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S. XIX-XX. SEGUNDA PARTE




En la pasada entrega introducíamos algunos aspectos que desarrollaríamos en próximos números. A continuación, pues, iniciamos los temas que ya señalamos con textos de distintos autores que ejemplificarán con sus palabras lo que queremos destacar.

SUICIDIO

La incapacidad de hacer frente a la vida, el miedo, la angustia, los problemas terrenales, la soledad, las frustraciones, los problemas económicos han conducido a distintos personajes literarios (y también reales) a optar por el suicidio como fin de cualquier mal.

En el Romanticismo es casi obligado que aparezca algún suicidio, ya sea causado por el destino fatal, por alguna desgracia personal, por la pérdida de ideales o por amor.

Manuel José Quintana, en "La fuente de la mora encantada", echa mano de la leyenda para hablarnos de esa pérfida mujer (la mujer diablo) que incitaba a quienes se acercaban a ella, en busca del misterio, de la magia, de la soledad:

"Ven; serás aquí conmigo.
Mi esposo, mi bien, mi amante;
ven..., y los brazos tendía
como queriendo abrazarle.
A este ademán, no pudiendo 
ya el infeliz refrenarse,
en sed de amor abrasado,
se arrojó al pérfido estanque.
En remolinos las ondas
se alzan, la víctima cae,
y el ¡ay! Que exhaló allá dentro
Le oyó con horror el valle".

El duque de Rivas, don Ángel de Saavedra, en "Don Álvaro o la fuerza del sino", nos ofrece una muestra acabada de los elementos típicos del Romanticismo. El fragmento que copiamos es cuando don Álvaro lucha contra don Alonso, por culpa de una serie de casualidades del destino y amenaza con matar y matarse después, como fin lógico a su vida llena de infortunios:

"Baste.
¡Muerte y exterminio! ¡Muerte
para los dos! Yo matarme
sabré, en teniendo el consuelo
de beber tu inicua sangre".

O el final desgraciado de esta obra prototípica del Romanticismo, ejemplo de lo que se esperaba de un héroe romántico, marcado por un destino aciago. Los terribles acontecimientos que ha vivido don Álvaro a causa de su sino le obligan a precipitarse desde una roca y a acabar así con su vida:

"¡Infierno, abre tu boca y trágame! ¡Húndase el cielo, perezca la raza humana; exterminio, destrucción!... (Sube a lo más alto del monte y se tira).

Antonio García Gutiérrez, en "El Trovador", hace que Leonor, enamorada del trovador Manrique, se suicide cuando el conde de Luna condena a muerte a su amado. Lo hace tomando veneno:

LEONOR
"¡Si vieras cuál se estremece
mi corazón! ¿Por qué, di,
obstinarte? Hazlo por mí,
por lo que tu amor padece.
Sí, este momento quizá...,
¿no ves cuál tiemblo?, quisiera
ocultarlo si pudiera,
pero no, no es tiempo ya.
Bien sé que voy tu aflicción 
a aumentar, pero ya es hora
de que sepas cuál te adora
la que acusas sin razón.
Aborréceme, es mi suerte;
maldíceme si te agrada,
mas toca mi frente helada
con el hielo de la muerte.
Tócala, y si hay en tu seno
un resto de compasión,
alivia mi corazón,
que abrasa un voraz veneno..." (...)
Manrique, aquí,
aquí me siento abrasar,
¡Ay!, ¡ay!, quisiera llorar,
y no hay lágrimas en mí. 
¡Ay juventud malograda,
por tiranos perseguida!
¡Perder tan pronto una vida
para amarte consagrada!".

En el Realismo se echa mano del suicidio en casos muy puntuales y extremos y sólo cuando las presiones externas son muchas.

