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(El texto de este estudio fue la exposición central en la conferencia pronunciada por la autora el día 29 de julio en la Iglesia San Julián de Cañete (Cuenca) con motivo de la inauguración de la VII Alvarada.)




PANORAMA LITERARIO EN EL S. XV

El hombre medieval vivía en una sociedad cerrada, inmóvil y perfectamente reglada. La jerarquía era muy importante e, incluso, se tenía la certeza de que la tierra era el centro del universo. La vida era un mero preámbulo de la eternidad.

La crisis del mundo medieval se hace ya imparable en el S. XV, aunque empezó mucho antes. En el S. XV se suceden importantes acontecimientos históricos (descubrimiento de América) y progresos mecánicos (invención de la imprenta). Marca el S. XV el preámbulo de la Edad Media al Renacimiento. Las relaciones con Italia repercutieron en nuestra literatura que recibió la influencia de los tres grandes autores del trecento, Dante, Petrarca y Boccaccio. Don Ramón Menéndez Pidal calificó este siglo como “Pórtico del Renacimiento”.

Durante el S. XV España estaba dividida en tres reinos: el de Navarra, el de Castilla, gobernado por Juan II y, a su muerte, por Enrique IV. Y el de Aragón, gobernado por Alfonso V.

Juan II dejó el gobierno en manos de su valido, Don Álvaro de Luna y él se dedicó a la vida cortesana, a sus aficiones artísticas y literarias. La vida cortesana despierta el gusto por la poesía lírica de influencia provenzal que, después de haber sido cultivada en el ámbito galaico-portugués, ahora llega al castellano. Esta poesía la conocemos gracias a los “Cancioneros”. Vale la pena mencionar los más importantes: el de Baena (formado por poetas de finales del S. XIV y de la corte de Juan II), el de Stúñiga (con la lírica de la corte napolitana de Alfonso V el Magnánimo) y del Hernando del Castillo (publicado ya en 1511, con la lírica de la corte de los Reyes Católicos).

La corte de Juan II fue un brillante centro de actividad literaria en la que, como nos indican los “Cancioneros” mencionados, la poesía ocupó el primer lugar. Componer versos vino a ser una virtud propia de cualquier caballero que llegaban a buscar poetas a sueldo para que les escribieran los poemas que ellos eran incapaces de realizar.

Se exigía, sobre todo, un lenguaje pulido y refinado. Ser poeta suponía no sólo elevación de pensamientos sino capacidad para darles forma con un bello decir que sólo una cultura literaria podía proporcionar. Así, se transcriben las reglas del “arte de trovar”, se leen con agrado los poetas del trecento y empiezan a resultar imprescindibles por clásicos latinos.

Todo esto originó una revolución métrica, en la que la variedad de estrofas que se ensayaron tomaban como base el verso de arte mayor, para la poesía de tema grave destinada a la lectura, y el octosílabo, para los poemas que iban a ser cantados básicamente o también leídos.

A este espíritu cortesano responden dos obras en prosa de don Enrique de Villena (1384-1434), al que se llamó marqués sin serlo, personaje con fama de mago y nigromante: “Tratado del arte de cortar del cuchillo” o “Arte cisoria”, manual de etiqueta cortesana, y el “Arte de trovar”, preceptiva de la poesía trovadoresca. A su muerte, debido a su fama de persona poco ortodoxa, se quemó su biblioteca.

El clima de corrupción degradación moral que se vive durante el reinado de Enrique IV origina un gran cultivo de la poesía satírica. Son muy conocidas las coplas de “Mingo Revulgo, dirigidas contra Enrique IV, a quien se alude bajo la figura alegórica del pastor Cantaulo y se le acusa de los males del reino por el abandono en que tiene a su rebaño, y las “Coplas del Provincial” de tono violento y soez, en las que se ataca a los nobles castellanos, a los que se cita por sus nombres. Obvio es decir que ambas obras son anónimas.

