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Podríamos considerar como estilo "la preocupación en torno a las calidades y particularidades formales de la expresión literaria", según el Diccionario de Literatura española, Revista de Occidente, 1972. La definición no puede ser más sencilla. Pero esta simplicidad encierra todo un drama, y quizás una tragedia, para muchos poetas y escritores desde que el romanticismo, entrados en los años treinta del siglo XIX, concretamente en España, proclama la libertad del artista arrancando para ello de la propia subjetividad, o sea, de un "me da la real gana" para configurar las ideas, en cualquiera de las actividades artísticas, como el instinto creador le dicte a cada uno. Por este camino llegamos a las vanguardias, que son la máxima manifestación del espíritu en cuanto a búsqueda creadora.

Los escritores y poetas europeos tuvieron hasta el siglo XVIII -el neoclasicismo- una orientación gustosa para su imitación: los clásicos griegos y latinos. El concepto de "mímesis" o imitación ya viene desde Aristóteles y Horacio. Se intensificó en el Renacimiento y su influencia propició obras espléndidas que todavía nos deleitan: La Celestina, la obra de Garcilaso y las de los autores de los llamados "siglos de oro". La invocación de los clásicos era, por tanto, fórmula obligada, como una especie de exorcismo respetuoso y jubiloso para crear. Repito que no había entonces creación, sino imitación. Y ello se concebía con orgullo por parte de los imitadores.

Que no se asuste el lector por esta introducción necesaria. Así pues, teniendo en cuenta esos antecedentes, ahora podemos comprender mejor el meollo del artículo: la ambición desmedida y desafortunada de muchísimos autores de hoy, empecinados en olvidar o ignorar los principios literarios de la preceptiva a la hora de escribir. Ellos van de "genios". Esperan de su musa, truculenta e insaciable, escribir algo nuevo, algo que sorprenda, que dé que hablar, que escandalice si es necesario. No es el amor a la literatura lo que le impulsa, sino la vanidad individualista, hacer que su nombre suene sea como sea. Estos candidatos a la genialidad no leen los contenidos de las obras, no les importa la humanidad o la profundidad del otro, sino a ver si dice algo espectacular para estimularse con ello. Incluso puede robarle el recurso estilístico y transformarlo como propio en su desesperada alquimia verbal.

Distinto, por supuesto, a estos "eruditos a la violeta", como los llamaría Moratín, son los que han sido capaces de renovar a los grandes clásicos y añadir rasgos personales dentro de un compromiso con la tradición literaria. Ya en el artículo anterior los nombrábamos cuales ejemplos a seguir.

Por mi parte, siempre he sentido respeto de esos escritores y poetas de provincia preocupados por las cosas de su tierra y enamorados de sus tradiciones y que sin carrera reconocida, han leído con devoción a los clásicos y han realizado su modesta obra en periódicos, revistas, libritos acaso, de una manera digna y, a la postre, discretamente admirable. Al contrario de los pretensiosos genialoides, que no aman lo que escriben, ellos, dentro de su sencillez, escriben atentos al contenido y con una fidelidad decente a las normas, deudores del pasado, sí, pero con ánimo, a veces, de remozar el lenguaje, aunque siempre opuesto a la expresión rebuscada, al disparate y al versolibrismo desmañado con aires de rabiosa modernidad del vate que se esfuerza inútilmente en ser innovador. 






 

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