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III. EL REFLEJO DE LOS TEMPLARIOS EN LA LITERATURA



templarios06Sin duda, los secretos en torno al Temple son los que han hecho de esta Orden algo atractivo y mágico y a la vez. Nos referimos a su peculiar arquitectura, a su simbología, a su alfabeto secreto, a sus ritos de iniciación, a los grafiti, a su fabuloso tesoro nunca encontrado y a sus secretos mejor guardadas -llámense Santo Grial, el Arca de la Alianza, el Bafumet o el Betilo-. Son tantas las hipótesis que se han lanzado que entramos en el terreno de la leyenda y dejamos, en parte, el de la historia.

¿Acaso los Templarios custodiaban el Arca de la Alianza en Tierra Santa? ¿Por eso tuvieron tanto poder?: “¡Así, pues, era cierto que los templarios habían encontrado el Arca de la Alianza! Aquellos nueve caballeros que fundaron la Orden de Jerusalén lograron cumplir la misión encomendada por san Bernardo. Probablemente, un grupo numeroso de freires milites la escoltó en secreto muchos años atrás desde las caballerizas del templo de Salomón en Jerusalén hasta aquellas galerías subterráneas del Bierzo, permaneciendo desde entonces en aquel lugar ignoto” (“Iacobus”, de Matilde Asensi).

¿Fueron también los Templarios los custodios del Santo Grial? Recordemos que el Santo Grial es la Copa donde bebió Cristo durante la Última Cena y en la que José de Arimatea recogió su sangre. Esto le permite a Nicholas Wilcox (quien esconde el nombre de Juan Eslava Galán) lanzar una hipótesis fantástica: en pleno S. XX se está clonando a Cristo para instaurar otro orden en la Iglesia (en “La sangre de Dios”).

En cuanto a su alfabeto secreto, es cierto que lo tenían, pero quizá era con fines comerciales, para proteger sus documentos de lectores indeseados. Pasando a los grafiti que se ven en el castillo de Chinon, donde estuvieron presos varios miembros de la orden, son otra parte apetecible del misterio templario.

templarios02Si hablamos del Bafumet, ese rostro que, según las acusaciones, reverenciaban, en “El caballero templario Gunter de Amalfi”, de Franco Cuomo se habla largamente de este objeto: “Es algo maravilloso lo que estáis a punto de aprender. Es la materialización del sueño del amor universal en la gloria del Señor. Es la utopía realizable de la doctrina perfecta, del hombre cumplido, de la verdad definitiva”. Es más, hay quien afirma que en la imagen de San Saturio, el patrón se Soria, se encuentra el bafumet. En “La hermandad de la Sábana Santa”, de Julia Navarro, se apunta a que este rostro reverenciado no es otro que la reproducción de la Sábana Santa, del rostro de Cristo. Es más, en ”El último Templario”, de Edward Burman se habla de esta reliquia como un objeto muy apetecido por la Iglesia y que estaba celosamente guardado por los Templarios.

Y lo mismo pasa con el tesoro templario. Son muchas las especulaciones que se han hecho y la literatura echa a volar sus artes para ofrecernos respuestas muy apetecibles. En “Beltrán, un templario en el exilio” de William Watson, nos encontramos a un templario de Tierra Santa que custodia por mar lo que ha quedado del tesoro templario. En “La sombra del templario”, de Núria Masot, el tesoro responde a un secreto guardado y silenciado por la iglesia en torno a la verdadera identidad de Cristo. Lo mismo podemos decir de “El Código Da Vinci”, de Dan Brown, la obra de tanto éxito y la que, seguramente, ha hecho disparar el interés por los templarios. Aquí se destruyen muchas de las creencias adquiridas y se cuestiona el papel de la iglesia. Distinta es la explicación del “Tesoro de los Templarios”, de Hanny Alders.

