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Resulta
terrible para cualquier ojo civilizado ver cómo cientos o miles de personas en multitud, con el solo
argumento de ofensas a su religión, se abalanzan enloquecidos sobre unos edificios
para meterles fuego y quemarlos con todo
cuanto contengan, incluidas las personas que los habitan.
Resulta
espeluznante para cualquier ser humano consciente pensar qué les harían esas multitudes a los dibujantes
y a los responsables de la publicación de esas caricaturas del
profeta Mahoma si consiguieran atrincarlos entre sus manos.
No es que
nos sorprenda tanta barbarie, de hecho, basta con echar una mirada y ver los muertos
que se producen a diario en cualquier latitud, y con cualquier
argumento, para entender que los humanos somos aún más feroces que
la más feroz de las fieras.
Lo que
sorprende de todo esto es que, en el siglo en que estamos, siglo de la
luz y el conocimiento, de las autopistas de la información y la
conquista del espacio, una ingente proporción de los individuos que
pueblan este planeta sigan por los mismos caminos que los que vivieron
en las cavernas, exactamente igual de aferrados y convencidos de que
su Dios es el único Dios y sus creencias y religión las única
verdaderas como aquel hombre que, allá en los principios de los
tiempos, al ver el relámpago cruzando los cielos y oír el poderoso
bramido del trueno, desencajado el semblante por el horror a lo
desconocido, hincó sus rodillas en tierra y prosternó para siempre
todas las cualidades y atributos de su condición humana ante el
misterioso poder que se le mostraba allá arriba.
Y
sorprende -pero, ¡ojo!, porque esto sorprende de manera superlativa- ver cómo,
en general, los adeptos de cualquier religión y creencia de
este poder supremo y único, llámese Dios, Yahvé, Alá, Buda,
Brahma... -o, con todos mis respetos, como cada uno quiera llamarlo-, para cuya perfecta
comprensión y un buen ejercicio de sus doctrinas y mandamientos
disponen de amplia y clara documentación escrita en la Biblia y los
Evangelios, la Torá y el Talmud, el Corán y sus Suras, el Dharma y
el Mahayana, los Sutras, el Brahmana, etc., etc., y en cuyas páginas,
en todos y cada unos de estos libros sagrados -sin excepción-, se
puede leer como principios fundamentales -y fines principales de su
propia existencia-, el amor al prójimo, la comprensión y el perdón,
la bondad y la obligación de hacer el bien a todos sus semejantes -sin
excepción-, exigen de forma tan bárbara respeto para una religión por la que ellos
mismos -al saltarse a la torera sus preceptos más claros y fundamentales- no guardan el menor
respeto.
Con
respecto a la otra parte, a los promotores del desaguisado -por si
alguien tiene alguna duda-, diré que estoy totalmente en contra de
esos energúmenos, dibujantes y editores, que, sin otro motivo ni
razón que ganar unos míseros euros, han llevado a cabo la morbosa
acción de caricaturizar unos símbolos que son sagrados para muchos
millones de personas. Más aún cuando, como en este caso, se
ridiculiza a un ser tan excepcional para todos los musulmanes como es
Mahoma, el alabado, el profeta, el elegido de Alá. Naturalmente,
tan
excepcional y respetable como Jesucristo, como Abraham, como Sidharta
Gautama, como Kung-Fu-Tsé, como Zoroastro...
La
libertad de expresión es una prerrogativa que tenemos los que
habitamos en países donde las leyes y la forma de gobierno se
asientan en fundamentos democráticos. Es una manera más de proclamar
y afirmar nuestra pseudolibertad. Pero hay limitaciones,
autocensura... Ni aún en el más libre de
los países se le ocurriría a nadie mentarle la madre a ningún
individuo -por mucha razón que lleváramos y mucha verdad que
dijéramos-, so pena de tener que soportar una reacción de furia de
insospechables consecuencias. Imaginen si pusiéramos en la revista
unas viñetas con la madre del dibujante de marras lamiendo un buen
cipote y a la del editor abierta de patas sobre un diván ante una
cola de ansiosos soldadetes. ¿Cómo les sentaría a los susodichos?
Pero, no... Aunque tal cosa fuera verdad, aunque
pudiéramos acompañar esas viñetas con un artículo firmado de puño
y letra por el
sargento Cañete, que las conoció cuando ambas hacían alegre vida y
fortuna en casa de "La Coralito" y pasó sus buenos ratos de
refocile con ambas, nos cuidaríamos muy bien de hacerlo. Seríamos perfectamente conscientes de que estaríamos
cometiendo una aberración, algo fuera de lugar y no permitido por nuestras
costumbres ni por la ortodoxia al uso.
Así,
pues, no nos sorprende ni la barbarie de los unos ni la total falta de
respeto de los otros. Lo que sorprende es que el que está arriba, el
de los mil nombres, el tantas veces requerido en mil lenguas
diferentes, todavía siga prolongando ese séptimo día y no se
plantee volver al trabajo para poner orden en este caos. Daría mil
veces mi vida porque mis nietos -o los nietos de mis nietos- pudieran
leer un Génesis corregido y aumentado que dijera: "Y continuó Dios
su obra. Y el octavo día puso la luz del entendimiento en la mente de los hombres..."
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