Página anterior. Volver Portada gral. Staff Números anteriores Índice total 2005 ¿Qué es Arena y Cal? Suscripción Enlaces

Amaba tanto esa ciudad la paloma que vino de muy lejos, la amaba tanto que decidió quedarse para siempre y para siempre vivir en ella.

En la plaza mayor, epicentro de la vida de la urbe, cerca del campanil esbelto de la torre del reloj, ojo vigilante y multifacético, aprendió a refugiarse y acomodó allí su vida permanente.

Volaba por la plaza durante las mañanas de sol esplendoroso. Ese sol mediterráneo, inconfundible y triunfal como emblema y testimonio de una ciudad enamorada del mar y de la luz.

Volaba por la plaza, en las tardes doradas por la puesta de ese mismo sol que la embriagaba, rasando los terrados, llenos de antenas de televisión. Y se recogía, mansamente, con un dulce planear de sus tendidas alas en renovada demostración de pacífico sosiego. Había terminado su jornada y acuciaba el descanso de la noche. Esa noche forrada de terciopelo azul oscuro en un cielo que soñaba con la luna que había de volver.

Y así un mes y otro mes, en sucesión de días. Porque nada alteraba el pulso de su vivir cotidiano. Durante el día, de mañana o de tarde, como en las horas tempraneras de la noche, ni el bullicio agresivo de los coches; ni las voces y gritos; ni el ir y venir continuo de las gentes; ni tan siquiera el traqueteo y estruendo de los grandes autobuses rojos de la Empresa Municipal de Transportes, que afluían con ritmo ininterrumpido a la plaza mayor, frente al Ayuntamiento, lograron molestarla ni alterar sus costumbres diarias.

Pero pasaron unos pocos meses más y advino el largo desfile de explosivos festejos de la ciudad. Y advino, también, la apoteosis final de una noche mágica que cerraba esos mismos festejos.

La paloma, dormida profundamente, reposaba en el cálido y oculto refugio de su campanil. Un estampido horrísono, preludio de una inmediata sucesión de truenos, silbidos penetrantes (como un rasgar de compactas sedas) y fuegos desatados en una catarata de todos los colores irrumpió, de modo repentino y no esperado, en el cielo de la plaza mayor y calles aledañas.

La paloma (esta vez, sí) se despertó despavorida y despavorida emprendió un alocado vuelo intentando huir del cataclismo levantado. Voló y voló sin rumbo ni destino, con zigzags desatinados que a ningún lugar determinado la conducían. Ella sólo quería huir, huir, huir... y salvarse de ese terremoto estremecedor.

En su revoloteo desordenado, tendió las alas con frenética furia, con un renovado empeño, y se elevó hacia el cielo con tan mala fortuna que chocó de lleno contra una de esas antenas de televisión en un seco impacto.

Instantáneamente perdió la vida la paloma. quedó destrozada en los ladrillos de rústico barro imitado que solaban la lujosa azotea de una de las fincas más altas de la plaza. Su amor por la ciudad llegó hasta el sacrificio final, cuando las chispas de bengalas y carcasas fueron descendiendo, como un saludo fraternal y festivo, sobre su blanquísimo cuerpo trenzado y yacente bajo un cielo enfebrecido.





 

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