Página anterior. Volver Portada gral. Staff Números anteriores Índice total 2006 ¿Qué es Arena y Cal? Suscripción Enlaces
Resulta terrible para cualquier ojo civilizado ver cómo cientos o miles de personas en multitud, con el solo argumento de ofensas a su religión, se abalanzan enloquecidos sobre unos edificios para meterles fuego y quemarlos con todo cuanto contengan, incluidas las personas que los habitan.

Resulta espeluznante para cualquier ser humano consciente pensar qué les harían esas multitudes a los dibujantes y a los responsables de la publicación de esas caricaturas del profeta Mahoma si consiguieran atrincarlos entre sus manos.

No es que nos sorprenda tanta barbarie, de hecho, basta con echar una mirada y ver los muertos que se producen a diario en cualquier latitud, y con cualquier argumento, para entender que los humanos somos aún más feroces que la más feroz de las fieras.

Lo que sorprende de todo esto es que, en el siglo en que estamos, siglo de la luz y el conocimiento, de las autopistas de la información y la conquista del espacio, una ingente proporción de los individuos que pueblan este planeta sigan por los mismos caminos que los que vivieron en las cavernas, exactamente igual de aferrados y convencidos de que su Dios es el único Dios y sus creencias y religión las única verdaderas como aquel hombre que, allá en los principios de los tiempos, al ver el relámpago cruzando los cielos y oír el poderoso bramido del trueno, desencajado el semblante por el horror a lo desconocido, hincó sus rodillas en tierra y prosternó para siempre todas las cualidades y atributos de su condición humana ante el misterioso poder que se le mostraba allá arriba.

Y sorprende -pero, ¡ojo!, porque esto sorprende de manera superlativa- ver cómo, en general, los adeptos de cualquier religión y creencia de este poder supremo y único, llámese Dios, Yahvé, Alá, Buda, Brahma... -o, con todos mis respetos, como cada uno quiera llamarlo-, para cuya perfecta comprensión y un buen ejercicio de sus doctrinas y mandamientos disponen de amplia y clara documentación escrita en la Biblia y los Evangelios, la Torá y el Talmud, el Corán y sus Suras, el Dharma y el Mahayana, los Sutras, el Brahmana, etc., etc., y en cuyas páginas, en todos y cada unos de estos libros sagrados -sin excepción-, se puede leer como principios fundamentales -y fines principales de su propia existencia-, el amor al prójimo, la comprensión y el perdón, la bondad y la obligación de hacer el bien a todos sus semejantes -sin excepción-, exigen de forma tan bárbara respeto para una religión por la que ellos mismos -al saltarse a la torera sus preceptos más claros y fundamentales- no guardan el menor respeto.

Con respecto a la otra parte, a los promotores del desaguisado -por si alguien tiene alguna duda-, diré que estoy totalmente en contra de esos energúmenos, dibujantes y editores, que, sin otro motivo ni razón que ganar unos míseros euros, han llevado a cabo la morbosa acción de caricaturizar unos símbolos que son sagrados para muchos millones de personas. Más aún cuando, como en este caso, se ridiculiza a un ser tan excepcional para todos los musulmanes como es Mahoma, el alabado, el profeta, el elegido de Alá. Naturalmente, tan excepcional y respetable como Jesucristo, como Abraham, como Sidharta Gautama, como Kung-Fu-Tsé, como Zoroastro...

La libertad de expresión es una prerrogativa que tenemos los que habitamos en países donde las leyes y la forma de gobierno se asientan en fundamentos democráticos. Es una manera más de proclamar y afirmar nuestra pseudolibertad. Pero hay limitaciones, autocensura... Ni aún en el más libre de los países se le ocurriría a nadie mentarle la madre a ningún individuo -por mucha razón que lleváramos y mucha verdad que dijéramos-, so pena de tener que soportar una reacción de furia de insospechables consecuencias. Imaginen si pusiéramos en la revista unas viñetas con la madre del dibujante de marras lamiendo un buen cipote y a la madre del editor abierta de patas sobre un diván ante una cola de ansiosos soldadetes. ¿Cómo les sentaría a los susodichos? Pero, no... Aunque tal cosa fuera verdad, aunque pudiéramos acompañar esas viñetas con un artículo firmado de puño y letra por el sargento Cañete, que las conoció cuando ambas hacían alegre vida y fortuna en casa de "La Coralito" y pasó sus buenos ratos de refocile con ambas, nos cuidaríamos muy bien de hacerlo. Seríamos perfectamente conscientes de que estaríamos cometiendo una aberración, algo fuera de lugar y no permitido por nuestras costumbres ni por la ortodoxia al uso.

Así, pues, no nos sorprende ni la barbarie de los unos ni la total falta de respeto de los otros. Lo que sorprende es que el que está arriba, el de los mil nombres, el tantas veces requerido en mil lenguas diferentes, todavía siga prolongando ese séptimo día y no se plantee volver al trabajo para poner orden en este caos. Daría mil veces mi vida porque mis nietos -o los nietos de mis nietos- pudieran leer un Génesis corregido y aumentado que dijera: "Y continuó Dios su obra. Y el octavo día puso la luz del entendimiento en la mente de los hombres..."






 

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