Página anterior. Volver Portada gral. Staff Números anteriores Índice total 2006 ¿Qué es Arena y Cal? Suscripción Enlaces
¡Qué vulgaridad!, escribir a estas alturas acerca de la Ley del tabaco.

Porque se ha dicho mucho, se ha discutido mucho y ya se han producido las primeras denuncias y la primera detención e imposición de multa por desacato, que no por fumar en lugar prohibido. Todo lo dicho es sabido y me atrevería a decir que pasado de moda, pues, si somos unos animales por matarnos a base de cigarrillos, lo somos también para habituarnos a lo nuevo, en este caso la Ley antitabaco. Pero una faceta de la que aún no he leído, ni oído, hasta ahora, es aquella que se refiere a los conflictos familiares, conyugales es más exacto.

En un reportaje de televisión, la noche misma de la entrada en vigor de la manida Ley, una mujer hacía pública, con total desvergüenza y sin recato, su relación con su marido fumador -ex marido cuando lo contaba-. “Me da asco -decía, refiriéndose a él-. He tenido que echarle de casa y ya hace dos años que vivo sola. Muchas veces me ha pedido volver pero como sigue fumando no lo he permitido."

Mi mujer y yo no hemos llegado a tanto pero si ha surgido ya alguna pequeña discusión.

—Cariño... ¿Te apetece salir a cenar?
—Sí, estupendo, así damos un paseo, pero tendrá que ser a un restaurante de “no fumadores”.
—¿Y eso? Si nunca te ha molestado el humo.
—Ya, pero si puedo escoger prefiero uno de aire limpio.

¿No les parece que este asunto se está impregnando de matices que conllevan un cierto peligro para la convivencia?

Ella es exfumadora, y lo es desde hace varios años. Nunca se ha quejado de mis humos, ni me ha presionado más allá de lo cariñosamente razonable para que lo dejara.

Yo me suelo meter, entre pecho y espalda, un paquetito de negro al día, pero procuro no hacerlo en el coche ni, por supuesto, en el dormitorio.

Otras veces he escrito sobre esto del tabaco, su malicia, el oportunismo de los gobiernos, lo que cuesta dejarlo y las pocas veces que se consigue.

Ahora no puedo salir a cenar con mi mujer si pretendo fumar un pitillito en el aperitivo para acompañar al medio güisqui con hielo, o a los postres mientras nos sirven los cafés.

Los amigos saldremos a cenar juntos por separado (vaya absurdo) y mantendremos las agradables charlas de siempre a la puerta de los locales. Les recibiré en mi casa habilitando dos salones y sólo acudiré a la de aquellos que sean fumadores, en el bien entendido de que si no han podido transformar su vivienda, al menos, su mujer, si no es fumadora, deberá hacer alarde de un extraordinario don de transigencia.

En caso contrario, se romperán matrimonios (menos mal que existe la Ley del divorcio). Se formarán extrañas parejas de mujeres y de hombres (nos salvará la ley de maricones y lesbianas). Los hijos se educarán sólo con la madre y sus amigas, o sólo con el padre y sus amigos (por méritos de la ley de adopción por parte de homosexuales). No nos dejarán protestar y si lo hacemos nos veremos sometidos al CAC o a la antigua ley mordaza, más conocida como censura clásica, y nos confinarán al balcón o al cuarto trastero del garaje, gracias al efectivo arresto domiciliario, tan de moda hoy.

Ya se lo decía: ¿No les parece que este asunto se está impregnando de matices que conllevan un cierto peligro para la convivencia? 



 



 

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