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No sé qué hago yo aquí, frente a mi ordenador y estrujándome el cerebro en esta fría mañana soriana, para filtrar un argumento breve que me permita llenar un par de folios con palabras alegres y esperanzadoras propias de la época en la que entramos.

La Navidad es un conjunto de días que, desde su origen, cien por cien religioso, nos aboca a la alegría, pero también a la añoranza, a un sentido echar de menos y, desde luego, a un desenfrenado impulso proclive al gasto. Pero no nos engañemos. Los tiempos cambian, y mucho, ah, y no siempre para mejor, como es de ver en los que transcurren ahora y que son nuestro presente, y si no, veamos: ¿Creen ustedes que estamos abocados a la alegría? Ya sé, es aquello tan viejo de la botella medio llena o medio vacía, pero, obligados a ser veraces, las botellas, en España, andan escasas de contenido, y si alguna queda llena de güisqui o cualquier otro destilado, se vacía sin pausas a fuerza de beber para olvidar.

La añoranza siempre aparece en Navidad. ¡Cuántas cosas se añoran cuando se mira atrás recordando o haciendo balance de un año o de una vida! Avanza nuestra existencia y tiramos del freno para no descender demasiado deprisa, y es entonces cuando sentimos el tiempo perdido, los errores constantes en nuestro decidir pasado, y nos duele el alma porque nadie nos da la oportunidad de rehacer. Eso es añoranza. Sentir cómo se encoge el corazón, contar los besos que no dimos y los abrazos que no recibimos cuando era tiempo para ello. Sabemos entonces, al recordar, las veces que miramos a otro lado, los odios que alimentamos en nuestro corazón, los perdones negados y los tiempos perdidos. Eso es añoranza y ¿Creen ustedes que hace bonita a la Navidad?

Muchas son las cosas que echamos de menos en todos los finales de año. Muchas son pero no todas materiales. Duelen más las otras, las que se escaparon entre nuestros sentimientos ahogados por el interés, aquellas otras cosas que nos hubieran hecho más felices, pero menos ricos, y es ese el daño que nos hacemos, perseguimos riquezas y apartamos bondades, accedemos a la propiedad de todo aquello que ansiamos a costa de ser un poco menos felices y un poco más egoístas y eso nos empuja al gasto, a un consumo casi siempre innecesario al que nos lleva la vida misma. No la Vida con mayúscula, no, la vida menor, la individual entre millones de seres que no nos interesan, esa vida asquerosa de la que todos renegamos. Pero es Navidad.

Quizá, dentro de muy poco tiempo, apenas unos meses, hayan desaparecido emisoras y periódicos. Quizá, dentro de unos meses, España no sea España. Quizá, dentro de unos años, seguiremos hablando de la guerra civil, de la de Irak, y del Prestige, y alguien seguirá negociando con los pistoleros prometiendo una paz pactada sobre un millar de tumbas. Quizá, dentro de unos meses, nuestros niños sumarán con los dedos y olvidaran la “h”, desconocerán la diferencia entre “b” y “v” y será obligatorio escribir “xq” en lugar de porqué. Pero es Navidad.

En este año, la alegría no llegó rodada, apenas; aquellos que la sintieron, la percibieron entrando en sus vidas un poco forzada, cerrando los ojos para imaginarla pura. Pero es Navidad, y Navidad es, dejando a un lado su origen cien por cien religioso, alegría, añoranza, un echar de menos y un desenfrenado impulso proclive al gasto. Y si eso es Navidad, no dejemos de reír, añoremos el pasado, echemos de menos a gentes y a cosas y gastemos hasta quedar endeudados para los próximos tres meses.

De todo lo demás no nos acordemos. Qué nos importa que se rompa España. Qué nos importa que, dentro de un tiempo, no nos entendamos al hablar en castellano. Qué nos importa que nuestros estudiantes sean los peores del universo o que la selección de fútbol vasca derrote a la extremeña en un descafeinado torneo lleno de un profundo y exitoso sentir secesionista. Qué nos importa que nuestro Presidente de Gobierno, o nuestro Rey, o cualquier politiquillo del tres al cuarto nos regalen las mayores sandeces que imaginarse pueda. Nada, no nos importa nada, ni lo dicho ni lo silenciado, todo eso nos trae al pairo y, además, es Navidad.



 



 

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