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Casi todos estamos de regreso.

Y no digo casi todos acordándome de esos que disfrutan sus vacaciones en septiembre, o en cualquier otra época distinta al mes de agosto; me refiero a los cientos que perdieron su vida en las carreteras, a causa de tornados e inundaciones, o abrasados en incendios asesinamente provocados. Para ellos, ahora, a nuestro regreso, y siempre, tendremos un recuerdo.

El verano ha traído otras sorpresas. Para mí, por ejemplo, ha sido una sorpresa enterarme de que soy de derechas, no por mi actitud política en la vida, no; no por mis creencias sociales, no; no por mis hipotéticas discrepancias con el partido gobernante, no; no por como veo lo que debería ser una política macroeconómica, no; no por como pienso debe ser la atención social, escolar, sanitaria, no; no por haberme abstenido, pongo por caso y a título de ejemplo, de participar, manteniéndome al margen, en las reyertas estudiantiles durante mi juventud universitaria, no; no por no echarme a la calle con pancartas y escribiendo en mi teléfono móvil aquello de… pásalo, no; no por no apedrear sedes del P.P. ni llamar asesino a su máximo responsable, no...

Soy de derechas, lo dice el Presidente, porque fumo y bebo.

Queridos amigos, queridísimo Presidente del Gobierno de lo que aún es España, yo creía que por fumar me llamarían vicioso y borracho por beber, aunque, fumar, fumar, fumo un paquetito al día y quisiera dejarlo ya desde antes de saber que eso me convertiría en un izquierdoso de pro. Y beber, les confieso que además de una cañita de cerveza al medio día, me tomo un güisqui con hielo y un chorrito corto de agua en casa y cómodamente sentado mientras leo un libro y oigo, sin escuchar, una música suave y relajante.

De todas formas, y ya colgado en mi espalda el cartel de derechoso, me consuela pensar que no se me tacha de fascista extremo gracias a ese inocente y corto chorrito de agua que añado al güisqui. De otra forma, si lo bebiese seco y de un trago, como lo hacía John Wayne en muchas películas del oeste americano, Jesús Caldera o Alfredo Pérez Rubalcaba me citarían como el peor de los ejemplos en todas y cada una de sus comparecencias y me harían culpable de los atascos cuando nieva, de los incendios cuando mueren voluntarios, de los ahogados en las inundaciones anuales del Maresme, allá por Cataluña, de los atropellos y de que los gays no se casen -después del pollo que montaron con su jodida ley-. Y no siendo de la izquierda más pura, jamás podré participar en las próximas celebraciones socialistas cuando lo que se celebre sea la desaparición del Estado Español, como tal, y la partición de su territorio para entregarlo a trozos y en bandeja teñida con la sangre de inocentes, en las manos de todos aquellos cuyos calificativos hoy me callo.



 



 

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