia el cielo azul, que ni es cielo ni es azul, según me explicó el abuelo. Y pensaba si la alegría radicaba, como dicen, en escribir un hijo, plantar un libro y tener un árbol.

El libro, en esa época, creí que lo plantaba como semilla: tenía cantidad de cartas, cuentos y poesías. Pero el libro estaba en grano y ahora, después de dos años de publicado, me vengo a enterar que fue grano de arena. El árbol ya no lo tengo y fue uno que sembré en el patio de una casa en Medellín, lo vi crecer como las deudas hipotecarias. Ahora tampoco tengo hipotecas, ni árbol. De aquella catástrofe sólo quedan las deudas. Así las cosas, al no tener ya mi árbol y tras la siembra del libro marchito, sólo me queda aquello de escribir un hijo. Escribirlo sí, pero con buena letra; espero no estar condenado al fracaso.

El hecho de la paternidad me inquietaba desde que me enteré que ese sano ejercicio amatorio-cardiovascular podría traer consecuencias con tetero. La decisión surgió y maduró desde el pensar, el sentir y el querer. Quería explorar esa fuerza que da la vida, la que compartimos con los vegetales. Claro que no fue fácil. ¿Cada cuánto creen que se puede convocar imaginación, inspiración e intuición en un solo instante? Cerca de trece años de convivencia con mi Gloria, ¡trece!, y por fin decidimos embarcarnos en la aventura de ser padres, ya no es tiempo de preguntar porque sufro de triscaidecafobia. No es tan malo como supondrán, pues con esa velocidad para tomar decisiones por lo menos ya me encuentro preparado para que el querido poeta Jaime Jaramillo Escobar me diga, dentro de varios años, algún día, cuando lo llame emocionado para contarle que por fin entendí lo que dijo en el taller de poesía; lo precoz que ahora sueño llegar a ser.

Luego de tomada la decisión, de eso hace un poco más de ocho años, vinieron los preparativos. Sin demora pusimos un poco de voluntad en el hacer y luego de consultar el calendario nos dimos cuenta de que estaba listo el bebé. Cuando estás embarazado (no sólo ella lo está, créanme) las situación no te resulta tan embarazosa. El día del parto, partes, es decir: vuelas. El milagro se te aparece en una de sus acepciones: hijo o hija. Y entonces levitas exacto en el momento en que cargas al angelito. Después con el ejercicio de tu papel viene lo mejor: pierdes un poco de vanidad, que es como no perder nada o ganar mucho. Te olvidas de ti. Como ven, si reparamos en mi ansia de figuración, lo único que me salvaría de mí era un hijo. A partir de allí perdí nombre e identidad, empecé a ser el papá de Julieta. De ese paraíso no podrán expulsarme. Como valor agregado empecé a disponer de otro sentido, aparte de los seis básicos: el de la paternidad. En mi caso los seis básicos no serían los cinco sentidos y el sentido común, sino los básicos y el sentido de la orientación.

Llevo siete años ejerciendo de papá. ¿Saben que averigüé? que un hijo es una emoción transformada por el alma, una sensación que encierra un misterio, una revelación de algo eterno que se nos hace, una convulsión sísmica surgida de aquella vez que oramos en otro cuerpo. Julieta me enseñó eso que digo y mucho más. Quizás las parejas de ahora son pesimistas o están mejor informadas. Vaya yo a saberlo, sólo quería brindarles esta mirada unilateral, pero orientadora. Para que, desde otra perspectiva, vean las ventajas y reconsideren el tema, en sus casas, en ese lugar donde ahora reina una ausencia.  







 

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