Otros hablan físicamente de este tesoro. “El anillo”, de Jorge Molist, nos sitúa en la Barcelona del S. XX, en la Iglesia de Santa Ana y nos sumerge en una peripecia bien trepidante. Lo mismo sucede con “Iacobus”, de Matilde Asensi, ambientado poco después de la muerte de Felipe IV, que relaciona el tesoro templario con el Camino de Santiago y da una serie de claves para localizarlo en el Bierzo.

templarios05Algunos narradores se mueven más por caminos ideales, como “La elipse templaria”, de Abel Caballero que habla del Temple en Galicia y de la posibilidad, antes de su caída, de que se hubiese trasladado la capitalidad eclesiástica de Roma a Santiago. O en “El último templario” que se narra la hipotética construcción de una Nueva Jerusalén en Europa. O la posibilidad de que una mujer entrase en el Temple, “La última templaria”, de Wolfang Hohlbein. Bien es cierto que no tenían la menor relación con mujeres (salvo en algunas casos en que trabajaban para ellos) e, incluso, les estaba prohibido besar a su propia madre; pero ¿quién nos impide imaginar otra realidad?

Los misterios también giran alrededor de las construcciones templarias (algunas octogonales, como la Vera Cruz de Segovia) y su capacidad por excavar escondites y por esconder sus joyas. Eso responde a la ocultación de sus tesoros a los no iniciados. También se apunta la relación estrecha de los Templarios con algunos grupos árabes, como la secta de los “assasins” como leemos en “El Caballero templario Gunter de Amalfi”.

En estas novelas encontramos personajes históricos que realmente se relacionaron con ellos al lado de otros imaginarios. “Corazón Templario”, de Enrique de Diego, se sitúa en el S. XII y nos habla de la derrota de Alarcos (1195) y cómo las órdenes militares de la Península y la del Temple luchan por frenar el avance almohade, lo que contrasta con la visión que hemos dado antes de Juan G. Atienza. En este libro, por ejemplo, se nos narra, el asalto y resistencia de Uclés, en manos de la Orden de Santiago.

También, y pasando a otro tema, en algunos de los libros consultados, se habla de los cátaros que, en algún momento, tuvieron un punto de inflexión con los templarios. O de personajes como Saladino y Ricardo Corazón de León (“La rosa de Jericó”, de Francisco Martos), el rey de Francia, San Luis (presente en muchas novelas, una de las más interesantes “La boda de Leonor”, de Mireille Calmel, en la que los Templarios quedan bastante mal parados por su ambición), Felipe IV el hermoso, las intrigas en torno al papa Clemente V (“La elipse templaria” es un buen ejemplo) o los procesos inquisitoriales (“El último templario”) y las luchas de los templarios en Tierra Santa (“El anillo”) e, incluso, la relación de los Templarios con los otros grandes “banqueros”, los judíos (“La sombra del templario”, “Iacobus”). “El rey de hierro”, de Maurice Druon, recoge, con maestría, los momentos de la caída del Temple y reviste de dramatismo y solemnidad el emplazamiento del último maestre en la pira funeraria. Es, seguro, uno de los libros, que mejor relata ese momento trágico. También se alude a su vestuario muy llamativo (ya hemos hablado de su capa blanca), a sus costumbres frugales, a la característica cruz patada y al grito de guerra que empleaban, el “bausant”. En este término encontramos, por ejemplo, que acaso todo lo relacionado con el Temple tenga una explicación más lógica y coherente que la que a menudo nos obstinamos en lanzar.

Leemos este fragmento del libro: “El mismo Bausant, en efecto, con aquel su nombre aparentemente hermético, no era en realidad más que la heroica vulgarización, en un francés un poco arcaico, del grito “vau cent”, esto es, valgo por ciento. Un grito que, por lo demás, en tres siglos de cruzada, no había sido desmentido muchas veces por los hechos. Caballeros y cronistas de origen italiano lo llamaban en Valcento”. También nos interesa mucho “La sombra del templario” porque delante de cada capítulo reproduce un fragmento de la regla de los Templarios, de las preguntas que se formulaban a aquellos que querían ingresar en la misma.


(Continúa en el próximo número)






 

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