Página anterior. Volver Portada gral. Staff Números anteriores Índice total 2005 ¿Qué es Arena y Cal? Suscripción Enlaces
Se han acallado las hojas que predecían el canto de las buganvilias en los muros heridos de la casa. El negro ha revelado su tersura amarga arribando al amarillo en los márgenes de los senderos de piedra y arcilla. No hay más música que el sonido agónico de las campanas tocando a olvido, ni voces que susurren confidencias al otro lado de los pastos, ahora secos, porque la lluvia ha traicionado el despertar de las flores y el sueño de las culebras.

(Un hombre -boceto de pájaro y delfín- mira al infinito. No sabe para qué sirven los anzuelos, por qué el aire se ha vuelto turbio, por dónde se han escapado las sirenas que ya ni siquiera rizan mareas y noches. Está solo, observando cómo las nubes pasan, húmedas, imprecisas y sin voces. No habla...)

En las noches el silencio se hace confidencia de angustias y esperas, luz opaca para los ojos abiertos del hambre, tambor que retumba sortilegios imposibles para desperezar el ocaso. Los murciélagos escudriñan -en inverso- el corazón de las algas y las risas de las hienas. Hay una gota de sangre que se encarama en la cortina del dormitorio, y va cayendo lenta, quejumbrosa y triste, hasta el suelo. El viento no se lamenta ni padece: está tan insomne que espesa el corazón de los duendes perdidos.

El hombre -bosquejo ahora de colibrí y ancla- no sabe llorar, pero siente que le rezuman primaveras antiguas por los hombros. Y le pesan, le pesan tanto que se le rompen las plantas de los pies llagadas de hastíos.

Busca una palabra que sirva de amuleto para aplacar la hoguera.
Busca una música para amansar la herida.
Busca un hueco en la frente.
Busca un suspiro.
Busca... y no encuentra nada: todo estaba ya embalado para la mudanza.

El hombre se ha vuelto negro, con ribetes de marrón y violeta.





 

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