La quiebra de los valores morales, la inseguridad y el temor a la muerte se evidencian en la literatura del S. XV. Hablamos, por ejemplo, de las “Danza general de la muerte”, que recoge una sátira contra ricos y poderosos, quienes también encuentran la muerte. Fue un género muy cultivado en toda Europa.

Los escritores aleccionan al hombre desde todos los ángulos y con diversidad de tonos: fábulas (“Libro de los gatos”), diálogos doctrinales (“Libro de vida beata”, de Juan de Lucena) o extensos poemas alegóricos (“Coronación del Marqués de Santillana” y “Coplas de los pecados mortales”, de Juan de Mena (1411-1456). Especial atención se dedica a lo efímero de las cosas mundanas y al poder devastador del tiempo (“Diálogo de Blas contra Fortuna”, del Marqués de Santillana (1398-1454), “Vencimiento del mundo”, de A. Núñez de Toledo).

El amor y la mujer se muestran también como motivo de preocupación y de crítica. Así el Alfonso Martínez de Toledo (1398-1468), conocido como Arcipreste de Talavera, capellán de Juan II y de Enrique IV, escribe “El Corbacho”, que es una obra de corte misógino. Siguiendo la influencia de Boccaccio y un tanto como reacción al “Corbacho”, don Álvaro de Luna (1390-1453) escribió sus “Claras y virtuosas mujeres”.

En este nutrido panorama literario destacan dos obras: “Las Coplas a la muerte del Maestre don Rodrigo Manrique”, de Jorge Manrique (1440-1479), sobre la muerte y la fama, y “La Celestina”, de Fernando de Rojas, que es una radiografía de la sociedad de su época.

En la corte de Juan II, como hemos dicho ya, fue notable la influencia trovadoresca y se escribió una poesía artificiosa, de carácter amoroso o satírico. No obstante, la influencia de Dante, de “La Divina Comedia”, hizo que algunos poetas escribieran amplios poemas, en coplas de arte mayor y con estructura alegórica donde desarrollaban temas de tipo filosófico o políticos. Micer Francisco Imperial, genovés afincado en Sevilla, fue su introductor en la literatura castellana con su poema “Decir a las siete virtudes”. Posteriormente, siguiendo esta línea, se escriben, “La comedieta de Ponça”,”El Infierno de los enamorados”, del Marqués de Santillana, y “El laberinto de Fortuna” y “La Coronación del Marqués de Santillana”, de Juan de Mena.

Al marqués de Santillana se deben también los “Cuarenta y dos sonetos fechos al itálico modo”, que es el primer intento de adaptar al castellano el endecasílabo, inspirado en Petrarca y Dante.

También en el S. XV se escribieron una serie de relatos de corte sentimental e idelizado. Son “El siervo libre de amor” de Rodríguez del Padrón, “La cárcel de amor”, de Diego de San Pedro. Fueron del gusto de la corte, de las damas y caballeros nobles y es evidente que sur origen se encuentra en la “Fiammetta” de Boccaccio. A este tipo de novelas se las conoce con el nombre genérico de novelas sentimentales.

El panorama literario es amplio en el S. XV y abundan los autores y sus obras se divulgan en copias –manuscritas aún, pero en papel no en pergamino-. Paralelamente a la novela sentimental se cultiva la novela de caballerías, un ejemplo es “El caballero Cifar” y, sobre todo, el”Amadís de Gaula”, en edición de Garci Rodríguez de Montalvo, de 1508. Su influencia en la literatura posterior es innegable.

Relacionados con los relatos históricos –crónicas generales o particulares de algunos reyes- se sitúan los libros de carácter biográfico. Destacan Fernán Pérez de Guzmán (1376-1460) y Hernando del Pulgar (1436-1493). El primero, sobrino del Canciller de Ayala y tío del marqués de Santillana, intervino en las luchas de los nobles contra don Álvaro de Luna durante el reinado de Juan II. Poeta y autor de obras de carácter didáctico, debe la fama a las “Generaciones y semblanzas”, conjunto de biografías de personajes que vivieron en los reinados de Enrique III y de Juan II, y en los que se muestra como una persona muy observadora.

