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(S. XIX Y XX. TERCERA PARTE




En el Romanticismo, como ya sabemos, no sólo se acepta la muerte, sino que se exige, se pide y se reclama el derecho a morir de forma digna y aguerrida.

Así José María Blanco White acepta la llegada de la muerte como si fuera una liberación para el alma. Lo leemos en “Una tormenta en alta mar”:

“Que aunque monstruo voraz el mar profundo
me sepultaré en un interior inmundo,
contigo el alma volará hasta el cielo,
libre y exenta de este mortal velo”.

No aparece en el Realismo la idea de la aceptación de la muerte, más bien parece que se trata de prorrogar la vida como sea, aunque, es evidente, no podemos generalizar.

No obstante dejamos los textos realistas para otros temas sucesivos.

En el S. XX poetas y novelistas se cuestionaron el hecho de morir y acabaron aceptándolo, de mejor o peor grado; pero siempre fundamentándolo sobre unas bases de pensamiento firmes.

Miguel de Unamuno se plantea la muerte como parte de la vida, como esa aliada que viaja con nosotros siempre. Lo recrea en el soneto “La vida de la muerte”:

“Oír llover no más, sentirme vivo:
el universo convertido en bruma
y encima mi conciencia como espuma
en que el pausado gotear recibo.
Muerto en mí todo lo que sea activo,
mientras toda visión la lluvia esfuma,
y allá abajo la sima en que se suma
de la clepsidra el agua; y el archivo.
De mi memoria, de recuerdos mudo;
el ánimo saciado en puro inerte;
sin lanza, y por lo tanto sin escudo,
a merced de los vientos de la suerte:
este vivir, que es el vivir desnudo,
¿no es acaso la vida de la muerte?”

De nuevo, Miguel de Unamuno, en “Muerte”, habla del paso de la vida a la muerte, de ese hilo débil que las une y que se puede confundir, como hiciera Hamlet, con el sueño:

“Eres sueño de un dios, cuando despierte
¿al seno tornarás de que surgiste?
¿Serás al cabo lo que un día fuiste?
¿Parto de desnacer será tu muerte?
¿El sueño yace en la vigilia inerte?
Por dicha aquí el misterio nos asiste;
Para remedio de la vida triste,
Secreto inquebrantable es nuestra suerte.
Deja en la niebla hundido tu futuro
Y ve tranquilo a dar tu último paso,
Que cuanto menos luz, vas más seguro.
¿Aurora de otro mundo es nuestro ocaso?
Sueña, alma mía, en tu sendero oscuro:
“¡Morir... dormir... dormir.... soñar acaso!”

Antonio Machado en “Soledades” nos habla del anuncio de su muerte, una muerte que será serena, calmada y limpia; pero que él no vera llegar porque, en el momento supremo, cerrará los ojos para siempre:

“Daba el reloj las doce... y eran doce
golpes de azada en tierra...
... ¡Mi hora! –grité-... El silencio
me respondió: -No temas;
tú no verás caer la última gota
que en la clepsidra tiembla.
Dormirás muchas horas todavía
sobre la orilla vieja,
y encontrarás una mañana pura
amarrada tu barca a otra ribera”.

Más certero se mostró en el “Retrato”, aquí asume su vida y también su muerte y no la teme porque:

“Y cuando llegue el día del último viaje,
y esté al partir la nave que nunca ha de tornar,
me encontraréis a bordo ligero de equipaje,
casi desnudo, como los hijos de la mar”.

Juan Ramón Jiménez siente un mundo que se vacía de él mismo y le da pena que todo siga igual; pero lo acepta en la medida en que su palabra quedará en aquellas personas que lo han amado alguna vez, lo vemos en “El viaje definitivo”:

“... Y yo me iré. Y se quedarán los pájaros
cantando;
y se quedará mi huerto, con su verde árbol,
y con su pozo blanco.
Todas las tardes, el cielo será azul y plácido
y tocarán, como esta tarde están tocando,
las campanas del campanario.
Se morirán aquellos que me amaron;
y el pueblo se hará nuevo cada año;
y en el rincón aquel de mi huerto florido y encalado;
mi espíritu errará, nostáljico... (sic)
Y yo me iré; y estaré solo, sin hogar, sin árbol
verde, sin pozo blanco,
sin cielo azul y plácido...
Y se quedarán los pájaros cantando”.

Federico García Lorca habla de la muerte de un jinete, de él mismo podríamos decir, con absoluta naturalidad; sabe que va a morir; pero no por eso abandona su camino. Lo vemos en la “Canción de jinete”:

“Por el llano, por el viento,
jaca negra, luna roja,
la muerte me está mirando
desde las torres de Córdoba.
¡Ay, qué camino tan largo!
¡Ay, mi jaca valerosa!
¡Ay, que la muerte me espera
antes de llegar a Córdoba!”

Pedro Salinas en “La voz a ti debida” expone una hermosa teoría de amor. Para él el amor es una fuerza pletórica, dichosa, un tú y un yo; es tanto que, aunque él muera, se sabrá vivido por ese tú que sigue a su lado:

“Y todo enajenado podrá el cuerpo
descansar, quieto, muerto ya. Morirse
en la alta confianza,
de que este vivir mío no era sólo
mi vivir; era el nuestro. Y que me vive
otro ser por detrás de la no muerte....”.

Miguel Hernández expone, incluso, su propia teoría de la vida y también de la creación poética. Para él, amor, muerte y vida, se mezclan y unen:

“Llegó con tres heridas:
la del amor,
la de la muerte,
la de la vida.
Con tres heridas viene:
la de la vida,
la del amor,
la de la muerte.
Con tres heridas yo:
la de la vida,
la de la muerte,
la del amor”.

Gabriel Celaya, en plena poesía social, ve en la solidaridad la única forma de aceptar la muerte, de compartirla, de asumirla. Lo leemos en “Todos a una”:

“Cada vez que muere un hombre,
todos morimos un poco, nos sentimos como un golpe
del corazón revulsivo que se crece ante el peligro
y entre espasmos recompone
la perpetua primavera con sus altas rebeliones.
Somos millones. Formamos
la unidad de la esperanza.
Lo sabemos. Y el saberlo
nos hace fuertes; nos salva”.

Miguel Delibes, en “El Camino”, describe cómo un niño descubre el misterio de la muerte y, cómo, también, acaba por aceptarlo y asumirlo él mismo:

“Algo se marchitó de repente muy dentro de su ser: quizá la fe en la perennidad de la infancia. Advirtió que todos acabarían muriendo, los viejos y los niños. Él nunca se paró a pensarlo y al hacerlo ahora, una sensación punzante y angustiosa casi le asfixiaba. Vivir de esta manera era algo brillante, y a la vez, terriblemente tétrico y desolado. Vivir era ir muriendo día a día, poquito a poco, inexorablemente. A la larga, todos acabarían muriendo (...). Todos eran efímeros y transitorios y a la vuelta de cien años no quedaría rastro de ellos sobre las piedras del pueblo. Como ahora no quedaba rastro de los que los habían precedido en una centena de años. Y la mutación se produciría de una manera lenta e imperceptible. Llegarían a desaparecer del mundo todos, absolutamente todos los que ahora poblaban su costra y el mundo no advertiría el cambio. La muerte era lacónica, misteriosa y terrible”.





 

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