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La bondad y la lucidez de un poeta.

Hace cuatro o cinco años comenté un libro de poemas de un poeta de La Isla, un poeta de La Isla que residía -y reside- en los Estados Unidos, ya en el gozo contemplativo de la jubilación. Manuel Avezuela es el autor también de este otro libro editado por la Fundación de Cultura y presentado en la Feria del Libro de este pasado año a cargo de Enrique Montiel y de quien esto suscribe.

Jugándose la vida es un libro de poemas donde el autor da todo lo que es. Esto, que debería ser una conclusión, es un antecedente para poner en aviso al lector. Si la poesía ha sido considerada siempre como una credencial lírica de quien la presenta, aquí la opinión histórica es totalmente veraz. En una época en la que la poesía va por varios caminos -surrealista, culturalista, clasicista, neobarroca, de la experiencia y neoformalista, por citar tendencias conocidas-, Jugándose la vida, que recoge partes de Desde la Hierba, no tiene otra finalidad para el autor que expresar una experiencia decantada de su vida en la que una sabiduría amalgamada con la bondad natural y un quehacer artístico sobrio bordan un tapiz literario digno de tener en cuenta, dada su calidad.

El libro se divide en cuatro partes. De hecho, su distribución no significa un desarrollo temático con intenciones de suspense -más propio de una novela- o de clímax emocional. El poeta expone sus contenidos con cierta trayectoria biográfica desde un pasado vivido en España ("Juego limpio"), pasando por su decisión de cambio de vida entre la elegía y la crítica ("Juego peligroso"), su opción de emigrar ("Viaje de ida") con el abrazo a todo lo hospitalario y una gratitud a los nuevos paisajes, y, finalmente, vivida tal vez en el deseo y la nostalgia (" Y vuelta"), ya que el poeta Manuel Avezuela aún vive en la tierra que le acogió.

No podemos entrar en un estudio detenido en sus valores estilísticos, pero sí hemos de reseñar que su lenguaje está dentro de la llamada "Poesía de la experiencia", teñido de una voluntaria economía que no le permite ningún barroquismo, sino un nivel de expresividad contenida, entre la lírica mayor de sonetos y cuartetos, así como poemas en verso libre y un cierto guiño popular en seguidillas. Las manos del padre partiendo el pan, las vides, las salinas, la bahía, la Plaza Mayor de Madrid, el sentimiento dolorido por el atraso andaluz, las tierras americanas y, sobre todo, su experiencia de la soledad y la angustia del hombre, jalonan este fresco y hondo poemario escrito por un isleño, y de cuya lectura, al final, quedamos impresionados por dos cualidades como son la visión bondadosa que tiene el poeta de la naturaleza y la vida social, y la lucidez de sus planteamientos sin concesiones a vaguedades y abstracciones.

Hay poetas de muchos libros y otros de muy pocos, quizás dos o uno. Manuel Avezuela es de estos últimos. Pero, acordándonos de la sentencia de Baltasar Gracián -"Lo breve si bueno, dos veces bueno"-, en este caso podemos decir que Jugándose la vida cumple con las sugerencias que nos puede dar su título y el contenido de sus páginas. En él nos cuenta el autor una especie de "historia de su vida" desde la Isla a Nueva York, con la batalla que tuvo que librar para que, pasado el tiempo, en estos poemas hoy leyésemos tales acontecimientos personales.










 

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