Página anterior. Volver Portada gral. Staff Números anteriores Índice total 2006 ¿Qué es Arena y Cal? Suscripción Enlaces
No hace muchas fechas, todos los telediarios se convertían en juglares de una noticia nacida de un hecho banal y estúpido. Los telediarios, y los periódicos del día después, ocupaban tiempo y páginas con titulares llamativos, con comentarios ocurrentes y con entrevistas absurdas.

Puede que tanta importancia dada a lo acontecido, estuviera motivada en lo único excitante de la noticia: fue la primera vez en la democracia española -dijeron-.

Los señores diputados, por la apretada agenda de los asuntos a tratar, o más bien, creo yo, por hacerse un hueco en el calendario en el que cupieran unas sabrosas vacaciones de invierno, decidieron madrugar. A las ocho en punto comenzaba la sesión parlamentaria.

La verdad sea dicha, en las caras que se nos ofrecieron para ilustrar la noticia, no vimos gestos de sueño ni bostezos desperezadores ni restos de legañas, todo lo contrario, parecía que las sonrisas de todos ellos demostraba la graceja que tenía el asunto; ¡Aún no ha amanecido! ¡Qué gracia tiene esto de madrugar! ¡Anda, pero si estamos todos!

Panda de imbéciles...

¿Qué creen ustedes que pensó la gente trabajadora cuando vio esos reportajes? ¿Creen ustedes, señores diputados, que fue una heroicidad acudir a sus puestos de trabajo a las ocho de la mañana?

Pobres imbéciles...

A las ocho de la mañana hay mucha gente, en esta nuestra España -y en el mundo entero- que empieza a trabajar. Y a las siete, y a las seis, y a las… y muchos que no duermen cuando ustedes duermen, y que llevan la vida al revés obligados por las circunstancias, por la necesidad de que las fábricas no se paren, obligados por la seguridad de gentes y de cosas, condicionados por mercados internacionales que transcurren con otro horario.

¡Qué pena dan los imbéciles!

No sé si se fijaron. Yo sí. Nadie, ninguno de ellos, ni el tan indolente Presidente del Parlamento, tuvo un leve recuerdo para los trabajadores nocturnos, esos que por un puñado de euros y alguna otra pequeña cantidad clasificada como incentivo por nocturnidad, pasan la vida, levantándose a las cero, o acostándose a las ocho.

¿Se atreverían ustedes, señores diputados, a preguntarles si el horario de su jornada laboral les hace gracia?

Pues menos risas y más trabajar sin presumir del mañaneo, que lo que ahora tienen entre manos no son, ni mucho menos, cosillas del día a día.

Me queda una duda: La dimisión del Ministro de Defensa, veinticuatro horas después, ¿tuvo algo que ver con el madrugón?



 



 

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