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Ares era el dios de la guerra; Hermes dios de los ganados y de la fecundidad; Hades y Persefona, el dios y la diosa de los muertos. En el mar reinaba
Poseidón.
En plano inferior a estas
divinidades se agitaban infinidad de dioses secundarios, terribles
como las furias, graciosas, como las ninfas de los bosques, las cincuenta nereidas y las tres mil oceánidas. Dioses medio hombres, medio
animales, como Pan, y los séquitos de sílenos y sátiros.
En los
siglos VII y VI se extendió el culto a los Héroes, engrandecidos e idealizados por las Epopeyas. El culto de
los muertos rendía especial veneración a los antepasados ilustres. De ahí a considerar a los «superhombres» como intermediarios entre la humanidad y la divinidad no había sino
un paso. Los acontecimientos políticos favorecieron semejante apoteosis. Se
fundaron colonias en las costas del Asia Menor, en Tracia, en Sicilia, en la Magna Grecia
y las nuevas ciudades divinizaron a sus antepasados más gloriosos.
D¡ómedes tuvo sus santuarios y sus fiestas en la Magna
Grecia, Helena y Menelao, en Esparta, Teseo en Atica, y Aquiles en las
costas del mar Negro. El más célebre de todos fue Heracles, el héroe nacional de los dorios.
La religión popular había conservado
también el recuerdo de los dioses menores: Pitios hacía brotar las
plantas, Pandrosos enviaba las lluvias primaverales, Sm¡nt¡os cazaba los ratones de los
campos, Maleatos hacía madurar las manzanas, etc. Otros presidían la vida
humana: Eros, dios del amor, Karotrofos prodigaba sus cuidados a los niños de pecho, etc. Semejantes a éstos
eran los demonios creados por la imaginación popular: Eunostos, cuya imagen no
faltaba en ningún molino, Taraxippos, que espantaba a los caballos, etc.
El día trigésimo de cada mes estaba especialmente consagrado a los
muertos, y en dicho día las tumbas eran rociadas con vino, leche o miel, y después se
rogaba solemnemente a los espíritus que se retiraran: era una manifestación de la superstición popular,
que los consideraba como seres dañinos.
LOS
JUEGOS OLÍMPICOS.
Una curiosa forma de culto, que abarcaba a todos los pueblos de Grecia en un ideal de
unidad religiosa y cultural, estaba constituida por los juegos panhelénicos. Así, los Juegos Olímpicos que se celebraban cada cuatro
años en Olimpia en honor de Zeus; los Juegos ístmicos, en el istmo de Corinto,
en honor de Poseidón, y los Píticos, en Delfos, consagrados al dios Apolo, que se celebraban cada cuatro años. Cada dos años se
celebraban los Juegos Nemeos, en la Argólida, así como los ístmicos.
La base de estos juegos era deportiva y,
en ciertos casos, se prohibía la asistencia de mujeres. Los vencedores eran glorificados como héroes.
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