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Pobre del niño
que no haya dormido la siesta
en una fortaleza de hojas.


Cada verano, en la calle que me vio nacer, aguardaba impaciente los camiones de la poda. Veía caer las frondas de mi amado almendro, segura de que no le dolían, porque era como cuando cortaban las puntas de mis largos cabellos: una forma de ayudarlos a crecer más fuertes.

Luego venía el momento de arrastrar las inmensas ramas a mi patio, ayudada por mi abuelo. Hacer con ellas un castillo, descubrir la luz filtrándose a través de sus oquedades, los cambios que operaba la magia en la piel de una lagartija, el brillo de un insecto, el olor, el increíble olor de la savia truncada, el suave andar de la cochinilla en la palma de mi mano…

Todo duraba un día, un día entero en que me mantenía en el trono, recibiendo la visita de mis ilustres amistades; a la mañana siguiente las ramas, ya secas, eran echadas al basurero. Nadie tiene idea de lo que se puede hacer en una jornada dentro de una fortaleza de hojas, si no ha permanecido tanto tiempo en una. En ocasiones se podía hasta merendar, en dependencia del menú y de las hormigas. De seguro estaba permitido jugar, los soldados de plomo de mi primo Rolando se intercambiaban con piezas de un juego de té o animales de granja en miniatura. Las jirafas pastaban junto a los iglúes y los trineos de plástico que heredé de mi hermano.

Verde fortín donde era reina, ama, gobernanta de un mundo solo mío, tan efímero como un giro de la Tierra. Repetible cada año, esperado como se esperan las lluvias y el florecimiento de las cosechas. Tan constante en su llegada que pudo parecer infinito, en aquellos momentos en que el tiempo parecía no transcurrir y desesperábamos por crecer, hacernos mayores, tener nuestros propios dominios.

Un día, sin que mediase una razón, no hubo más palacio de hojas. Las ramas cortadas permanecieron, tranquilas, en espera del camión que venía tras el de los podadores a recogerlas. Ni siquiera me di cuenta de que había transcurrido el momento de construir mi castillo, estaba demasiado sumida en pensamientos de otra índole.

Había dejado de ser princesa.







(Curriculum y Datos de la autora)



 

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