Benito Pérez Galdós, en "Miau", hace que el desgraciado Don Ramón de Villaamil se suicide pegándose un tiro. Pero ya no es el suicidio romántico, causado por amor o por misterios del destino, sino que es un suicidio práctico, causado por la vida diaria, por los problemas económicos, por su mujer y sus hijas:

"Por fin se detuvo en el corte de un terraplén reciente, en cuyo movedizo talud no se podía aventurar nadie sin hundirse hasta la rodilla, amén del peligro de rodar al fondo invisible. Al detenerse, asaltóle una idea desconsoladora, fruto de aquella costumbre de ponerse en lo peor y hacer cálculos pesimistas: "Ahora que veo cercano el término de mi esclavitud y mi entrada en la Gloria Eterna, la maldita suerte me va a jugar otra mala pasada. Va a resultar (sacando el arma) que este condenado instrumento falla... y que quedo vivo o a medio morir, que es lo peor que puede pasarme, porque me recogerán y me llevarán otra vez con las condenadas Miaus... ¡Qué desgraciado soy! Y sucederá lo que temo... como si lo viera... Basta que yo desee una cosa, para que suceda la contraria... ¿Quiero suprimirme? Pues la perra suerte lo arreglará de modo que siga viviendo".

Pero el procedimiento lógico que tan buenos resultados le diera en su vida, el sistema aquel de imaginar el reverso del deseo para que el deseo se realizase, le inspiró estos pensamientos: "Me figuraré que voy a errar el jeringado tiro, y como me lo imagine bien, con obstinación sostenida de la mente, el tirito saldrá... ¡Siempre la contraria! Con que a ello... Me imagino que no voy a quedar muerto y que me llevarán a mi casa... ¡Jesús! Otra vez Pura y Milagros, y mi hija, con sus salidas de pie de banco, y aquella miseria, aquel pordioseo constante... y vuelta a pretender, a importunar a los amigos... Como si lo viera: este cochino revólver no sirve para nada. ¿Me engañó aquel armero indecente de la calle de Alcalá?... Probémoslo, a ver..., pero de hecho me quedo vivo...sólo que... por lo que pueda suceder, me encomiendo a Dios y a San Luisito Cadalso, mi adorado santín... y.... nada, nada, este chisme no vale... ¿Apostamos a que falla el tiro? ¡Ay! Antipáticas Miaus, ¡cómo os vais a reír de mí!... Ahora, ahora... ¿a qué no sale?".

Retumbó el disparo en la soledad de aquel abandonado y tenebroso lugar; Villaamil, dando terrible salto, hincó la cabeza en la movediza tierra y rodó seco hacia el abismo, sin que el conocimiento le durase más que el tiempo necesario para decir: "Pues... sí...".

Vicente Blasco Ibáñez, en "Cañas y barro", hace que Tonet, a causa de los remordimientos se pegue un tiro:

"Caída en la proa de la barca estaba la escopeta de Cañamel. Tonet la miró con expresión irónica. ¡Bien reiría el tabernero si le viese! Por primera vez, el parásito engordado a su sombra iba a emplear para una acción buena algo de lo que le había usurpado.

Con tranquilidad de autómata se descalzó un pie, arrojando lejos la alpargata. Montó las dos llaves de la escopeta, y desabrochándose la blusa y la camisa, se inclinó sobre el arma hasta apoyar en el doble cañón su pecho desnudo.

El pie descalzo subió dulcemente a lo largo de la culata buscando los gatillos, y una doble detonación conmovió con tanta fuerza el carrizal que de todos lados salieron revoloteando las aves, locas de miedo".

En el S. XX hay variedad. En principio aparecen los casos existenciales, aunque también se aprecian los causados por no soportar una situación o para liberarse de la carga pesada de la vida o para rebelarse contra lo establecido.

Ramón del Valle-Inclán, en "Sonata de invierno", precipita a una muchacha al suicidio a causa de los amores incestuosos del marqués de Bradomín, el alter ego del autor:

"Como soy muy viejo, he visto morir a todas las mujeres por quienes en otro tiempo suspiré de amor (...). Por guardar eternamente un secreto, que yo temblaba de adivinar, buscó la muerte aquella niña a quien lloraré todos los días de mi vejez. ¡Ya habían blanqueado mis cabellos cuando inspiré amor tan funesto!".