Hernando del Pulgar llegó a ser cronista de los Reyes Católicos y escribió su libro “Claros varones de Castilla” en el que se recrean el propio rey Enrique IV y personajes importantes de su corte. Destaca su profundidad psicológica.

La lengua literaria, ante tanta afluencia de géneros, ha de adaptarse y sufre distintas transformaciones que atañen a la sintaxis, al léxico y a la estructuración formal del pensamiento. Veamos:

.se recurre con mucha frecuencia al hipérbaton y eso provoca construcciones muy forzadas, aceptadas en latín, pero impensables en castellano.

.el léxico se llena de latinismos y alusiones cutas; pero también de galicismos e italianismos.
.se tiende a la enumeración, a la comparación y a los paralelismos semánticos para desarrollar el pensamiento de una forma pomposa y artificiosa; muchas veces vacía de contenido.

Esta moda “cultista” no supuso un rechazo hacia lo popular; así varios escritores de la época vuelven su mirada hacia la expresividad del lenguaje popular. El marqués de Santillana por ejemplo recoge en un libro refranes y dichos populares, en “Refranes que dicen las viejas tras el fuego”, que es la más antigua colección paremiológica en lengua vulgar. Ahora bien, quien mejor reflejó la lengua popular fue el Arcipreste de Talavera, en el “Corbacho”, ya mencionado.


DON ÁLVARO DE LUNA EN SU CONTEXTO LITERARIO

Don Álvaro de Luna, fiel al espíritu de su época, fue también un cortesano y se atrevió con la literatura. Ya hemos mencionado su obra en prosa “Claras y virtuosas mujeres”, que escribió siguiendo la moda de su época. Su antecesor inmediato fue Juan Rodríguez del Padrón, quien además del “Siervo libre de amor”, escribió “El Triunfo delas donas”, que es un tratado con argumentos feministas que se sitúa en el polo opuesto del “Corbacho”, aunque todos siguen de cerca la estela de Boccaccio.

No obstante, don Álvaro de Luna, como los poetas de la corte que tan bien conoció, escribió poemas. Conservamos tres canciones, escritas en arte menor y que siguen las directrices trovadorescas propias del amor cortés como son vasallaje hacia la dama, el tópico de la amada inmisericorde o la ponderación de las cualidades de la dama e, incluso, sus habilidades en las justas, para admirar a su amada. Se trata de poemas sencillos, muy de la época, aunque aquí cobran un valor excepcional puesto que estamos tratando de centrar la literatura en la época del Condestable y vemos que él mismo coqueteó con estas lides. No desmerece en nada al Jorge Manrique anterior a las “Coplas” quien también escribió poemas, que podríamos calificar, de circunstancias, a la moda, al uso de la corte de Juan II. Transcribimos estos poemas y que juzgue el lector u oyente:

Canción I
Si Dios, nuestro Salvador,
Ovier de tomar amiga,
Fuera mi competidor.
Aun se m`antoxa, senyor,
Si esta tema tomaras,
Que justas e quebrar varas
Ficieras por su amor.
Si fueras mantenedor,
Conmigo me las pagara,
E non te alzara la vara,
Por ser mi competidor.
Canción II
Porque de llorar
Et de suspirar
Yo non cesaré,
Pues que por loar
A quien fuy amar,
Yo nunca cobré.
Lo que deseé
Et desearé
Ya más todavía.
Aunque cierto sé
Que menos habré
Que en el primer día.
De quien su porfia
Me quita alegría,
Después que la vi.
Que ya más querría
Morir algún dia
Que bevir ansi.
Mas pues presumí
Que desque nascí
Por ti padecer,
Pues gran mal sofrí,
Reciba de ti
Agora placer.
Canción III
Mi persona siempre fue
Et assi será toda ora,
Servidor de una senyora
La cual yo nunca diré.
Ya de Dios fue ordenado,
Cuando me hizo nacer,
Que fuesse luego ofrecer
Mi serviçio a vos de grado.
Tomat, senyora, cuidado
De mí, que soy todo vuestro,
Pues que me fallaste presto
al tiempo que ni diré.


