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La última hora de la tarde suena
con un sordo ruido de ceniza.
Una melancolía oculta riza
su desgastada luz en cada almena.
Un hombre -como tantos- se enajena
de su vivir hastiado. Se desliza
por el bar. Bebe vino, coge tiza
y naipes. Juega, gruñe y se adocena.
Hunde la noche su rumor de vasos
ebrios en la memoria, y la cabeza
es ruidosa alcancía de fracasos.
Molino de este hábito homicida,
taberna donde teje la tristeza
un secreto morir a la medida.
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