|
Aun en el seno de un mismo pueblo, los individuos no se creían obligados a una interpretación uniforme de la mitología. Se alteraban las leyendas para satisfacer el orgullo de un aristócrata o para acomodarlas a la fantasía de los artistas o a las elucubraciones de los filósofos. En una cosa, no obstante, los griegos se mostraban intransigentes, y era en la observancia de
los ritos tradicionales. El que practicaban según la costumbre de los
antepasados, era religioso; el que los quería modificar era tachado de impío.
En líneas generales y en forma muy simplificada los
aspectos más salientes de las principales divinidades de la Grecia histórica eran:
Zeus, el dios por excelencia del helenismo, señor del cielo, habitaba en el éter y desde allí dirigía los fenómenos celestes, la nieve y la lluvia. Armada su diestra con el rayo que forjaron los cíclopes, desencadenaba las tempestades. Protegía los nacimientos, el hogar, la
familia y las ciudades; era el dios de la amistad, de la hospitalidad y de los triunfos, el dios purificador y vengador, el dios amable, omnipotente y sabio que conocía el porvenir por medio de los oráculos. Tanta
majestad, de la cual era magnífico símbolo a los ojos de los atenienses la estatua de Zeus esculpida por Fidias, estaba, sin embargo, velada por no pocas sombras, pues había llegado al poder por medio de la violencia y las leyendas populares antiguas le atribuían un gran número de aventuras amorosas.
Atenea fue la hija favorita de Zeus. Brotó,
revestida de armadura, de la cabeza del padre de los dioses. Protectora de las ciudades y acrópolis, virgen guerrera, a ella era ofrecido el botín de las empresas victoriosas. En el interior de la ciudad, velaba por los negocios públicos, el comercio, la industria y las artes. En Atica, protegía el cultivo del olivo, principal riqueza del país. Pero en Atenas es donde la personalidad de Atenea recibió todo su magnifico desarrollo. Los marineros, al entrar en el Pireo, al regreso de sus expediciones, podían divisar su colosal estatua dominando la
Acrópolis y la saludaban como personificación ideal de su sabia e industriosa ciudad.
Apolo, hijo de Zeus y de Latona, era una de las divinidades más poderosas del mundo griego y reunió en
sí multitud de atributos. En las campiñas solitarias, en Arcadia y Laconia era el dios de los pastores y de los prados. Los jonios de Delos saludaban en él al dios de la poesía y de las artes, porque presidía el coro de las Musas y de las Gracias. Aparecía, a veces, como Helios, el dios del Sol y en Delfos era el profeta que comunicaba a los hombres los oráculos dictados por Zeus en persona.
Como Apolo,
Artemisa era hija de Latona, recorría los bosques y las montañas vestida de
cazadora, y, por ser virgen, protegía la castidad y los amores legítimos.
La influencia del Oriente se manifiesta claramente con ocasión del culto de
Afrodita, equiparada muchas veces a Astarté.
Lo mismo sucede con el mito de
Adonis (el Talmuz de los babilónicos), el hermoso adolescente amado por Afrodita, que muere y renace cada año como la vegetación en él personificada.
**********
|