Página anterior. Volver Portada gral. Staff Números anteriores Índice total 2005 ¿Qué es Arena y Cal? Suscripción Enlaces
Como había prometido al director de esta Revista convertir en costumbre y sección fija estas divagaciones, repito nuevamente y lo hago, otra vez también, acogiéndome a las palabras de mi buen amigo Alfonso Estudillo, a propósito de releer una editorial (nº 26), dedicado al excelente escritor Fernando Quiñones. 

Que no se extrañe ninguno del aparente y poco aprecio del ingenio gaditano en su propia patria chica porque, una vez más, se cumple la vieja sentencia que afirma que «Nadie es profeta en su tierra». O, por lo menos, y para suavizarlo, me atrevería a rebajarlo a un CASI NADIE.

Es condición humana una dualidad absurda que ya, desde los eruditos del siglo XVIII, se viene denunciando, aunque la advertencia cae en saco roto. Y esto que voy a exponer, tiene toda su validez y fuerza cuando al viejo solar hispano hacemos referencia. O afirmamos con toda vehemencia, llevados por el deseo y no por la razón, que lo de los demás no vale nada y que lo único bueno e interesante es lo de España o, en una ridícula posición, tan «snob» como incongruente, aseveramos que lo bueno hay que buscarlo fuera y de fuera nos viene porque en España nada vale nada. 

Posturas injustas e incompletas ambas. Porque en todas partes, y no vamos a ser nosotros la excepción, hay cosas buenas y malas; hay aciertos y fallos, como corresponde, repito, a la condición humana. Con todo, sí que es cierto que al que trabaja en la sombra, día a día, como denuncia Alfonso Estudillo y yo comparto, se le deja un tanto de lado. Añadiría, siguiendo en la misma línea, que en la sombra se queda. Hay que ser algo trepa, zascandilear y procurar estar en medio de todo y aparecer en todas las fotos (es decir, eso que se llama hoy «chupar cámara», porque si no, amigo, estás perdido y ninguno te hace caso. 

Y es que no quieren darse cuenta de la honradez y sinceridad del que, sin ninguna alharaca, como hormiga laboriosa, trabaja para sí y en silencio y luego da el fruto de su esfuerzo a todos los demás para su goce, recreo y enseñanza. Y añado y anticipo que sobre esto último hay mucho que decir, aunque, de momento, prefiero dejarlo en espera de mi próximo articulo, para no extenderme excesivamente en éste y porque quiero, imperiosamente, expresar mi punto de vista, que considero y espero y deseo que lo compartan muchos conmigo. Pero volvamos a lo nuestro y con lo que íbamos. Ya dije que convienen los «padrinazgos» para hacer carrera. Aunque mi leído y admirado Fernando Quiñones no lo necesitara, ni creo que llegue a necesitarlo para los buenos paladares.








 

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