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La revolución de los ismos tuvo como finalidad romper con el estilo academicista y pomposo del siglo XIX. Los poetas jóvenes, ansiosos de novedades, sentían como suya la insatisfacción de los artistas en general por hallar nuevos cauces expresivos a sus ambiciones artísticas. A esta inquietud hay que sumar el impulso del psicoanálisis, que pretendía renovar los conceptos de educación y sexualidad que se mantenían hasta entonces. No se puede eludir la importancia de las nuevas tendencia socialistas y marxistas como aspiraciones innovadoras de los comportamientos económicos y sociales.

Pero en lo que atañe a la literatura, su interés está en el ansia desbordada de la nueva generación por desvincular el texto poético o prosístico de todo lo que lo filiara con una visión burguesa de la vida y del arte. Es decir, había que zarandear el árbol del lenguaje y los recursos retóricos para dejar solamente las ramas y los frutos más frescos y prometedores. Los adjetivos fueron los más perjudicados, así como las metáforas y las comparaciones.

La obra de los poetas modernistas, floreciente a principios del siglo XX, comenzó a ser tenida como desgastada y retórica (tomando esta palabra como sinónimo de hueca y falsa también). Para un poeta joven de la nueva hornada emplear adjetivos y símiles ya utilizados era como un oprobio de cara a sus compañeros de grupo. La lucha con el lenguaje se hizo titánica hasta el extremo de pactar con expresiones próximas al disparate antes que sucumbir al regusto por la frase hecha y manida, heredada de otros poetas que a su vez estaban faltos de anhelos de creatividad y hacían uso de los lastres sin ningún escrúpulo de buen poeta y escritor decente.

El Neruda joven hizo grandes esfuerzos por transformar sus primeros poemas y liberarlos de la contaminación modernista, como también lo llevó a cabo el César Vallejo maduro. Vicente Huidobro con su libro Altazor señaló un momento de ruptura con el pasado. Así también lo hicieron poetas como Gerardo Diego y Juan Larrea. Pero estos intentos de renovación tuvieron herederos fructíferos como los poetas del 27 en su totalidad, que no fueron del todo revolucionarios, pero sí propiciaron unas entregas poéticas que han sido el pórtico de la literatura española contemporánea, sin duda precedidos por las nuevas orientaciones de Juan Ramón Jiménez.

Tenemos, en resumen, las siguientes conquistas:

-Huida de toda adjetivación manoseada y de las metáforas y símiles ya archiconocidos.
-Visión más lúdica de la creatividad sin gestos altisonantes, propios del poeta romántico.
-Triunfo del verso libre y del verso blanco, por encima de la rima y de la estrofa clásica a ultranza.
-Huida de los temas trascendentes y de las honduras líricas, así como de las delectaciones paisajísticas.
-Anteponer el valor y el efecto de la palabra al poema métricamente bien hecho, tal vez recordando aquello de A. Machado: “Ni mármol duro ni eterno, / ni música ni pintura, / sino palabra en el tiempo”.
-Sugerir más que definir. Eliminar el carácter narrativo y dotar al texto poético de una atmósfera de “misterio”, de lo inefable, siempre lejos de toda pista de realismo discursivo.






 

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