ÁLVARO DE LUNA Y SU REFLEJO EN LA LITERATURA

El Condestable don Álvaro de Luna tuvo una vida llena de enemistades, de críticas y estuvo siempre, debido a su cargo, sometido a toda clase de intrigas. La Fortuna, que da tantas vueltas en su rueda como un tiovivo, lo ensalzó para hundirlo después sin ninguna misericordia. Muchos años de bonanza, de total dominio, vivió don Álvaro en la corte de Juan II. El modelos del buen cortesano, ahora la espada, ahora la pluma, pudo darse bajo los auspicios del rey en figuras tan conocidas como el Marqués de Santillana, Juan de Mena y Jorge Manrique o el propio Álvaro de Luna.

El carácter débil y vulnerable de Juan II se dejó llevar por las intrigas y tres veces desterró al Condestable y otras tres lo volvió a llamar. Una fue en 1427. El rey entonces quedaba libre de las maquinaciones del Privado, pero se crearon tantas discordias internas que tuvieron que llamarlo para que pacificase a los nobles. Otra fue en 1439, pero el rey no supo gobernar sin él y volvió a pedirle ayuda. La tercera sucedió en 1441, aunque tampoco le salió bien al rey esta vez quien, prácticamente, quedó secuestrado y don Álvaro tuvo que salvarlo de nuevo con los resultados de la batalla de Olmedo.

Esta dependencia real puso su final cuando el rey se casó en segundas nupcias, con Isabel de Portugal. Y fue el propio Álvaro de Luna quien arregló este matrimonio, para conseguir una alianza entre Castilla y Portugal. La boda fue el origen del ocaso de su familia porque la reina le mostró pronto una gran animosidad que venció, por encima de otros intereses, el ánimo del rey hasta conseguir que, también para Juan II, el Condestable fuera odioso.

El monarca intentó hacer desaparecer a su consejero en distintas emboscadas, pero no pudo por la valentía e inteligencia de don Álvaro. La única forma de rendirlo fue apresarlo y enviarlo al cadalso, mientras el rey se quedaba con todos sus tesoros. A instancias de la reina se celebró el simulacro del juicio, y el valido fue ejecutado el 1 de junio de 1453 en Valladolid.

Muchos nobles respiraron tranquilos cuando desapareció su máximo enemigo; pero el rey, tal vez por remordimiento o por falta de apoyo, murió un año después.

Se dice que don Álvaro era diestro en toda clase de juegos, en las armas, en los torneos, en montar a caballo. Se cuenta que era robusto y ágil. Se sabe que acumuló grandes fortunas y señoríos, pero nada puedo llevarse a la tumba, ni tan sólo la buena fama.

De Álvaro de Luna escribieron poetas y cronistas. Fue una figura controvertida y tal vez injustamente tratada, aunque Juan de Mena, partidario de don Álvaro, quien, tras su caída, tuvo que retirarse a Córdoba, su ciudad natal, decía del Condestable, ponderando su figura en el “Laberinto de Fortuna”:

“Éste cabalga sobre la Fortuna
y doma su cuello con ásperas riendas;
aunque d`el tenga tan muchas de prendas,
ella non le oso tocar ninguna;
míralo, míralo, en plática alguna,
¿cómo, indiscreto, y tú no conoces
al condestable Álvaro de Luna.”

