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Opinaba en mi último artículo en esta revista "Suenan campanas", (octubre 2005) sobre los problemas de la inmigración y sus causas. Y, tras exponer mi convencimiento de la inexistencia -por incapacidad y desinterés de quienes nos rigen- de soluciones factibles, apuntaba algunas utópicas posibilidades que -triste presagio- terminaban contemplando algo que bien podría llegar a ocurrir (está en la mente de todos) y que tiene mucho que ver con la filosofía que movió al pueblo francés en los primeros años de la Revolución.

A los asaltos a las vallas en Ceuta y Melilla -punto de partida del anterior artículo- les han continuado los disturbios y quema de coches, escuelas y enseres en determinados barrios de París, Toulouse, Lille, etc. Como en una traca de feria, casi todas las ciudades importantes de Francia -a las que ya se le suman otras de Alemania y Bélgica- van explotando en estos días de noviembre de 2005 y sumándose a una insurrección sin precedente en nuestra Europa postmoderna. Y digo "insurrección" porque así han de verlo las autoridades cuando han ordenado el toque de queda en muchas de dichas ciudades.

Pero... ¿Realmente estamos en los inicios de una nueva toma de la Bastilla? ¿Son estos los prolegómenos del alzamiento de las masas ante la opresión de los que rigen el sistema social? ¿Inician los franceses -actualmente en su V República, constituida en octubre de 1958- un nuevo alzamiento que nos lleve a un nuevo modelo social?

Sinceramente, y aunque a los dirigentes debiera servirles para reflexionar y pensar en otros -quizás no muy lejanos- posibles propósitos, creo que esta pseudo-rebelión nada tiene que ver con el espíritu de la Revolución que llevara a los franceses a ser modelo de democracia en todo Occidente. El pueblo, cuando se alza contra quienes explotan sus derechos, no quema sus propios coches ni sus casas ni sus escuelas, no muestra sus fuerzas ni sus rabias agrediéndose a sí mismo. 

Sabemos que los protagonistas de las revueltas -en Francia- son ciudadanos franceses, nacidos en las tierras de la libertad, bajo la benévola y siempre acogedora bandera tricolor del gran imperio galo y amamantados y crecidos a los sones de La Marsellesa. Pero estos ciudadanos, hijos y nietos de inmigrantes de origen, principalmente, magrebí -marroquíes, argelinos, etc.-, llegados en los años 50 y 60 y de la gran reunificación familiar promovida por Giscard d'Estaing en los 70, aunque ostenten nacionalidad gala y pasaporte francés, llevan en su interior otra bandera, otra religión, otra cultura. No podemos dudar de que una parte ha conseguido integrarse en la sociedad de acogida, pero son los menos. Una gran mayoría sigue fiel a las raíces que les han sido trasmitidas por sus padres y abuelos, siguen fieles a su religión, al Islam, a su cultura árabe y a sus desfasados principios de ver al demonio y el pecado en todos y cada uno de los que integramos el mundo Occidental.

Habrán de pasar muchos años antes de que un cristiano y un islamita, un católico y un mahometano, seamos capaces de valorar en su justa medida la cruel realidad que nos impone estas cadenas que arrastramos desde que el de arriba hizo el mundo; han de pasar muchas generaciones antes de que un árabe y un europeo, apartando a un lado esas siniestras sombras del absurdo, seamos capaces de darnos la mano y luchar codo con codo por un destino común.

Lo jodido del caso es que todavía ayer por la mañana, españoles, franceses, británicos, germanos..., andábamos escribiendo capítulos de esta historia con títulos como el de "Las Cruzadas"...





 

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