El suicidio no se describe de forma directa, sino que se acude al propio marqués de Bradomín para que nos aporte, no lo que pasó, sino sus propias sensaciones. No olvidemos que Valle-Inclán, en las "Sonatas", escribió una prosa perfecta, al estilo modernista:

"Al remontar un cerro me volví enviando el último suspiro al viejo caserón donde había encontrado el más bello amor de mi vida. En los cristales de una ventana vi temblar el reflejo de muchas luces, y el presentimiento de aquella desgracia que las monjas habían querido ocultar, cruzó por mi alma con un velo sombrío de murciélago. Abandoné las riendas sobre el borrén, y me cubrí los ojos con la mano, para que mis soldados no me viesen llorar. En aquel sombrío estado de dolor, de abatimiento, y de incertidumbre, a la memoria acalenturada volvían con terca insistencia unas palabras pueriles. ¡Es feúcha! ¡Es feúcha!".

Miguel de Unamuno, en "Niebla", hace un ejercicio experimental admirable. No permite la autodestrucción a Augusto Pérez; pero pretende acabar con él, como autor que es. El pobre Augusto Pérez se enfrenta en combate dialéctico con su creador:

"-Bueno, basta no le moteje usted. Y vamos a ver, ¿qué opina usted de mi suicidio?
-Pues opino que como tú no existes más que en mi fantasía, de lo repito, y como no debes ni puedes hacer sino lo que a mí me dé la gana, y como no me da la real gana de que te suicides, no te suicidarás. ¡Lo dicho!
(...)
-¡Bueno, basta! ¡Basta! -exclamé dando un puñetazo en la camilla-. ¡Cállate! ¡No quiero oír más impertinencias! ... ¡Y de una criatura mía! Y como ya me tienes harto y además no sé ya qué hacer de ti, decido ahora mismo no ya que te suicides, sino matarte yo. ¡Vas a morir, pues, pero pronto! ¡Muy pronto!
-¿Cómo? -exclamó Augusto sobresaltado-. ¿Qué me va a usted a dejar a morir, a hacerme morir, a matarme?
-¡Sí, voy a hacer que mueras!
-¡Ah, eso nunca! ¡Nunca! ¡Nunca! -gritó."

Al final muere, de una gran cena, como queriendo comer lo que ya no podrá comer nunca. Unamuno, el autor, recibe la noticia y adopta esta curiosa postura:

"Cuando recibí el telegrama comunicándome la muerte de pobre Augusto y supe luego las circunstancias todas de ella, me quedé pensando en si hice o no hice bien en decirle lo que le dije la tarde en que vino a visitarme y consultar conmigo su propósito de suicidarse. Y hasta me arrepentí de haberlo matado. Llegué a pensar que tenía él razón y que debía haberle dejado salirse con la suya, suicidándose. Y se me ocurrió si le resucitaría".

Pío Baroja, en "El árbol de la ciencia", hace que Andrés Hurtado ingiera aconitina porque no puede soportar ya su vida, porque la angustia vital es más fuerte que él y opta por poner punto y final a la vida que nada ha hecho por él:
"Entraron en el cuarto. Tendido en la cama, muy pálido, con los labios blancos, estaba Andrés.

-¡Está muerto! -exclamó Iturrioz.
Sobre la mesilla de noche se veía una copa y un frasco de aconitina cristalizada de Duquesnel.
Andrés se había envenenado. Sin duda, la rapidez de la intoxicación no le produjo convulsiones ni vómitos.
La muerte había sobrevenido por parálisis inmediata del corazón.
-¡Ha muerto sin dolor! -murmuró Iturrioz-. Este muchacho no tenía fuerza para vivir. Era un epicúreo, un aristócrata, aunque él no lo creía.
-Pero había en él algo de precursor -murmuró el otro médico".

