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Estábamos un viernes pelando huevos cocidos para una ensalada, cuando se nos acerca Sarah y, con esa eterna disposición que tanto nos agrada, nos pidió que la dejásemos ayudar.

sarah_foto1Todo fue de maravillas con el primer huevo, y el segundo, pero el último era inusualmente grande. Sarah acababa de ver una película acerca de un huevo de dinosaurio que viaja medio mundo prehistórico, atravesando vicisitudes innombrables, para ser "adoptado" por un grupo de primates... Su rostro se iluminó al ver al único ocupante de la fuente.

- ¡Lo encontré! ¡Lo encontré! - gritó abrazando el huevo y corriendo para el cuarto, con nosotros detrás.

No hubo forma de quitarle la postura, insistía en que lo iba a cuidar mucho, a empollar con amor y "ya verán que dentro de poco nace un bebé dinosaurio hermosísimo".

Pensamos que se le pasaría con algún otro entretenimiento... nos equivocamos. Tras probar con videos, juguetes, golosinas, intentos de chantaje, "dejarla tocar la computadora de mamá", leerle cuentos, vimos que no había solución momentánea, para todos lados iba con su huevo entre las manos.

El hermano propuso botarlo de noche, cuando quedara dormida. Yo tuve la precaución de dejarlo en un plato, lejos de su vista, por si acaso. No más despertar preguntó por su hijo adoptivo y volvió a las andadas.

Así transcurrieron el sábado y el domingo.

El lunes, antes de llevarla a la escuela, logré convencerla de que lo mejor era que me dejara al futuro nieto, porque sus amiguitas, sin querer, podrían estropeárselo y sería muy doloroso que, tras tantos mimos, el bebé no llegara a nacer.

No más dejarla en la puerta del colegio, eché mano a mis ahorros y salí a buscar una solución. En una juguetería no muy cercana y no muy barata, mirándome con rostro de huérfano, estaba un dinosaurio color de rosa con una crestica negra, perteneciente a una especie indefinida.

Cuando llegó mi hacedora de portentos, preguntando por su huevo, que felizmente yacía en la basura, envuelto en varios papeles para no ser reconocido, la estaba esperando su peluche rosa, que desde esa noche desplazó al coyote al lado de su almohada.

Bendita infancia... ¡quién nos hiciera creer así en los milagros!




(Curriculum y Datos de la autora)



 

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