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Con las conquistas de Alejandro Magno (356-323 a.C.), la religión griega penetró
en Asia y Egipto donde sus dioses tuvieron una favorable acogida, especialmente en este último país, donde se les añadió el culto de Alejandro y de los Tolomeo
(nombre que usaron los reyes griegos de Egipto de la familia de los lágidas, 306-60
a.C.), reyes y reinas divinizados, y, de este modo, los homenajes tributados en
otros tiempos a los faraones.
Grecia, a su vez,
también abrió las puertas a las influencias extranjeras. Los dioses
egipcios, hasta entonces venerados en los puertos griegos por algunos
extranjeros, fueron reclutando secuaces en el mundo helénico. Los adoradores de
Isis y de Serapis se multiplicaron en las islas del mar Egeo, en Grecia, en
Sicilia y en Italia.
Pero, a medida que la Religión ganó en extensión, perdió en profundidad, aunque subsistía todavía el culto oficial.
Cada vez se
acentuó más el divorcio entre la vida religiosa y la civil y sólo más tarde la divinización de las emperadores romanos devolvió aquella unidad
(Octavio, hijo adoptivo de Julio César, se otorgó el nombre de
Augusto -27 a.C.- y su nombre comenzó a entrar en las fórmulas deprecatorias para terminar en un verdadero
culto). Pero este culto fue el triunfo del más radical antropomorfismo, de la
fatal dependencia de hombre a hombre y, por tanto, la ruina del sentimiento religioso, incompatible con estas apoteosis de
los soberanos.
A la par que se
iban confundiendo los límites de lo humano y de lo divino,
desaparecían también las diferencias entre las distintas divinidades. La
mitología griega se alteró, y el culto abstracto de la Fortuna, por ejemplo, alcanzó un
desarrollo extraordinario.
Mientras
que en Homero la Moira representaba el destino que señalaba al hombre su puesto en
el conocimiento universal, Tyché fue ahora lo caprichoso, el azar. La
astrología caldea fortaleció estas tendencias fatalistas. Las papiros que lograron escapar a
las sistemáticas destrucciones ordenadas por los emperadores, descubren la enorme influencia de la
magia. Finalmente, tomó gran extensión el culto a los demonios. Plutarco fue su principal campeón. Según él, los demonios eran seres invisibles, aéreos, que habitaban en el espacio entre la Tierra y la Luna, inteligentes,
pero sujetos a las pasiones y al error. Unos eran malos, a quienes se dedicaban los
ritos y fiestas lúgubres, y otros buenos, entre los que figuraban almas justas, servidores de
los dioses, etc.
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