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Hace algunos años, eran bastante abundantes las versiones de un programa, tipo “cámara escondida”, en la que se le hacía una broma a un individuo del común que “no sabía” que lo estaban filmando y los televidentes debían divertirse con lo que le pasa a las espaldas del elegido de turno; para eso se contaba con el recurso de unas risas pregrabadas que daban a entender cuál era el momento para hacerlo. Para mayor comodidad del televidente las risas eran las mismas en todos los programas, incluso en las versiones criollas. Al final, claro, se le mostraba al afectado dónde estaba escondida la, para él, odiosa cámara y congelaban la imagen de su sorpresa al enterarse, mientras los aplausos del presentador exigían lo mismo de los espectadores. Todos, bien conducidos, gozábamos del espectáculo.

Hoy las cosas no han cambiado mucho, en cuanto a las tonterías y disparates que se presentan en la caja mágica, que nos desconectan del teatro de la vida y nos lleva al país de la ensoñación y el absolutismo. Los medios de incomunicación tienen ahora saturada la programación con el “reality”, un remedo de la vida real en la que ahora los afectados deben actuar como si no supieran que las cámaras, dispuestas para eso, no los están registrando en toda la intimidad de su conciencia.

Terminado el programa, el actor natural se convierte en una celebridad y reparte sonrisas y autógrafos en los supermercados, pasando luego a trabajar como connotado conocedor de temas de farándula o moda en los noticieros de la programadora que hizo su inversión en el educativo evento. El resultado: muchos jóvenes se ilusionan con el dinero rápido y la fama entregada a plazos de los populares actores. El negocio se redondea con el cobro de las llamadas, pues los televidentes hacen de jueces, contribuyendo con una pequeña suma de dinero para votar por quién será eliminado o pasará a la otra ronda.

Recientemente han convocado en mi ciudad a un casting para participar en la tercera versión de uno de esos enlatados. Sí, no contentos con las distintas versiones, vienen ahora las sagas. Las filas, además de largas, comenzaron a las 4 de la madrugada, ¡del día anterior a la fecha de convocatoria! Todo un caos vehicular y de orden público se obtuvo con el generoso ofrecimiento. La actitud de ganadores, adoptada por los cerca de siete mil ilusos que quieren salir del anonimato, contrastaba con la de los afectados por la algarabía. ¡Salir del anonimato! Como que en este país se pudiera salir de alguna cosa.

Este formato de programas fomentan los antivalores y la competencia desleal, y el engaño comienza desde sus productores, extendiéndose como plaga por el set de grabación hasta la actitud pasiva de los telespectadores. Es común ver las alianzas y embrollos que se arman para entorpecer el avance de tal o cual participante. Al final, gana el que menos se esperaba, para desencanto de la mitad del público, que buscará su revancha en el siguiente programa.

La curiosidad y el disfrute, centrado en la emoción y el dolor ajeno, adquiere aquí todo su esplendor. La mezcla de individuos que no se conocen previamente, forzados a una convivencia bajo unas reglas de competencia, permite variaciones infinitas; adobado esto con el escrutinio de los demás, nos lleva a los conflictos del día a día de toda persona del común. La conducta diaria vendida como ilusión. La contención de la espontaneidad como máscara social. La presión emocional, la autorregulación, la vida con sus conflictos. La eliminación de todo respeto. ¿La eliminación?, pero si hoy deciden si retiran o no a mi protagonista favorita. Hasta aquí la columna, que por escribirla no me voy a perder la adaptación colombiana de Gran Hermano en su vigésima temporada.








 

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