Federico García Lorca, en "La casa de Bernarda Alba", pone a Adela ante esa única solución frente al universo cerrado y oscuro que ha creado su madre. Para Adela el suicidio es una forma de rebelarse ante esa tiranía:

"La Poncia (se lleva las manos al cuello): ¡Nunca tengamos ese fin!
(Las hermanas se echan hacia atrás. La Criada se santigua. Bernarda da un grito y avanza).
Poncia: ¡No entres!
Bernarda: No. ¡Yo no! Pepe, tú irás corriendo vivo por lo oscuro de las alamedas, pero otro día caerás. ¡Descolgarla! ¡Mi hija ha muerto virgen! Llevadla a su cuarto y vestirla como una doncella. ¡Nadie diga nada! Ella ha muerto virgen. Avisad que al amanecer den dos clamores las campanas".

Camilo José Celá, en "La colmena", capítulo V, nos plantea el caso duro y espantoso de un pobre que se suicida porque huele a cebolla, porque, en suma, no puede asumir la realidad de la posguerra y escapa por la muerte:

"La mujer estaba lavando la taza cuando se oyó un berrido infernal, como si a un hombre se le hubieran roto los dos pulmones de repente.
El golpe del cuerpo contra las losetas del patio, la mujer no lo oyó. En vez sintió un dolor en las sienes, un dolor frío y agudo como el de un pinchazo con una aguja muy larga.
-¡Ay!
El grito de la mujer salió por la ventana abierta; nadie le contestó, la cama estaba vacía. Algunos vecinos se asomaron a las ventanas del patio.
-¿Qué pasa?
La mujer no podía hablar. De haber podido hacerlo, hubiera dicho:
-Nada, que olía un poco a cebolla".

Miguel Delibes, en "Mi idolatrado hijo Sisí", nos plantea el caso de un padre, Cecilio Rubes, que no puede soportar el dolor por la muerte de su hijo y se arroja por la ventana, ya que además, se siente culpable y esa angustia no lo deja vivir:

"Cecilio Rubes, ciego de furia, se incorporó. Sólo notaba nervios en su cuerpo y una tensión enloquecedora a flor de piel. Fuera silbaba la sirena monótonamente, en tono menor. Adela le oyó avanzar hacia el balcón con los pies descalzos. "¡Oh, Dios!, ¿qué querrá hacer ahora?" Escuchó los ruiditos nerviosos que emitían sus labios y luego una palabra soez. Cuando Rubes abrió el balcón de par en par, el aposento se llenó del drástico alarido de la sirena. El cuerpo rechoncho de Cecilio Rubes se recortó un momento sobre el fondo de estrellas. Con una ligereza insospechada, Cecilio se encaramó a la balaustrada y saltó. Como en una pesadilla oyó Adela el ruido sordo de un cuerpo al chafarse contra el asfalto. No comprendía bien lo que acababa de ocurrir pero mecánicamente se llevó las manos a la cabeza y gritó muy fuerte, una, dos, tres veces".

Antonio Machado, en "La tierra de Alvargonzález", nos ofrece un ejemplo de suicidio, anterior en cronología a los tres últimos y que aporta matices distintos. En este caso los hijos se suicidan porque ya antes han causado otra muerte, la de su padre. Veamos los hermosos versos de Machado:

"Llegaron los asesinos
hasta la Laguna Negra,
agua transparente y muda
que enorme muro de piedra,
donde los buitres anidan
y el eco duerme, rodea;
agua clara donde beben
las águilas de la sierra,
donde el jabalí del monte
y el ciervo y el corzo abrevan;
agua pura y silenciosa
que copia cosas eternas;
agua impasible que guarda
en su seno las estrellas.
¡Padre!, gritaron; al fondo
de la laguna serena
cayeron, y el eco ¡padre!
repitió de peña en peña".

Acabamos esta muestra antológica, no completa, y sí subjetiva, con un fragmento de "Corazón tan blanco", de Javier Marías, quien nos ofrece, al empezar la novela, uno de los ejemplos de suicidio más inquietantes, pero mejor narrados:

"No he querido saber, pero he sabido que una de las niñas, cuando ya no era niña y no hacía mucho que había regresado de su viaje de boda, entró en el cuarto de baño, se puso frente al espejo, se abrió la blusa, se quitó el sostén y se buscó el corazón con la punta de la pistola de su propio padre, que estaba en el comedor con parte de la familia y tres invitados". 





 

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