Como escribe el profesor Manuel Criado de Val. “Amor y odio se reparten su imagen. Sólo hay una coincidencia: Don Álvaro de Luna es el gran protagonista, el competidor de Amadís en el siglo caballeresco por excelencia. La caída del hombre más popular y poderoso de su tiempo culmina la mejor trama dramática y novelesca del S. XV”.

Jorge Manrique recoge, en sus Coplas, el poder devastador del tiempo y, llevado por su animadversión hacia don Álvaro, se pregunta, siguiento el ubi sunt, entre melancólico y justo, dónde quedó todo lo que representó en vida. Tiene razón el poeta al hablar de la vanidad de las glorias del mundo; pero no es justo con el Condestable, al que ataca porque los Manrique, como tras muchas familias nobles de la época, nunca vieron con buenos ojos la privanza de don Álvaro. Las Coplas son éstas:

“Pues aquel gran Condestable
maestre que conocimos
tan privado,
non cumple que dél se hable,
mas sólo cómo lo vimos
degollado.
Sus infinitos tesoros,
Sus villas e sus lugares,
Su mandar.
¿Qué le fueron sino lloros?
¿Qué le fueron sino pesares
al dejar?”

El Marqués de Santillana, Don Iñigo López de Mendoza, escribe la obra definitiva para acabar con la reputación de don Álvaro, pero es que el marqués es otro gran rival de don Álvaro. Esta obra es el “Doctrinal de privados”, está escrito como una confesión biográfica en 53 estrofas, de las que transcribimos algún ejemplo para observar el tono crítico del marqués:

“¿Qué se fizo la moneda
que guardé para mis daños
tantos tiempos, tantos años:
plata, joyas, oro e seda?
Ca de todo no me queda
Sinon este cadalso.
Mundo malo, mundo falso,
No es quien contigo pueda (II).

Don Álvaro, en sentido figurado, desgrana sus pecados y acaba pidiendo perdón por ellos:

Grandes fueron mis pecados;
Gran misericordia pido
A ti, Dios muy infinido,
Que perdonas los culpados.
¡Cuántos son canonizados
e vueltos de perdición
sólo por la contricción,
e santos santificados!
Non desespero de ti,
Mas espero penitencia,
Ca mayor es tu clemencia
Que lo que te merescí.
En maldad envesjecí,
Mas demándote perdón:
Non quieras mi dapnación,
Pues para pecar nascí”.

(L y LI)

Es más, a partir de la muerte de don Álvaro, la literatura va a teñirse de dureza, de nostalgia, de reflexión. Es posible que en “La Celestina” aún se recojan los ecos de esta muerte y que el propio Calixto, como bien dice el profesor Manuel Criado de Val, refleje, de alguna manera la muerte de don Álvaro y su peripecia vital. La propia vieja Celestina aconseja: “Pues los casos de admiración y venidos con gran deseo, tan prestos como venidos, olvidados”. Es decir, no hay que hacer caso de los bienes mundanales que tal como llegan se van. Acaso sea ésta la gran lección que se desprende de la muerte de don Álvaro, después de haber sido el dueño de Castilla.

La historia ha sido injusta con el Condestable y lo ha vituperado y le ha achacado infortunios, abusos de poder y lo que podríamos llamar corrupción. Actualmente su figura está en proceso de revisión y ya se verá si queda rehabilitada del todo.

Nosotros aquí tan sólo hemos querido situar a Don Álvaro en su época y en su circunstancia literaria y hemos tratado de esbozar el contexto en el que vivió y su reflejo literario. Y también, por supuesto, pretendemos ponderar a uno de los hijos ilustres de Cañete y tratar de demostrar, en lo posible, de demostrar que, ante todo fue un hombre que tuvo la posibilidad de labrarse un camino propio, que fue capaz de tocar, por méritos personales, la gloria con sus manos; pero que la Fortuna o la Providencia le salió al encuentro con toda su fuerza.





 

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