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Rincón de la Poesía

Rosa Manuel Lozano
Argentina



  





MARÍA DE NAZARET O AGRIPINA



Entonces escuché las palabras escritas.
¿Cómo apagar la lluvia del sol
sobre las lápidas hambrientas, musgosas?
Las entretelas cubren al velador de la sumisión
tiritando en el hielo.
El frío frota la prohibida sangre que no vuelve.
¿Pero qué palabra ensayaré para repetirme
en la sombra de este sol que aprieta como un puño
si no debo volver?
¿Tal vez una palabra de cera
como el verdín subiendo por las pieles muertas?
¿La abandonada que recuerde a su sangre
entrando a la fiesta del espejo negro?
¡Crines quiero yo sobre este bloque de mármol,
pelambres de un antiguo dios, hoy sumergido!
Elusiva la canción de esta casa.
El invierno se cubre de espinas 
y hay una voz que musita,
-¡Yo conozco un reino blanco!
Aquí está la llave del reino:
en el reino rojo hay un reino negro;
en el reino negro hay un reino blanco;
en el reino blanco...
¿Y las criadas sin voz anhelando otras lluvias?
Reina envenenadora, de un zarpazo
llegas a tu agujero final.
Los días te aterraban
con el borroso fardo de heridas que son
y no son,
y vagan por tugurios poblados de disfraces.
¿Y la noche y su caricatura?
Sólo un perro carcomiendo el trofeo de su maleficio.
Llega la astilla encarnada
de una profanación, de un ataúd, de un fuego fatuo.
Salmodio ahora mi cena de cenizas,
palpo la cerradura.
Así los encuentro.
Golpean a la puerta de la colmena tres tamborileros.
Hay telones aquí, como en las pesadillas,
candiles ofreciéndose a las antiguas veladuras,
pequeños asilos dentro de los muros.
¿Qué rayo de escarcha puede esperarte en la memoria?
Padres y madres -desde el comienzo del mundo-
aguardan por caer al precipicio.
Sucumbir, traspasar, llevar desierto. 
¿Y qué felicidad de nombrar en bordes rotos?
¡Pánico el amén de tu retrato
-María de Nazaret o Agripina-
con el celeste funeral de mis lágrimas!
(Hierve la cuadratura a ciegas
sobre el barro indecible de pezuñas.)
Nos desterraron de las sombras, hafiz.
Ya no hay albergues:
Floras y faunas se suceden para el encantamiento.
El desgarro ha pasado.
Dios tatúa su mudez en lo visible,
aquella que aparece disfrazada de pastora
en el lento jardín de los temblores.
Con solo mirar abres la llaga
bajo el látigo de huesos de una historia radiante.
¿No es un grito la súplica?






De su libro "La Rueca Dorada"






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