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El problema de la inmigración y las causas que lo originan -que en estos últimos tiempos se nos está mostrando algo más crudamente con los asaltos masivos a las fronteras de Ceuta y Melilla-, apenas necesita de unas líneas para explicarlo o definirlo en toda su magnitud: "Aquí dentro, en este latifundio o chalet llamado Europa, hay de todo en abundancia y se vive de puta madre -que diría un castizo-; ahí afuera, tras esas vallas o muros que la delimitan, no hay de nada excepto mucha hambre y miserias."

Así las cosas, lógico es que los desharrapados y hambrientos individuos que viven -o sobreviven- en la parte de afuera del recinto -también seres humanos- traten de cruzarlo como sea, de atravesar sus puertas y dejar atrás para siempre la impiedad del hambre, las miserias y la muerte.

Pero..., ¿qué ocurre? ¿Estamos dispuestos a dejarlos pasar, a dejar que entren en nuestro territorio, en nuestras casas, y nos quiten parte de nuestra comida, de nuestro bienestar, de nuestras comodidades?

No. De ninguna forma... Sin duda, para muchos es un terrible problema de conciencia, pero..., seamos sinceros: en cuanto se nos dijera que tenemos que ceder el chalet de la costa, la casita del campo, o dos de las siete habitaciones y el garaje del adosado en que vivimos para que lo ocupen dos familias de negros con nueve negritos, y que para nuestro puesto de trabajo en la fábrica hay siete nuevos aspirantes más jóvenes que trabajan por la mitad, y que los aumentos en los gastos sociales obliga a pagar más impuestos, y que el desfase en la nueva economía...

Para, para, leches... Ya vale...

Queda claro que la solución para este grave problema (que seguirá en aumento día por día) no la tenemos nosotros los simples currantes, los ciudadanos de a pie. La posible solución pasa por que las actividades, los resultados de caja y los dividendos de multinacionales, magnates de las finanzas y demás reyezuelos de los emporios financieros sean controlados, o, mejor dicho, pasen a ser controlados -de una vez-, por unos gobiernos serios, competentes e independientes respecto a ellos, que sean capaces de imponer un reparto más equitativo de bienes y riquezas y, haciéndose eco de la voluntad y los sentimientos de la inmensa mayoría de los que vivimos en la parte de dentro de la valla, impedir que esos pocos se sigan llevando la parte del león dejando para la mayoría unas simples migajas.

Cuando consigamos despojar del bastón y la espada al poderoso caballero, cuando consigamos erradicar toda corrupción e ineptitud de la política y el poder, cuando consigamos imposibilitar los paraísos fiscales, el trapicheo de fondos y la existencia de cuentas secretas, cuando consigamos desterrar la explotación generalizada y el uso de mano de obra barata, cuando consigamos acabar con la esclavitud (actualmente hay en el mundo unos 30 millones de esclavos), cuando consigamos acabar con la explotación infantil (actualmente, 300 millones de niños son obligados a trabajar en todo el mundo. Sorpréndase: sólo en los EE.UU., hay más de veinte millones), cuando consigamos alzar la vista y no sentir vergüenza de nosotros mismos, entonces...

Sincera y humildemente, pienso que no habrá entonces... Aunque como consuelo último, para que no quede todo en una simple y bella utopía, quizás convendría recordar el espíritu y la filosofía de aquel 14 de Julio de 1789 en la capital de la nación hermana allende los Pirineos. Quizás esas campanas que suenan en las fronteras no son sino el preludio de que ya convendría ir pensando en recortarle las alas y las garras a tantísimo hijodeputa que anda por el mundo pisando pescuezos y chupando la sangre a los que nada tienen. Quizás convendría no seguir tan callados como una puta, tan apesebrados en nuestras míseras opulencias, y pegar dos sonoros puñetazos sobre la mesa. Quizás, así, tendríamos la fórmula para repartir semillas y zoletas, o anzuelos y cañas de pescar, a nuestro vecinos de África. Quizás, así, podríamos mirarnos a los ojos en el espejo y no sentir esta terrible vergüenza.

Quizás... Es un pequeño consuelo al que, ojalá, nunca hayamos de recurrir, pero..., ¿qué quiere que le diga? Hoy por hoy, cuando ya la edad no me deja lugar a las utopías, lo único que me viene a la memoria es la frase de Rick: "Siempre nos quedará París."





 

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